Posteado por: Fray Rabieta | 11 julio 2010

Comunicado Parroquial

Se hace saber a la feligresía de la Iglesia de la Santa Cólera de esta Orden de los Frailes Retobaos que Fray Rabieta ha obtenido dispensa de nuestro prior, Fray Letal, para no predicar este domingo. A cambio, lo ha puesto a Fray Disgusto a traducir un sermón de Newman en el que consta de una vez y para siempre por qué los progres siempre han querido tener al insigne Cardenal como Patrono de Vaticano II. En el capítulo de culpas nos hemos enterado por boca del mismísmo traductor que agregó el vocablo “etcétera” al original. Fray Letal le impuso la penitencia de un día a pan y agua por el delito de traición, pero luego de dos días de sesudo estudio del original de Newman y la versión de Fray Disgusto mandó dejar la cosa tal cual. 

Fray Broncas.

Posteado por: Fray Rabieta | 11 julio 2010

Newman: antecesor de Vaticano II.

Psicología (avant la lèttre) de los progresistas

Era un varón bueno y lleno del Espíritu Santo y de fe.

Hechos, XI:24

Mis queridos hermanos:

Cuando Cristo se hizo de un pueblo para sí, eligió a todo tipo de gente. Las rutas y las cercas, las calles y los senderos de las ciudades suministraron invitados a su cena, así como también lo hicieron el desierto de Judea y la corte del Templo. Sus primeros seguidores son típicos de la Iglesia en general, en los que se encuentran muchas y variopintas personalidades, distintos tipos humanos que se entienden perfectamente entre sí. Y aquí encontramos una utilidad, entre varias, de nuestras fiestas―siempre que nos aprovechemos de su celebración: nos pone delante las diferentes formas que adquiere la Vida divina bajo la misma diversidad de circunstancias exteriores, ventajas y disposiciones que hallamos a nuestro alrededor. La gracia especial dispensada a los apóstoles y a sus asociados, sea de tipo milagroso o moral, en modo alguno destruía las respectivas peculiaridades de sus temperamentos o carácter, ni tampoco los revistió de una santidad que excediera nuestro poder de imitación, así como no excluía sus faltas y errores que bien pueden servirnos de advertencia. Los dejaba tal como los encontraba―hombres. Pedro y Juan, por ejemplo, los sencillos pescadores del lago de Genesareth, Simón el Zelote, Mateo el empeñoso recaudador de impuestos y el ascético Bautista, cuán diferentes son―en primer lugar, entre sí―y luego, si los comparamos con Apolo el elocuente alejandrino, Pablo el erudito fariseo, Lucas el médico, o los Reyes Magos, los sabios que acudieron desde el Oriente a celebrar la fiesta de la Epifanía; y nuevamente, cuán diferentes son éstos de la Santísima Virgen María, o de los santos inocentes, o del anciano Simeón y de la profetisa Ana que se nos presentan cuando la fiesta de la Purificación, o las mujeres que asistían al Señor, María, la mujer de Cleofás, la madre de Santiago y de Juan, María Magdalena, Marta y María, las hermanas de Lázaro; o por poner más ejemplos, la viuda con sus dos óbolos, la hemorroísa cuyo sangrado fue detenido, distintos todos de aquella que derramaba lágrimas de penitencia a sus pies, y de la ignorante samaritana en el pozo de Jacob. Más todavía, la precisión con que se caracteriza a las distintas personalidades y la evidente verdad que se desprende de los retratos que pintan los evangelios nos sirve para darnos cuenta de cómo fueron realmente los hechos, además de fortalecer nuestra fe, a la par que se nos suministran abundantes enseñanzas. Así, por ejemplo, es el ardor inmaduro de Santiago y Juan, la repentina caída de Pedro, la obstinación de Tomás y la cobardía de Marcos. A su modo, San Bernabé también nos enseña hoy una lección; ni se me hallará falto de devoción por este santo apóstol si hoy lo tomo como modelo, no sólo por razón de las particulares gracias de su personalidad, sino si me detengo también en los rasgos que se advierten en él que pueden servirnos de advertencia, no de ejemplo.

El texto dice que era “un varón bueno y lleno de Espíritu Santo y de fe.” Esta alabanza por su bondad se explica por su nombre mismo, Bernabé, “el Hijo de la Consolación”, que aparentemente se le dio para destacar sus virtudes de benevolencia, mansedumbre, consideración, cordialidad, compasión y generosidad.

Su conducta responde a esta descripción. Lo primero que oímos sobre él es a propósito de la venta de un terreno que era suyo, cómo le dio su producido a los Apóstoles para que lo distribuyesen entre los hermanos más pobres. La siguiente noticia que tenemos de él constituye una segunda prueba de su bondad, que pone en evidencia la amabilidad de su carácter, bien que constituye un episodio más bien privado. “Cuando Saúl llegó a Jerusalén, procuraba juntarse con los discípulos, más todos recelaban de él, porque no creían que fuese discípulo. Entonces lo tomó Bernabé y lo condujo a los apóstoles, contándoles cómo en el camino había visto al Señor y que Éste le había hablado y cómo en Damasco había predicado con valentía en el nombre de Jesús” (Hechos. IX:26-27). Luego se lo menciona en el texto y todavía en son de alabanza de igual tenor. ¿Cómo había demostrado que “era un varón bueno”? Pues, cumpliendo con una misión de caridad entre los conversos de Antioquía. Bernabé, por encima de los demás, fue ensalzado por la Iglesia a propósito de su tarea con miras a la unidad y al fortalecimiento de los vínculos entre los depositarios de los incipientes frutos de la gracia. “Llegado allá, y viendo la gracia de Dios, se llenó de gozo, y exhortaba a todos a perseverar en el Señor según se lo habían propuesto en su corazón” (Hechos, XI:23). Tan es así que bien puede considerárselo fundador de la Iglesia de Antioquía, con el auxilio de San Pablo, al que logró atraer a esa ciudad. Más adelante, en ocasión de la amenaza de una hambruna, se le junta San Pablo en la tarea de administrar la generosidad de los gentiles hacia los pobres santos de Judea. Y luego, cuando los cristianos judaizantes perturbaban a los conversos gentiles con los preceptos mosaicos, Bernabé fue enviado con el mismo Apóstol y otros a la Iglesia de Jerusalén para calmar sus escrúpulos. Así, según las Escrituras, la historia de Bernabé no hace sino dar razón de su nombre, y apenas si es algo más que una continua ejemplificación de su gracia característica. Más todavía: notemos la fuerza particular de ese nombre. El Espíritu Santo es llamado nuestro Paráclito, como que nos asiste, encarece, alienta y consuela; ahora bien, como si se tratara de conferir al apóstol el más alto honor, el mismo vocablo se le aplica a él. Es llamado “el Hijo de la Consolación” o Paráclito; y de conformidad con este honorable título, se nos dice que cuando los conversos gentiles de Antioquía recibieron de mano suya y de San Pablo la epístola comunicando el laudo de los Apóstoles en contra de los judaizantes, “hubo regocijo por el consuelo que les llevaba” (Hechos XV:31).

Por otra parte, en dos ocasiones su comportamiento a duras penas se compadece con la de un apóstol, sino más bien como casos de aquella debilidad que frecuentemente aparece en personas de su particular carácter cuando no se hallan inspirados. Ambos casos son instancias de indulgencia con las faltas de otros, y sin embargo, de manera diversa; en el primer caso, hubo de su parte un cierto facilismo, una cierta laxitud en materia de doctrina; en el segundo, se trató de una cuestión de conducta. A pesar de toda su ternura respecto de los gentiles, sin embargo en una oportunidad no pudo resistir la tentación de contemporizar indulgentemente con algunos hermanos judaizantes que habían venido a Antioquía procedentes de Jerusalén. Al principio, Pedro también se dejó llevar; en efecto, antes de que llegaran éstos “comía con los gentiles; mas cuando llegaron aquéllos se retraía y se apartaba, por temor a los que eran de la circuncisión. Y los otros judíos incurrieron con él en la misma hipocresía, tanto que incluso Bernabé se dejó arrastrar por la simulación de ellos.” (Gál. II:12-13). El otro ejemplo fue cuando trató con excesiva indulgencia a Marcos, el hijo de su hermana, lo que dio lugar a una disputa con San Pablo: Bernabé quería llevarlo consigo en su viaje apostólico, “pero Pablo opinaba que no, pues se había separado de ellos desde Panfilia y no había seguido en el trabajo” (Hechos, XV:37-38).

¿Y bien? Queda perfectamente en claro cómo era el carácter de Bernabé y qué clase de lección se nos suministra con la historia de este santo apóstol. Santo era, lleno del Espíritu Santo y de fe; y con todo, las características y debilidades del hombre permanecían con él, y así constituye para nosotros un ejemplo consistente con la reverencia que sentimos hacia él, uno de los pilares de la Iglesia cristiana. Pero también es un ejemplo de advertencia para nosotros, no sólo en cuanto nos muestra cómo hemos de comportarnos, sino también en la medida en que se pone en evidencia cómo los más altos dones y gracias pueden verse corrompidos por nuestra naturaleza pecaminosa, si no extremamos, paso a paso y en consonancia con la luz de los mandamientos de Dios, la diligencia debida. Por mucho que nuestras almas tuvieren de celestiales, por mucho que amemos sumamente, fuéramos en extremo celosos, nos mostrásemos notablemente enérgicos y llenos de paz, sin embargo, si nos distraemos y dejamos de mirarlo a Él por un momento, para mirarnos a nosotros mismos, inmediatamente éstas nuestras excelentes personalidades caen en algún extremo o error. La caridad se transforma en excesiva indulgencia, la santidad se ve manchada con orgullo espiritual, el celo degenera en ferocidad, la actividad deglute el espíritu de oración, la esperanza se eleva hasta convertirse en presunción. No podemos guiarnos a nosotros mismos. La palabra de Dios revelada constituye nuestra regla de conducta soberana; y es por esto, entre tantas otras razones, que la fe es gracia tan principal, pues es el poder regente que recibe los mandatos de Cristo y los aplica al corazón.

Y en los días que corren hay razón muy señalada para detenernos en la personalidad de San Bernabé puesto que bien puede considerárselo como el tipo de los mejores hombres de entre nuestros contemporáneos, como que son los que gozan de más estima. Ciertamente, el mundo sigue siendo lo que ha sido siempre, un mundo sin Dios; pero en cada época elige uno u otro rasgo en particular del Evangelio para ponerlo de moda por un tiempo determinado ensalzando como objeto de admiración a aquellos que lo poseen en grado eminente. Por tanto, sin preguntarnos hasta qué punto los hombres actúan en respuesta a principios cristianos, o sólo por afán de emulación o por alguna razón puramente mundana y egoísta, con todo, por cierto que esta época, por lo menos en lo que a las apariencias se refiere, bien puede retratarse como de un carácter no enteramente distinto al de Bernabé―como siendo considerado, delicado, cortés y generoso en todo lo concerniente al trato de los hombres entre sí. Entre nosotros frecuentemente hallamos una notable dosis de considerada benevolencia, un espíritu de concesión en asuntos menores, de hablar con escrupulosa propiedad, y se recomienda una especie de código de liberalidad y honor para la conducta en sociedad. Existe una constante preocupación por los derechos de los individuos, más todavía (como uno confiadamente querría esperar pese a cierto recelos), por el interés de las clases más pobres, por el forastero, por los huérfanos y la viuda. Después de todo, en un país como el nuestro, por fuerza siempre habrá innumerables casos de desgracia; pero con todo, en las clases más adineradas existe indudablemente cierta ansiedad por aliviarlos. Por tanto, en este registro nadie pondrá en duda que nos hallamos algo inclinados a contemplarnos favorablemente; y decir, en medio de nuestras pruebas y temores nacionales (y eso, a veces con real modestia y piedad), que confiamos en que se les permita a estas virtudes características de la época comparecer ante Dios como un atenuante que medie a nuestro favor. Cuando pensamos en los mandamientos, sabemos que la Caridad es el primero y el más grande; y nos vemos tentados a preguntarnos con el joven rico, “¿qué me falta aún?” (Mt. XIX:20).

A modo de respuesta, me pregunto entonces, ¿acaso nuestra benevolencia no degenera demasiadas veces en debilidad de tal modo que ya no se trata de caridad cristiana sino precisamente de falta de caridad, según lo que el caso exige? ¿Por ventura somos lo suficientemente escrupulosos en hacer lo que está bien y corresponde por justicia, antes de lo que nos resulta placentero? ¿Entendemos claramente cuáles son los principios que profesamos y nos dejamos regir por ellos cuando somos tentados?

La historia de San Bernabé nos ayudará a contestar la pregunta correctamente. Pues bien, mucho me temo que carecemos enteramente de lo que él careció en ciertas circunstancias, esto es, firmeza, virilidad, religiosa severidad. Temo que debemos confesar que nuestra benevolencia, en lugar de verse regida y fortalecida por principios, demasiado a menudo se convierte en una cosa lánguida e insignificante; que se ejerce sobre objetos impropios, imprudentemente, y así resulta falta de caridad de dos modos: uno, por indulgentes con quienes deberían ser recriminados, y, dos, por preferir su consuelo que no el de los que realmente lo merecen. Nos pasamos de tiernos al tratar con el pecado y con los pecadores. Nos revelamos deficientes en la celosa custodia de las verdades reveladas que Cristo nos legó. Permitimos que los hombres hablen contra la Iglesia, sus preceptos, o sus enseñanzas sin decir ni mú. No nos apartamos de los herejes―peor todavía, objetamos la palabra misma como si fuera contraria a la caridad; y cuando textos como los de San Juan se aducen contra nosotros tales como aquel que manda no mostrarles hospitalidad ninguna, no tardamos en contestar que no resultan aplicables a nuestro caso. Ahora bien, apenas si puedo suponer que alguno en serio pueda decir que estos mandamientos ya no rigen para este tiempo quedándose lo más pancho con eso; más bien hallaréis que los que hablan así sólo quieren que se cambie de tema. Durante mucho tiempo han olvidado la existencia misma de estos mandamientos en la Escritura; han vivido como si no estuvieran allí, y no habiéndose hallado en circunstancias en que se les haya llamado la atención sobre estas otras advertencias e instrucciones para que las consideren, en esta materia han logrado familiarizar sus mentes con perspectivas enteramente contrarias a las del Evangelio y sobre esa base han construido sus opiniones sobre el particular. Y cuando se les recuerda qué se dice allí, lamentan tener que considerarlo, como tal vez lo confiesen. Se dan cuenta que todo aquello interfiere con la línea de comportamiento que han adoptado y a la cual se han acostumbrado. Están molestos, no porque admiten que están equivocados, sino porque están conscientes como de una sensación de que se ha formulado un argumento plausible (por decir lo menos) que puede aducirse en su contra. Y en lugar de animarse a darle a este argumento la posibilidad de una formulación justa, como honestamente debieran, se apresuran a satisfacerse con que hay objeciones y alternativas de interpretación que pueden montarse en su contra, recurren a vagos términos de desaprobación contra los que así se expresan, recurriendo a sus opiniones consuetudinarias, deteniéndose en su propio parecer de que el Evangelio está atravesado de tomo a lomo por un espíritu indulgente y benévolo, etc., para luego dar de mano enteramente con el tema como si nunca se hubiese tratado.

Observad cómo se libran del tema que aquí nos ocupa; se trata de confrontarlo con otros puntos de vista que también pertenecen al cristianismo y que parecen incompatibles con esto.

Y en verdad, este es el problema central para todo cristiano, cuyo deber precisamente consiste en resolver cómo reconciliar en su conducta virtudes opuestas. En términos comparativos no resulta difícil cultivar virtudes singulares. Uno adopta una visión parcial de su deber, sea severo o benévolo, de acción o de contemplación: se mete en eso de lleno, con toda su fuerza, abre su corazón a esa influencia y luego se deja llevar por la corriente. No es tan difícil: no requiere una empeñosa vigilancia ni apareja la negación de sí mismo. Al contrario, a menudo hay un cierto placer en dejarse llevar por la correntada en una sola dirección; sobre todo en asuntos de dar y conceder. La liberalidad siempre resulta popular, no importa quién es el beneficiario, y excita una aureola de placer y de auto-aprobación en el dador por más que no implique sacrificio alguno o que, incluso, se haga con el patrimonio de otros. Así en la sagrada región de la religión, los hombres se ven sutilmente inducidos―no por seguir principios erróneos, ni tampoco por razón de una aversión absoluta o ignorancia de la Verdad, o aquella otra auto-complacencia que constituyen los instrumentos principales de Satán hoy en día, ni tampoco de puro cobardes o mundanos, sino por irreflexivos, un temperamento optimista, la diversión del momento, el gusto de hacer a otros felices, una susceptibilidad al halago y la costumbre de mirarlo todo unívocamente―se ven, digo, inducidos a renunciar a ciertas Verdades del Evangelio, consienten en abrir las puertas de la Iglesia a varias denominaciones erróneas que abundan a nuestro alrededor, o alteran nuestros Oficios para contentar al que se mofa, al tibio, o al mundano. Ser benévolos constituye su único principio de acción; y cuando encuentran que alguno se ofende por algún artículo de fe de la Iglesia, comienzan a pensar cómo podrían modificar o menoscabarlo bajo la influencia del mismo tipo de sentimiento que los inclina a ser generosos cuando de dinero se trata, o de acomodarse al otro a costa de la propia comodidad. No entienden que entre sus privilegios religiosos se cuenta un depósito de verdades que han recibido en confianza, una sagrada herencia legada a la familia cristiana, de la que más bien disfrutan para su administración que no para poseer, y entonces se muestran pródigos con él y actúan libérrimamente a su respecto por el bien de otros. Así, por ejemplo, hablan contra los Anatemas del Credo Atanasiano o el oficio de Conminación, [3] o contra ciertos salmos, y desean deshacerse de todo eso.

Indudablemente, aun los mejores tipos de esta clase resultan deficientes en su apreciación de los misterios cristianos y descuidan su responsabilidad de preservarlos y transmitirlos; y sin embargo, algunos de ellos son tan incontestablemente gente “buena”, tan amables y considerados, tan benévolos con los pobres, de tanta reputación en todas las clases sociales, brevemente, con fama de realizar de modo tan excelente la misión de brillar como luces en el mundo, y ser testigos de Aquel que “pasó haciendo el bien” (Hechos, X:38), que incluso quiénes deploran sus falencias se verán muy inclinados a excusarlos personalmente por mucho que se sientan obligados a confrontarlos. A veces puede darse el caso de que esta gente no puede avenirse a pensar mal de los demás; y le brindan hospitalidad a herejes o a gente de mala vida siguiendo un talante que los haría muy eficaces para los asuntos mundanos que apreciaría semejante astucia.

A veces se aferran a ciertos aspectos positivos de la personalidad de alguno a quien debieran recriminar por razón de otras faltas que no se animan a señalar: argumentan que como se trata de una persona piadosa y bien intencionada y que claramente sus errores no hacen daño, pueden dispensarse de hacerlo―siendo que toda la cuestión no gira en torno a si le hacen mal a sí mismos o a otros, sino si en efecto son errores; y más todavía, si acaso les consta que no resultan nocivos para la mayoría de los hombres. O no soportan lastimar a otro expresando su desaprobación, por más que el reproche pueda ser ocasión de que “su alma resulte salvada en el día del Señor”. O a lo mejor en su consideración de la cosa les falta cierta agudeza en su percepción intelectual de las pésimas consecuencias en el plano moral que se siguen de ciertas opiniones en el plano especulativo; e ignorando su propia ignorancia en la materia como para dar de mano con su propio juicio y careciendo de fe bastante para asentir a la palabra de Dios, o a la decisión de Su Iglesia, se hacen reos de grave responsabilidad. O quizá se escudan detrás de alguna noción confusa con que se han contaminado acerca del peculiar carácter de su Iglesia, argumentando que pertenecen a una Iglesia tolerante, que no sólo quieren ser consistentes con eso sino que además está muy bien que sus miembros sean tolerantes, y que sólo están dando ejemplo con su conducta cuando tratan con indulgencia a quiénes se muestran laxos en su comportamiento o creencias. Ahora bien, si con tolerancia de nuestra Iglesia se quiere significar que no homologa el uso del fuego y la espada contra quienes se separan de ella, en esa medida en verdad es una Iglesia tolerante; pero eso no quiere decir que la Iglesia tolere el error como lo atestiguan esos mismo formularios que esta gente quiere remover; y si retiene en su seno intelectos soberbios, corazones fríos y gente de avería y dispensa sus bendiciones sobre los incrédulos o sobre los que no merecen formar parte de Ella, esto se debe a otras razones―pero por cierto que eso no procede de sus principios; de otro modo se haría culpable del pecado de Helí, cosa que resulta inimaginable (I Reyes, II:29).

Así es el defecto psicológico que nos resulta sugerido por las imperfecciones registradas en la conducta de San Bernabé. Se comprenderá mejor contrastándolo con San Juan. No podemos comparar buena gente confrontando sus excelencias; pero fuere uno u otro de entre los Apóstoles que abundó más en espíritu de amor, todos sabemos que difícilmente habrá quién en esto le gane al Discípulo Amado. Su epístola general está repleta de exhortaciones encareciendo aquel bendito talante, y su nombre se halla asociado en nuestras espíritus con tales disposiciones celestiales más próximamente conectadas con la caridad que lo caracterizaba, con su inclinación contemplativa, serenidad de alma, claridad en la fe. Ahora, ved en qué se distinguía de Bernabé; en unir la caridad con una firme perseverancia en “la verdad tal como está en Jesús” (I Juan V:20). Tan lejos se encontraba su fervor y la exuberancia de su caridad de interferir con su celo por Dios, que, por el contrario, cuanto más amaba a los hombres, más deseaba ponerles delante las grandes Verdades Inmutables a las que debían someterse si deseaban ver la vida, y ante las cuales, por una débil indulgencia, cerraban los ojos. Amaba a sus hermanos, pero los “amaba en la verdad” (III Juan, 1). Los amaba en razón de la Verdad viviente que los había redimido, por la Verdad que estaba en ellos, por la Verdad que era la medida de sus logros espirituales. Amaba tan honestamente a la Iglesia que se mostraba severo con los que la perturbaban. Amaba al mundo con tanta sabiduría que en su seno mismo predicaba la Verdad; ahora, si los hombres la rechazaban, no los amaba tan desordenadamente como para olvidar la supremacía de la Verdad, como que era la Palabra de Aquel que está por encima de todo. Que no se olvide nunca, pues, cuando recordamos a este santo apóstol, a este profeta tan poco mundano que se alimentaba de visiones y voces del mundo de los espíritus y que dirigía su mirada hacia los cielos día tras día esperando a Aquel que una vez había visto en carne, que es él quién nos manda rehuir a los herejes, mediante medios violentos o no, según la época, sin embargo siempre con (lo que ahora los hombres llamarían) extrema severidad. Y que este mandamiento suyo está en perfecta consonancia con las temibles descripciones de las que nos da parte en sus otros inspirados escritos sobre la Presencia, la Ley y los Juicios de Dios Todopoderoso. ¿Quién pondrá en duda que el Apocalipsis, desde el principio hasta el final, es un libro que inspira tremendo temor? Me animaría a decir, el más temible de los libros de la Escritura, lleno de referencias a la ira de Dios. Y con todo, fue escrito por el apóstol del amor. Entonces resulta posible que un hombre pueda ser a la vez tan caritativo como Bernabé y sin embargo a la vez tan celoso como Pablo. Ser estricto y tierno no resultaban contradictorios en el corazón del Discípulo Amado; por más que en su manifestación diferían, encontraban su perfecta unión en la gracia de la caridad que es el cumplimiento de toda la Ley.

¡Cómo querría yo contemplar la perspectiva siquiera de que entre nosotros surgiera esta dosis de celo unida a una santa severidad, cosa que templara y le diera carácter a la lánguida e insignificante benevolencia que nosotros los cristianos mal damos en llamar amor! No abrigo esperanza alguna para mi país mientras no lo vea. Entre nosotros se hallarán muchas escuelas de Religión y de Ética y todas profesan magnificar de una manera u otra lo que consideran el principio supremo de la caridad; pero de lo que carecen es de una firme constancia en mantener contra viento y marea aquel rasgo de la Naturaleza Divina, que, acomodándose a nuestra debilidad, es llamada por San Juan y sus hermanos, la ira de Dios. No se deje pasar esto. Hay hombres que se hacen abogados de la Prudencia; éstos, en la medida en que conservan alguna traza de religiosidad, disuelven toda la conciencia en un solo instinto de mera benevolencia y refieren todos sus tratos con la Providencia y sus creaturas a ése y a ése único Atributo, esto que dan en llamar amor. De aquí que consideran todo castigo como medicinal, un medio para un fin, niegan que las penas que amenazan a los pecadores puedan durar eternamente, y dan de mano con la doctrina de la Reparación. Hay otros que hacen de la religión un mero ejercicio de vivos sentimientos; y estos también consideran a su Dios y Salvador, por lo menos en cuanto les concierne, solamente como un Dios de amor. Ellos mismos creen que se convierten del pecado a la justicia por causa de la mera manifestación de aquel amor en sus almas, que los lleva hasta Él; e imaginan que ese mismo amor, inamisible ante cualquier posible transgresión de su parte, seguramente llevará a todos los hombres así elegidos a su triunfo final. Más todavía, dando por sentado que el Cristo ya ha hecho cuanto fuere necesario para su salvación, no creen necesario un cambio moral de su parte; o más bien, consideran que la Visión del amor así revelado trabaja en ellos espontáneamente; en ambos caso dispensándose de todo esfuerzo laborioso, todo aquello de trabajar “con temor y temblor”, todo eso de negarse a sí mismo y “trabajar por su propia salvación” (Filipenses II:12), y lo que es peor aun, considerando todo eso con suspicacia, como conduciendo a una supuesta presunción y orgullo espiritual. Una vez más, los hay de un talante místico, con imaginación e intelectos sutiles sin tiento alguno, que siguen las teorías de la vieja filosofía gentilicia. Estos también, se acostumbraron a hacer del amor el único principio de la vida y de la providencia en los cielos y en la tierra, como si fuere el Espíritu que satura al mundo, que encuentra simpatía en cada corazón, que todo lo absorbe en Sí mismo atizando un gozo encendido en todos los que lo contemplan. Se quedan en sus casas especulando y separan la perfección moral de la acción. Éstos sostienen, o están en camino de sostener, que el alma humana es pura por naturaleza; que el pecado es un principio externo que la corrompe; que el mal está finalmente destinado a su aniquilación; que se llega a la Verdad con la imaginación; que la conciencia es cuestión de gustos; que la santidad una contemplación pasiva de Dios; y que la obediencia sólo se obra por gusto. Resulta difícil discernir con precisión entre estas tres escuelas de opinión sin recurrir a las mismas inapropiadas palabras con las que estamos tan familiarizados; y con todo, bastante ya he dicho para los que quieran continuar investigando este tema. Que se observe, pues, que estos tres sistemas, por mucho que difieran entre sí en sus principios y espíritu, con todo siempre están de acuerdo en una cosa, esto es, en pasar por alto que el Dios de los cristianos es representado en la Escritura, no sólo como un Dios de amor, sino también como “un fuego devorador” (Hebreos XII:29). Como rechazan el testimonio de la Escritura, no es de extrañar que también rechacen el de la conciencia que por cierto anticipa males para el pecador pero que, como sostiene el religioso reduccionista, en modo alguno constituye la voz de Dios―o si lo es, se trata de una mera benevolencia de su parte, de conformidad con el principio de Utilidad―, o, según el juicio de los tipos más místicos, sólo se trata de una especie de pasión por lo bello y sublime. Así, contemplando sólo “la bondad” y no “la severidad de Dios” (Rom. XI:22), no es de extrañar que relajen sus riñones y se vuelven afeminados; no es de extrañar que su noción de una Iglesia perfecta e ideal, es una Iglesia que deja que cada cual siga su camino, que renuncia a todo derecho a pronunciarse, y mucho menos a infligir una censura poniendo en evidencia un error en materia religiosa.

Lo cual no quiere decir que aquellos que se creen, y creen que otros, corren el riesgo de una maldición divina, no tengan que ser indulgentes. Aquí pues es la necesidad del día presente y por esto debemos rezar: que venga sobre nosotros una reforma con el espíritu y el poder de Elías. Así, debemos rezarle a Dios que reviva su trabajo en medio de los años; que nos envíe una severa Disciplina, la Orden de San Pablo y de San Juan, que se nos hable “por amor de la verdad” (II Juan, 2)―que venga un Testigo de Cristo “penetrado del temor del Señor” (II Cor. V:11), uno que viene de contemplar la presencia de Aquel cuya “cabeza y sus cabellos eran blancos como la lana blanca, como la nieve; sus ojos como llama de fuego… y de su boca salía una espada aguda de dos filos” (Apoc. I: 14, 16)―un Testigo que no se amilana y proclama Su ira, como rasgo real de Su naturaleza gloriosa, bien que, por condescendencia con nosotros, la exprese en términos humanos, proclamando la estrechez del camino de la vida, la dificultad de alcanzar el cielo, el peligro de las riquezas, la necesidad de tomar la cruz, la excelencia y belleza de negarse a sí mismo y de la austeridad de vida, los peligros que hay en no creer en la Fe Católica, y el deber que tenemos de defenderla celosamente. Sólo así las noticias de misericordia bajarán con fuerza sobre las almas de los hombres con un poder compulsivo y una impresionante fuerza vinculante―cuando la esperanza y el temor vengan de la mano. Sólo entonces los cristianos tendrán éxito en sus batallas, “acreditándose como varones”, conquistando y gobernando la furia del mundo, y manteniendo a la Iglesia inmaculada y poderosa: cuando sujeten sus sentimientos mediante una severa disciplina y se muestran amantes en medio de la firmeza, el rigor y la santidad. Sólo entonces podemos prosperar los cristianos (bajo las bendiciones y gracia de Aquel que es el Espíritu tanto del amor como de la verdad), cuando se nos conceda el corazón de Pablo, para hacerle frente incluso a Pedro y a Bernabé si alguna vez se los ve ganados por sentimientos puramente humanos, de ahora en más “sin conocer a nadie según la carne” (II Cor. V:16), rechazando de nuestra presencia al hijo de nuestra hermana, o incluso a un familiar más próximo, negándonos a verlos, dando de mano con la esperanza puesta en ellos y el cariño que le profesábamos si Él así lo manda, Él, que suscita amigos incluso para los solitarios con tal de que confíen en Él, dándonos en su Casa rodeada de sus Murallas “valor y nombre, mejor que hijos e hijas”. En efecto, entonces nos dará “un nombre eterno que nunca perecerá (Is. LVI: 5).                          

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Posteado por: Fray Rabieta | 30 junio 2010

¿Querían petróleo?

¿Cómo describiría San Juan las enormes manchas de petróleo?

El Profeta no conocía el petróleo.

Bien podría transcribir su aspecto como “sangre”:

 sangre de muerto, sangre coagulada.

 

(Federico Mihura Seeber, en “De Prophetia”)

Pedazos de cretinos:

 Me gusta lo de Kafka, aquel judiazo que se permitió afirmar que cuando llegara el Mesías ya no haría falta, ja, ja. Qué pedazo de animal, si no les hizo falta Cristo cuando vino por primera vez, ¿cómo les va a hacer falta cuando venga la segunda? We can do without, je, je.

¿No hace falta? ¿En verdad que no, ché?

A mí me parece que no hace falta ser judío como Kafka para pronunciar semejante sandez; se me hace que son demasiados los cristianos que se hacen los distraídos con todo lo que sucede a nuestro alrededor, y que por no mirar, por no querer mirar, no ven lo que está a la vista. Y entonces, claro, Dios no hace falta.

Se nos ha objetado que nos complacemos en los escenarios apocalípticos, que disfrutamos morbosamente de las catástrofes, que nos gozamos con las hecatombes… y, en efecto, algo de eso hay, no tengo por qué negarlo. Ahora, ésta del derrame de petróleo en el Golfo de México me gusta un poquito más que otras. Voy a decirles, mis queridos babiecas, por qué, por qué diablos.

En primer lugar, porque no se trata de un desastre natural sino que es una calamidad directamente producida por mano del hombre, empeñado en tratar la tierra cómo le viene en gana―el Hombre, así con mayúscula, dueño del mundo, tirano absoluto, que hace lo que quiere sin que nadie pueda pedirle cuentas. Y si quiere petróleo, pues ¡adelante!, sacará petróleo de dónde sea, al precio que sea, qué me importa a mí cómo lo hago, con tal de que me haga de unos mangos… para comprarme un sport utilitario V-8, ja. Y si se arma algún lío, no importa, me voy, como Tony Hayward, a andar en mi velero, ya vendrá quién lo arregle… je, je. Veremos.

Esta “Declaración de Independencia” del hombre frente a Dios produjo la primera Gran Catástrofe, llamada Pecado Original. Se intentó remediar, cómo no, porque “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”. Pero luego volvió a formalizarse más o menos hace unos cuatro o cinco siglos atrás, cuando comenzó la Gran Apostasía, y ahora está dando sus frutos. Soy dueño de este planeta dice el hombre (olvidando que “otro” se lo dijo a Cristo, hace más de veinte siglos atrás, en el desierto―olvidando también lo que dice San Juan en su Primera Carta, Cap. V, versículo 19-y todos estos olvidos no son casuales, ¿eh?, que Vaticano II también se “olvidó” de mencionar al demonio), y por tanto hago con él lo que me venga en gana. Y últimamente quiero sacarle el jugo, por así decir.

Petróleo, el jugo de la tierra. ¿Para qué? Bueno, para continuar con la revolución industrial, para producir más, para vender más, para ganar más, para andar de aquí para allá más rápidamente, para ir a la luna, o porque sí nomás: quiero sacarle el jugo a la tierra, quiero petróleo. Y lo voy a conseguir al precio que sea, guerras, o explotaciones capitalistas, debajo de los hielos del Ártico o de los lechos marinos, ¿qué mi importa a mí de dónde lo saco, de qué manera, cuánto? Razonamiento de niño emperrado: quiero petróleo, voy a conseguirlo y sanseacabó.

Pues ahí tienen, ahí tienen el petróleo, a montones, je. En el mar, aunque “todo ser viviente en el mar murió” (Apoc. XVI:3), en las playas, empetrolándolas, arruinando el turismo, la pesca, el paisaje, la flora y la fauna. ¿Querían petróleo? Ahí lo tienen. Y no sólo en el mar y en las playas. En Luisiana ya están diciendo que está lloviendo (¿no me creen, pedazo de floripondios, tipeen en Google “It’s raining oil” y vamos a ver qué es canela).

En Florida se huele petróleo en el aire; en Luisiana, llueve petróleo, en Texas se queman las cosechas. Y ahora, que se vienen los huracanes ya te voy a dar a vos: capaz que llueva petróleo más lejos todavía, y no sé que harán con él aquellos vientos y las corrientes marinas. Especulan con que dé la vuelta a la Florida y llegue a Miami; algunos dicen que, peor todavía, si seguimos así, llegaría a Europa, qué sé yo, no me extrañaría.

Y sí, lo confieso redondamente, me encanta. Me encanta observar cómo los periodistas montan un gran circo con todo esto (antes de pasar al Mundial de la fútbol, con sus negroides vuvuzelas o no sé qué otra porquería), un poco asustados, no diré que no, pero en el fondo, confiados en que de una manera u otra todo se va a arreglar. La Gran Babilonia confía en sus recursos, confía en su ciencia, en su técnica, en su inventiva y en su buena estrella… Houston, tenemos un problema, cómo no… pero ya lo vamos a arreglar. Ya tenemos el “think-tank” más grande del mundo, ahí están los mejores geólogos, ingenieros, meteorólogos, etc… Hay que tener fe. Fe en el hombre, fe en el progreso, fe en la civilización, fe en el capitalismo, fe en el mercado, fe en el mundo. Hemos salido de cosas peores, saldremos de esto. “You can do it”, etc.

Pelagianismo ateo, si alguna vez se habrá visto al hombre reducido a semejantes grados de estupidez.

Por supuesto que hay unos pocos… unos pocos un poquito más lúcidos, que se dan cuenta de que así la cosa no puede seguir―los ecologistas, los hippies y los de las teorías conspiracionistas que “blasfeman del Nombre Dios, que tiene poder sobre estas plagas; mas no se arrepienten para darle gloria a Él” (Apoc. XVI: 9). ¿Arrepentirse? ¿Qué es eso? ¿Gloria a Dios? Ni sé de qué me hablan…

Así que, claro que sí, me encanta que le pase esto a los yanquis, a los ingleses, a los petroleros, a los dueños de la usura y del capitalismo, a los constructores de la Gran Babilonia, ¿cómo no iba a disfrutar del espectáculo?

Y ver cómo se pisan entre sí. Ver cómo el Negro más grande impone una moratoria de seis meses suspendiendo la explotación de los 1100 pozos del Golfo hasta que se establezca qué salió mal con el “Deepwater Horizon”, con lo que se suspende la provisión de una tercera parte del petróleo que consumen los propios yanquis. Y el juez federal de Florida (repleto de acciones de varias petroleras) anula esa moratoria. Y el Negro que apela, y el líquido negro que sigue derramándose, que nadie parece poder parar la herida en la tierra, que la tierra se desangra lentamente, y hasta agosto (y eso que “agostos y obispos buenos / nunca vide menos” decía el español),  digo, hasta que pase la temporada de huracanes, digo, hasta que… Y esta hemorragia que no cesa de decir lo suyo: se puede ver on-line si quieren (me dicen que hay yanquis que se quedan obsesionados con eso y no pueden dejar de contemplar la imagen viva de un planeta que se desangra).

Pero nuestros científicos no se amilanan. Tiran más y más Corexit, el dispersante químico que le da el aspecto de sangre a las aguas (Apoc. XVI:4) y que algunos sostienen es más tóxico que el petróleo mismo. Y ahora hacen dos perforaciones más en la madre tierra para ver si pueden tapar el agujero desde abajo, a tres mil metros debajo del lecho marino, aunque Clinton sostiene que hay que tirar una bomba (nuclear si a mano viene) y terminar con todo esto. Y el otro animal de Deepak Chopra dijo que la situación exige “una sagrada llamada a la acción”, je, je (¿por qué no prueba un poco de autoayuda también?). Y allá van los actores y las actrices de Hollywood (el bosque maldito), que donde hay cámaras no pueden faltar. Y se amplían las “zonas muertas” que hay que verlas en “youtube” para creer lo que son las malditas “dead zones”. El fruto de la violación de la madre tierra.

Así que, volviendo a Kafka, se puede salvar su brutal proposición, que cuando vuelva el Mesías, ya no hará falta. Claro que no, porque para entonces ya habrá caído la Gran Babilonia “albergue de demonios y refugio de todo espíritu inmundo” (Apoc. XVIII:2).

Pero, y aquí está la gracia, no es el Mesías que la hará caer, por lo menos no directamente. Y entonces unos pocos podrán cumplir con el mandato de la Escritura:

¡Alégrate sobre ella, oh cielo, y vosotros, los santos

 y los apóstoles y los profetas,

pues juzgándola Dios

 os ha vengado de ella. (Apoc. XVIII:20).

En el mientras, mientras se va desarrollando esta historia, permitidme a mí, entre putinomios, abortos, mentiras, blasfemias, latrocinios y desecraciones, mientras contemplo los rostros retorcidos del rabino Bergman, del cardenal Bergoglio, de Sarkosy y Berlusconi, mientras veo que la “Crown Prosecution Service” de Su Alteza Real, la Reina de Inglaterra, planea arrestarlo al Papa por “encubrir a los pedófilos”, mientras la Piqué y Sodano continúan impertérritos su tarea disolvente―mientras releo las imbecilidades estampadas en la “Caritate in Veritate”, mientras oigo las estupideces de la Yegua y los discursos sarmientinos de Pepe Eliaschev, la filosofía barata de Orlando Barone y de Sietecase, el rostro adusto de Lanata y la sonrisa barata de Tinelli… permitidme, entre un trago de “Terma” y otro, tomármelo todo con un poco de soda.

Soda cáustica, en verdad. Porque la verdad a veces es cáustica, que con las cosas que están pasando, qué otra cosa podía ser.    

 *  *  *

Posteado por: Fray Rabieta | 23 junio 2010

Catástrofes

Así como hay amor en el Antiguo Testamento, así también hay cólera en el Nuevo.

Tertuliano.

 

Yo soy el que Es. Tú eres la que no es.

Santa Catalina de Siena

 

Dios se encuentra presente en todas partes.

Manifiesta su fidelidad en el orden,

pero el desorden de los elementos

manifiesta su furor.

Jean Daniélou.

 Mis asustados timoratos:

No digo que no, no digo que más o menos hasta 1945 uno podía creer estúpidamente en el progresismo, en el progreso ineluctable de la historia, sin llamar demasiado la atención. El progreso tecnológico de los cien años inmediatamente anteriores―la máquina a vapor, el ferrocarril, la anestesia, el telégrafo, el motor a explosión, el avión eran inventos revolucionarios que podían hacer creer en semejante imbecilidad. ¿Pero después? ¿Después de dos guerras mundiales, desplazamientos de pueblos enteros, violaciones en masa, bombardeo de poblaciones civiles culminando con dos bombas atómicas? Ser progre después de eso ya no era una estupidez, era una especie de crimen contra el sentido común, una historia para contar en un manicomio, una fe digna de cretinos, una convicción que día a día resultaba desmentida a grandes titulares en todos los diarios. A partir de 1945 tendremos 70 años de Gulag en una tercera parte del mundo, en la otra, el “american way of life”, je, je, ya te voy a dar progreso a vos. Hagamos una simple síntesis de boticario: abortos en masa, droga y pornografía siempre más divulgada, más dañina, más barata, 70 años de Gulag en una tercera parte del mundo, seis genocidios en el s. XX (no hubo ninguno en los veinte siglos precedentes), más y más violencia en la sociedad, deterioro constante de las costumbres (olvido del honor, de la palabra empeñada, pérdida de la vergüenza, del pudor, irreverencia, desacralización, impiedad, imposición de lenguaje, estética y códigos plebeyos, absoluta pérdida del sentido de jerarquía, de la disciplina, del decoro, de la responsabilidad personal),  ruptura de matrimonios, homosexualidad (en tres etapas: primero permitida, luego ensalzada, dentro de poco obligatoria), masificación de la sociedad, ruido y más ruido (automóviles, motos, radios, cumbia), despueble del campo, construcción de inmensas megalópolis de caos y anonimato… Y a todo eso lo llaman progreso, je, ya te voy a dar a vos. Y eso sin hablar de lo ocurrido en el Tercer Mundo ni en los países islámicos, para qué les voy a decir… Y eso sin hablar de lo que pasó (y pasa) en la Iglesia, que de eso demasiado hemos dicho ya.

Pero últimamente las cosas se han puesto más lindas todavía. Ahora parece que Dios se ha enojado. Claro que para los progres, Dios no se puede enojar, que es imagen demasiado antropomórfica, etc., ja, ja. Veamos cómo lo explica Daniélou:

Hoy en día el niño aprende en clase de catequesis que la cólera es un pecado. A partir de ahí se entiende su escándalo cuando ve que se la atribuye a Dios. Ocurre lo mismo con los celos. Pero esta es mala filosofía.

La cólera es una pasión, una creatura de Dios, que es buena en sí misma. El Cristo se encolerizó con los mercaderes del Templo y Péguy ha hablado de las “grandes cóleras blancas” de Juana de Arco. La cólera es la reacción de una sensibilidad sana frente a todo lo que es vil, bajo, mezquino. Así, el Cristo no soportaba que se hiciera de su Templo una casa de comercio, que se le impusiese a los otros lo que ellos no practicaban, que se escandalizara a los niños.  Pero ustedes, mis inestimables paparulos, ya no son niños. ¿O habrá que recordarles también aquello de San Pablo?

Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño.

Y se comprende, cómo no. Pero luego, a diferencia de ustedes, mis cristianos de pacotilla,

al hacerme hombre, dejé todas las cosas de niño (I Cor. XIII:11).

Pero si quieren dejar las cosas de niño comiencen a pensar qué significa que Dios se encoleriza, se aíra, se enoja. No es, ni por pienso, una “imagen antropomórfica” de la literatura hebrea como lo sostienen los imbéciles exégetas progres de nuestro tiempo. Nada de eso. La cólera de Dios significa, implica, es la expresión de una cosa enteramente diferente. Ya sé que están medio dormidos, pero a lo mejor aguantan una cita más de Daniélou:

La cólera no es el resentimiento de un amor propio herido. Constituye la negativa a pactar con lo inadmisible. Y así, en Dios, es la expresión de su incompatibilidad con el pecado. Pero a lo mejor debemos ir más allá. En el fondo, la ira latina no expresa ni siquiera directamente una relación con alguna cosa. Se trata simplemente de la expresión de la vitalidad de un ser, la manera cómo se afirma. Uno de los vocablos hebreos que la designan tiene la misma raíz que la palabra que refiere a las humeantes narices del toro. Así, en su núcleo más profundo, la cólera de Dios es la expresión de la intensidad de la existencia divina, de la violencia irresistible con la que se lleva todo por delante cuando se manifiesta. En un mundo que permanentemente le da la espalda, a veces Dios recuerda violentamente que existe.

Y cómo no. Así el terremoto de Chile, el volcán de Islandia, el deslave de Rio de Janeiro, los agujeros en el suelo de Guatemala, el granizo “del tamaño de un talento” (Apoc. XVI:21), las inundaciones como nunca se vieron, las tormentas, el derrame de petróleo que aparentemente nadie sabe cómo impedir―todo eso, y mucho más por venir todavía, nos recuerda violentamente que Dios existe, qué se creían ustedes, contra el cual el progreso tecnológico nada puede. Y hay que saber que Dios existe con una intensidad existencial que a nosotros, creaturas procedentes de la nada, nos hace temblar. Y lo bien que hacemos. Claro que la mayoría de nuestros contemporáneos no entienden nada. Ni siquiera esto:

Se puede decir que esta idea de la intensidad del Ser divino es una cosa que los hombres de nuestro tiempo desconocen por completo, que han perdido prácticamente su noción misma. Han exaltado al hombre increíblemente, han perdido el sentido que tiene el ser una mera creatura; por el contrario, han vaciado a Dios de su substancia hasta convertirlo en una especie de fantasma abstracto que flota en no sé qué cielo metafísico y por consiguiente resulta lo más normal que al primero que se les ocurra venga a liberarse de Él como si fuera un viejo residuo que ya no se corresponde con ninguna experiencia viva.

Por cierto que cuando vemos liquidar a este dios fantasmal no lo lamentamos en absoluto. En efecto, no tiene mucho en común con el Dios vivo del que nos habla la Escritura diciendo que no se lo puede ver y seguir viviendo. Estas expresiones que califican a Dios en el orden de la intensidad de la existencia nos sacan de todas los remilgos, de todos los sentimentalismos que entorpecen la vera religión; nos colocan en la seriedad existencial de la realidad religiosa, en presencia de la soberana realidad del Ser de Dios. Esta es la base misma de la religión. La gente de nuestro tiempo conserva aún sentimientos píos, pero les queda muy poco del sentido profundo y radical del misterio de Dios. Haría falta, como el Señor expulsando a los mercaderes del Templo, despejar el camino en nuestras iglesias, en medio de las devociones de segundo orden que lo entorpecen, hacia este gran vacío fundamental en el interior del hombre y donde Dios está presente.  

¿Y bien? ¿No lo entienden? ¿No les da miedo ver lo que está pasando? ¿No le tienen miedo a la ira de Dios?

Pues bien, cristianos tibios y tan in-sta-la-dos en el mundo, si no tienen miedo, son un caso perdido, y yo no lo voy a remediar (si Dios no puede, con las señales que está mandando… ¿qué puede hacer un sencillo fraile―que toma “Terma” para su hígado―, más que avisar nomás, lo que pasa, lo que se viene?).

Pero, perdido por perdido (ya sé que no hay caso, que no hay peor sordo que el que no quiere oír), les diré entonces, una sola cosa más: San Juan Bautista, el Gran Precursor, se la pasó haciendo penitencia. Y sin embargo, era inocente (a no ser, por aquello del pecado original). El rudo penitente del Makerón era un asceta como el que más. “Nemo maior”, ninguno más grande, dijo de él su primo, el Cristo. Pero alguno se podría preguntar por qué tanta penitencia, si no se había mandado macanas que le produjeran remordimientos, o algo así. Y la respuesta no se hará esperar,

La misión del profeta será siempre la de predicar la conversión.

Porque viene Dios.

Que Él nos pille confesados.   

*  *  *

Posteado por: Fray Rabieta | 14 junio 2010

Saquen la cuenta

Satanás pidió permiso a Dios de contar con 100 años

 para poder influenciar al mundo como nunca antes había podido.

 (León XIII) 

Pedazos de alcornoques: 

Quizá algunos de entre ustedes saben la oración a San Miguel. Tal vez algunos de entre ustedes recuerden que antaño al final de la misa se rezaba una oración a San Miguel Arcángel. Puede que algunos de entre ustedes sepan por qué. Por qué diablos.

Bueno, por un fatal curundú de mis pecados tengo que presumir que no y, una vez más, contárselos. En el año 1884, después de celebrar misa, el Papa León XIII tuvo una visión que lo llenó de horror en la que se le dio ver cómo el diablo obtuvo permiso para hacer más o menos lo que se le antojara en el mundo y en la Iglesia (especialmente en el Vaticano). Dijo que se le otorgaron 100 años para hacer todo (bueno, bastante) el despelote que quisiese. Y que, vencido aquel tiempo, San Miguel Arcángel lo encadenó y volvió a arrojarlo al infierno. Ni bien tuvo aquella visión, el Papa se encerró en su gabinete, escribió la oración a San Miguel Arcángel y mandó se rezase al final de la misa, se la entregó a su secretario instruyéndolo que se hiciese saber a todos los obispos del mundo, cosa que se cumplió al pie de la letra.

Después, claro, con la reforma litúrgica, se abolió (como tantas otras cosas) esta rúbrica y por eso es muy posible que no conozcan la oración, jamás la hayan oído rezar después de misa y no conozcan la historia que acabo de contarles. Así andamos, claro.

Pero, si la creen (no es obligación, por muy Papa que fuera, no deja de ser una revelación privada y cada cual puede pensar sobre esto lo que quiera) deberían concluir que más o menos durante cien años, después de 1883, en la Iglesia podía haber un despelote bastante señalado.

En el tiempo, esto coincide, aproximadamente, con otra revelación privada, la de Anna Catalina Emmerich quien en sus profecías incluye una referencia a la soltura del demonio, unos sesenta años, dijo, antes del año, “creo”, 2000. Más o menos, el “creo” que antecede al 2000 nos da flexibilidad para fijar esos sesenta años a partir de 1940, quizá antes, probablemente (por lo que diré), un poco más adelante. Insisto, son revelaciones privadas, no hay por qué tomárselas en serio…

Pero, quitando lo que sobra y sacando lo que falta, calzan la una con la otra bastante bien.

El diablo suelto, durante bastante tiempo, en el s. XX. Hasta un tanguero coincidiría “que el siglo XX es un despliegue / de maldad insolente / no hay quién lo niegue”. Los únicos que lo negarían serían los progresistas, que no entienden de tango, ni de profecías, ni de historia de la Iglesia, ni de teología, ni de ángeles caídos, ni de nada. Pero si uno se pone a pensar un poco, ¿cómo iban a entender algo de todo esto, si ellos fueron―no digo, ¡ojo!, los únicos, pero sí los agentes principales del Gran Despelote dentro de la Iglesia? Imagínense ustedes que a mediados del siglo pasado lo empezaron y a poco de iniciar sus inicuas reformas etcétera, lo bautizaron todo “la Primavera de la Iglesia”, ja, ja.

Ya te voy a dar a vos, primavera de la Iglesia. En fin, en 1917 (y esto sí lo saben, porque ya se los conté) Nuestra Señora le reveló a los pastorcitos de Fátima un “secreto” que debía develarse antes de 1960. Y, como recordarán, Juan XXIII no quiso, porque si no “no podrían celebrar el Concilio Vaticano II”. Se celebró nomás, y lo demás es historia, ya saben ustedes. Después vino la reforma litúrgica, sacaron la oración a San Miguel, sacaron la devoción a Nuestra Señora, se armó una tan grande que en 1969, Paulo VI (un Papa de infeliz memoria) dijo que “por una grieta” se había filtrado en la Iglesia “el humo de Satanás”.

Cuarenta años después, el Papa reinante, de viaje a Fátima, dijo que lo revelado en Fátima, el secreto que nunca vimos, se relaciona con las iniquidades cometidas dentro de la Iglesia.

Así que, mis estimados palurdos, tampoco es tan difícil, saquen la cuenta, pongámoslo todo en negro sobre blanco y en orden cronológico:

 a) A mediados del s. XIX, la vidente Anna Catalina Emmerich dijo que promediando el s. XX, el diablo sería soltado.

 b) A fines del s. XIX, el Papa León XIII dijo algo similar, y que el demonio contaría con licencia para embromar al mundo, pero especialmente a la Iglesia. 

c) A principios del s. XX, Nuestra Señor reveló en Fátima un secreto que ningún Papa quiso dar a conocer, pese a que el mensaje mismo indicaba que debía publicarse antes de 1960.

 d) Poco después, se convocó el Concilio Vaticano II que es, más o menos, cuando arrancó el Gran Despelote, litúrgico, teológico, moral. 

e) En 1969, otro Papa, dijo claramente que el humo de Satanás se había metido por una grieta en la Iglesia, y… 

f) En 2010, el actual Papa vinculó claramente el escándalo de los curas abusadores y otros despelotes con aquel famoso secreto de Fátima. 

Bueno, está bien, está bien, estoy dispuesto a concederles todo: no es obligación creer en nada de esto: Anna Catalina podría haber estado desvariando, el Papa León XIII había tomado de más (je, je), el tercer secreto ya fue revelado el 26 de junio de 2000 donde se ve cómo lo mataron, a flechazos, a Juan Pablo II (ja, ja), lo de la grieta y el “humo de Satanás” fue una andaluseada de Montini para referirse al desorden que se sigue a cualquier concilio y, esteee lo del Papa actual, bueno, qué sé yo, estuvo bastante críptico.

Y en cualquier caso, como dirían los de la Parroquia vecina, el diablo no existe, de modo que suelto o no, me importa un belín.

Por mi parte, prefiero lo de la lectura de San Pedro (que mi fe no es menos preciosa que la de él-II Pedro, 1:1) de hoy: 

Estad sobrios y velad: vuestro adversario el diablo ronda, como un león rugiente, buscando a quien devorar. (I Pedro, V:8)

Y si no les molesta, rezar, al final de la misa (y en todo tiempo y lugar), la oración a San Miguel Arcángel.

Permiso. 

*  *  *

Posteado por: Fray Rabieta | 2 junio 2010

Victoria de los cristianos

Sermón del Cardenal Newman

Queridos hermanos:

Durante cuarenta días después de su resurrección Nuestro Salvador Cristo quiso quedarse entre nosotros, aquí abajo, a una cierta distancia de la gloria que se había ganado. Ahora la gloria era de Él, podría haber ingresado en ella de inmediato. ¿Por ventura no había tenido bastante de la tierra? ¿Qué cosa podía detenerlo aquí en lugar de volver al Padre para tomar posesión de su trono? Se demoró para consolar e instruir a quienes lo habían abandonado en la hora de la prueba. Acababa de pasar el tiempo en que su fe había prácticamente fallado, incluso en el tiempo en que tenían al Modelo delante suyo. Y se venía un tiempo, se les venía encima un tiempo largo cuando serían sometidos a pruebas mucho más pesadas, y con todo Él sería retirado. Hasta entonces no habían comprendido que las tribulaciones son el camino hacia la gloria y que nadie se sienta sobre el trono de Cristo si primero no vence, así como Él venció. Se quedó para que les quedara clara esta lección, no fuera que siguieran entendiendo mal el Evangelio y fueran a fallar una segunda vez. Y así fue que les dijo: “¿No era necesario que el Cristo sufriese así para entrar en su gloria?” (Lc. XXIV:26). Y después de haberles enseñado todo, después de cuarenta días, a la larga ascendió sobre las tribulaciones de este mundo. Ascendió por encima de la atmósfera de pecado, de pena, de remordimiento que planea sobre este mundo. Ingresó a la región de la paz y del júbilo, a la luz pura, a la morada de los ángeles, a la corte del Altísimo en donde resuenan continuamente los cánticos de los espíritus benditos y las alabanzas de los serafines. Entró allí, dejando abierto el camino a sus hermanos para que en el tiempo oportuno lo siguieran allí, con la luz de su ejemplo y la gracia de su Espíritu.

Y sin embargo, si bien cuarenta días constituyeron una estancia larga para Él, resultó breve para los apóstoles que lo querían retener consigo. ¿Cuáles tienen que haber sido sus sentimientos cuando partió?

Hallado tan tarde, perdido tan pronto.

Apenas reconocido y se lo llevan. Para los once, la historia de los dos discípulos de Emaús constituía una figura o imagen de su propia condición. Sus ojos habían estado empañados de tal modo que no lo reconocieron mientras Él les habló durante tres años; y luego, de repente sus ojos se les abren y Él inmediatamente desaparece. Así, insisto, había sido con todo ellos. A uno de ellos ya lo había retado en términos parecidos: “Felipe, ¿tanto tiempo he estado con vosotros y aún no me conoces?” (Jn. XIV:9). Durante el tiempo de su ministerio no lo habían conocido. Es cierto que Pedro lo había confesado como el Cristo, el Hijo del Dios viviente, pero incluso él mostró inconsistencia  y veleidad en su comprensión de esta gran verdad. Por entonces no comprendieron Quién y Qué cosa era. Pero después de la resurrección, otro gallo nos cantara: Tomás puso sus dedos en sus llagas y en su costado y dijo, “Mi Señor y mi Dios”; y de modo parecido todos comenzaron a conocerlo; a la larga lo reconocieron como el Pan viviente que bajó del cielo y que era la vida del mundo. Pero apenas si lo reconocen que ya se retiró de su vista, para no verlos nunca más, ni ser visto por ellos durante el curso de su vida terrestre. Ya no visitaría la tierra de nuevo, hasta que venga en el Último Día para recibir personalmente a los santos y llevarlos hacia su descanso. “Y el Señor Jesús, después de hablarles, fue arrebatado al cielo, y se sentó a la diestra de Dios.” (Mc. XVI:19).

Hallado tan tarde, perdido tan pronto.

Apenas partido, tal vez estos hayan sido los primeros sentimientos de los Apóstoles. Y a menudo algo parecido sucede aquí abajo. Entendemos nuestras bendiciones justo cuando estamos a punto de perderlas. Se abren perspectivas esperanzadoras justo antes de que terminan ineluctablemente empañadas. Durante año tras año disfrutamos de grandes privilegios, la luz de la verdad, la presencia de hombres santos, oportunidades de avanzar en la vida religiosa, padres generosos y tiernos. Y con todo, no habíamos caído en la cuenta de nuestra propia felicidad, no valorábamos nuestros dones. Y luego, ni bien empezamos a valorarlos, nos son quitados.

¡Qué tiempo, qué momentos tienen que haber vivido los apóstoles durante esos cuarenta días en que Él les enseñaba y resucitaba en sus almas todas las enseñanzas del pasado! ¡Cómo notarían el tremendo contraste entre lo que habían pensado antes y lo que pensaban ahora! Jesucristo… su modo de vida, su ministerio, sus discursos, parábolas, milagros, mansedumbre, gravedad, incomprensible majestad, el misterio de su pena y el de su alegría; la agonía, la afrenta, la cruz, la corona de espinas, la espada, el sepulcro. Y por otra parte la desesperación que ellos habían sufrido, su incredulidad, su perplejidad, su sorpresa, la maravilla, su repentino transporte, su triunfo―tendrían presente todo esto; y por cierto no menos en aquella hora tremenda en que guió a sus seguidores afuera, a Betania, en el día cuarenta. “Y los sacó fuera hasta frente a Betania y, alzando sus manos, los bendijo. Y vino a suceder que mientras los bendecía se separó de ellos y fue elevado hacia el cielo.” (Lc. XXIV:50-51). Seguramente en aquel momento recordaron su historia entera, todos los tratos que había tenido con ellos. Luego, mientras contemplaban su tremendo divino rostro y aquella forma celestial, todos y cada uno de los pensamientos y sentimientos que alguna vez habían abrigado a su respecto, de una se les cayeron encima.    

Él había hecho su obra; la de ellos pendía, su obra y sus padecimientos. Los dejaba justo en el tiempo más crítico. Cuando Elías ascendió, Eliseo exclamó: “¡Padre mío, padre mío, carro y de Israel y su caballería!” (IV Reyes, II:12). Con sentimientos análogos tal vez los apóstoles contemplaban hacia el cielo con la esperanza de detener su Ascenso. Su Señor y su Dios, la luz de sus ojos, el consuelo de su corazón, la guía de sus pasos, era retirado. “Mi amado, volviéndose, había desaparecido. Mi alma desfalleció al oír su voz. Lo busqué y no lo hallé; lo llamé, mas no me respondió” (Cantar, V:6). Bien les vendrían las palabras que la Iglesia usa ahora: “Te suplicamos, no nos abandones en nuestro desconsuelo”. Oh Tú, que eras tan tierno y próximo a nosotros, que conversabas con nosotros cuando íbamos de camino, y te sentabas a comer con nosotros, y te embarcabas con nosotros, y nos enseñaste en el Monte, y soportabas la malicia de los Fariseos, y celebrabas la fiesta con Marta, y resucitabas a Lázaro, ¿acaso te has ido de manera que ya no te veremos más? Y sin embargo así había sido establecido: contarían con privilegios, pero no los mismos que habían disfrutado antes; y de ahora en más sus pensamientos serían de otro tipo que los que habían tenido hasta entonces. De nada servía desear lo que ya había pasado y había terminado. Sólo se les dijo, mientras contemplaban: “Este Jesús que de en medio de vosotros ha sido recogido en el cielo, vendrá de la misma manera que lo habéis visto ir al cielo” (Hechos, I:11).

Tales son algunos de los sentimientos que tal vez experimentaron los apóstoles cuando la Ascensión de Nuestro Señor; pero después de todo, no son sino sentimientos humanos y ordinarios, y de un tipo que podemos entender; pero otros, distintos, también experimentaron en aquel solemne tiempo, pues cuando la gloriosa Ascensión de Su Señor, “lo adoraron”, dice el texto, “y se volvieron a Jerusalén con gran gozo. Y estaban constantemente en el Templo, alabando y bendiciendo a Dios” (Mc. XXIV:52-53). Ahora bien, ¿cómo puede ser que cuando lo natural habría sido que llorasen, los apóstoles se regocijaban? Cuando María Magdalena llegó al sepulcro y no encontró el cuerpo de Su Señor, se quedó fuera llorando, y los ángles le dijeron, como Cristo también se lo dijo después: “Mujer, ¿por qué lloras?” (Jn. XX:15). Y sin embargo, sobre la partida de Nuestro Salvador, cuarenta días después, cuando los ángeles retaron a los apóstoles, se conformaron con decirles: “Varones de Galilea, ¿por qué quedáis aquí mirando al cielo?” (Hechos, I: 11). A pesar de la pérdida, a pesar de lo que les esperaba, entre ellos no había pena alguna, sino “un gran júbilo” y “continua alabanza y bendiciones”. ¿Nos animaremos a adivinar que este gozo era el elevado talante de los valientes y de los nobles que en su imaginación han atisbado el peligro y están preparados para enfrentarlo? Moisés sacó de Egipto a una nación timorata y en el espacio de cuarenta años la entrenó para que estuviese llena de coraje para la tarea de conquistar la tierra prometida; Cristo, en cuarenta días, entrena a sus apóstoles para que aprendan a tener coraje y ser pacientes en lugar de cobardes. Al comienzo de esta estación, ellos se hallaban “afligidos y llorando” (Mc. XVI:10), pero sobre el final estaban llenos de coraje, dispuestos para el buen combate, sus espíritus se elevan hacia lo Alto con su Señor, y cuando Él es recibido fuera de su vista, y comienzan sus propias tribulaciones, “regresan a Jerusalén con grande gozo, y se hallan continuamente en el Templo, alabando y bendiciendo a Dios”. Pues Cristo seguramente les ha enseñado qué cosa es tener su tesoro en el cielo; y se regocijaron, no porque su Seños había partido, sino porque sus corazones habían ascendido con Él. Sus corazones ya no moraban en la tierra, habían sido elevados hacia lo Alto. Cuando Él murió en la cruz, no sabían adónde había ido. Antes de que lo aprendieran, le dijeron, “Señor no sabemos adónde vas.” (Jn. XIV:5). Sólo podían seguirlo al sepulcro y allí condolerse, pues no sabían qué más hacer. Pero ahora lo vieron ascender a lo Alto y en espíritu ascendieron con Él. La Magdalena lloró en el sepulcro porque creía que los enemigos se lo habían llevado y no sabía dónde lo habían puesto. “Donde está vuestro tesoro, allí está vuestro corazón” (Mt. VI:21). A María ya no le quedaba corazón, estaba descorazonada, pues había perdido su tesoro; pero los apóstoles estaban continuamente en el Templo, alabando y bendiciendo a Dios, porque sus corazones estaban en el cielo, o, en palabras de San Pablo, “estaban muertos y su vida escondida en Cristo con Dios” (Col. III:3).

Fortalecidos, pues, con este saber, fueron capaces de enfrentar aquellas pruebas por las que Él había pasado primero y que había vaticinado les tocaría en suerte a ellos también. “Donde yo voy”, le había dicho a San Pedro, “tú no puedes seguirme ahora, pero más tarde me seguirás” (Jn. XIII:36). Y les dijo: “Os excluirán de las sinagogas; y aun vendrá tiempo en que cualquiera que os quite la vida, creerá hacer un obsequio a Dios” (Jn. XVI:2). Se acercaba ese tiempo y eran capaces de regocijarse con lo que tanto los había preocupado cuarenta días antes. Porque comprendieron la promesa: “Al vencedor le haré sentarse conmigo en mi trono, así como Yo vencí y me senté con mi Padre en su trono” (Apoc. III:21).

No estaría mal que nosotros también aprendiésemos esta lección y sepamos aquella gran verdad ante la cual los apóstoles al principio retrocedieron, pero que a la larga hacía que se regocijasen. Cristo padeció, e ingresó en su gozo; también ellos, en su medida, después de Él. Y en nuestra medida, también nosotros. Está escrito que “es menester que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios” (Hechos XIV:22). Dios tiene todas las cosas en sus manos. Puede ahorrarnos, puede infligirnos penas: a menudo nos las ahorra (¡y, Dios mío, ojalá nos las ahorre todavía un poquito más!) pero a menudo nos pone a prueba―de una manera u otra nos pone a prueba, a todos. En algún momento u otro de la vida de cada cual hay dolor, y pena, y tribulación. Así es; y quizá cuanto antes podamos considerarlas como ley de la condición cristiana, mejor. Aparece una generación, y luego sigue otra. Se suceden como las hojas en primavera; y en todas se puede observar esta ley: son probados y luego triunfan; son humillados y resultan exaltados; vencen al mundo y luego se sientan en el trono de Cristo. De aquí que San Pedro, que al principio se vio tan sorprendido y atribulado ante las aflicciones de su Señor, nos exhorta a no contemplar los sufrimientos como una cosa extraña, “como si os sucediera una cosa extraordinaria… antes bien alegraos en cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo, para que también en la aparición de su gloria saltéis de gozo” (I Pet. IV:12-13). Y San Pablo, lo mismo: “Nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que las tribulaciones engendran la paciencia” (Rom. V:3). Y en otro lugar: “Si sufrimos con Él, entonces podremos ser glorificados juntos.” (II Tim. II:12). Y San Juan no habla de otro modo: “El mundo no nos conoce a nosotros porque no lo conoció a Él” (I Jn. III:1). Por supuesto que lo que aquí se dice de la persecusión se aplica a todas las pruebas, y con mayor razón a esas pruebas menores por las que comúnmente tienen que pasar los cristianos de estos días. Y sin embargo supongo que tendrá que pasar mucho tiempo hasta que alguno de nosotros llegue a reconocer y entender que su propia condición sobre la tierra es de una u otra forma un estado lleno de pruebas y penas; y que si cuenta con intervalos de paz exterior, es todo ganancia y más de lo que tiene derecho a esperar. Así y todo, ¡cuán diferente debe parece el estado de la Iglesia a seres que pueden contemplarla como un todo, seres que la han contemplado a lo largo de los siglos, tal como lo hacen los ángeles! Bien sabemos lo que la experiencia hace de nosotros en este mundo. Los hombres llegan a ver y entender el curso de las cosas, y cuáles son las reglas que las rigen; y pueden anticipar lo que ocurrirá, y no se sorprenden por las cosas que pasan. Toman la historia de las cosas como algo natural. No se sorprenden que las cosas ocurran de una manera y no de otra; es la ley. La noche le sigue al día, el invierno al verano; frío, helada y nieve, cada una en su estación. Ciertas enfermedades recurren en su momento, o visitan a ciertas edades. Todas las cosas siguen un curso―tienen un comienzo y un fin. La gente grande sabe esto, pero con los niños es distinto. Para ellos todo es extraño y sorprendente. De a ratos se maravillan, se admiran o temen ante cada sucedido; no saben si se repetirán o no; y nada saben acerca de la operación regular de causas, o la conexión que hay entre estos efectos que resultan de una y la misma causa. Y así también en lo que se refiere al estado de nuestras almas bajo la Alianza de la misericordia; los espíritus celestiales, que ven lo que sucede sobre la tierra, entienden bien, siquiera a fuerza de haberlas visto tantas veces, cuál es el curso de un alma viajando desde el infierno hacia el cielo. Lo han visto una y otra vez, en innumerables casos, que el sufrimiento es el camino hacia la paz; que aquellos que siembran en lágrimas cosecharán entre cantares; y que lo que es verdad en Cristo se realiza en una medida entre sus seguidores.

Tratemos de acostumbrarnos a este modo de ver las cosas. La Iglesia toda, todas las almas elegidas, cada una a su turno, es llamada esta obra necesaria. En un tiempo les tocó a otros, ahora nos toca a nosotros. En un tiempo fue el turno de los apóstoles. En un tiempo le tocó a San Pablo. Tenía todas las tribulaciones juntan; las penas lo cubrían desde la cabeza hasta los pies, como Job con sus llagas. Y como si esto no fuera bastante, se le había agregado una espina en el costado―una molestia personalísima que lo acompañaba en todo tiempo. Y sin embargo, cumplió muy bien con su parte―era como un luchador valiente y fuerte en su mejor momento, y al fin de sus días pudo decir, “He combatido el buen combate, he terminado mi carrera, he conservado la fe” (II Tim. IV:7). Y después de él, los excelentes de la tierra, los mártires de vestiduras blancas y la alegre compañía de los confesores, cada cual a su turno, también desempeñaron el rol de un hombre. Y así ha sido hasta el mismísimo día de hoy, cuando pareciera que la fe comienza a fallar, primero uno, y luego otro, han sido llamados para producirse delante del Gran Rey. Es como si a todos se nos ha permitido tenernos en pie simultáneamente alrededor de su Trono, y así Él llamaba primero a este, y luego a aquel, para que retomaran el gran cántico, cada uno teniendo que repetir la melodía que sus hermanos que lo precedieron habían cantado antes. O, como si estuviésemos en un baile en su honor en las cortes celestiales, y cada uno a una señal debía hacer un paso gracioso y solemne en su presencia. O como si fuese una prueba de fortaleza, o de habilidad, y mientras el público en derredor contempla y aplaude, nosotros, sucesivamente, uno por uno, fuésemos los actores en el desfile. Tal es nuestra condición―los ángeles nos contemplan―Cristo pasó antes―Cristo nos ha dado un ejemplo, para que podamos seguir sus pasos. Él pasó por mucho más, infinitamente más, que lo que nosotros podemos ser llamados a padecer. Nuestros hermanos han pasado por mucho más, y parecen darnos aliento con su éxito, y simpatizar con nuestros tanteos. Ahora nos toca a nosotros; y todos los espíritus ministros guardan silencio y nos observan. ¡Oh que nuestro pie no resbale, que no haya dolo en nuestros ojos, ni sordera en nuestros oídos, ni distracción de nuestra atención! No estéis desalentados; no tengáis miedo; arriba los corazones; sed valientes; no retrocedáis―seréis conducidos a través de la prueba, hasta el fin. Sea lo que fuere que os tiene a mal traer, penas de la mente, del cuerpo, o de vuestro estado; penas de dentro o de fuera; penas casuales o que deliberadamente se os han impuesto; de parte de amigos o de enemigos―no importa cuales sean vuestras tribulaciones, aunque os sintáis solos, ¡Oh hijos de un Padre Celestial, no tengáis miedo! Sed hombres en vuestro día; y cuando acabe, Cristo mismo os recibirá, y vuestro corazón exultará, y ningún hombre podrá quitaros vuestro gozo.

Cristo ya está en aquel lugar de paz, que es todo en todo. Está a la mano derecha de Dios. Está escondido en la radiante belleza que mana de Trono Eterno. Él mismo es el abismo de la paz, allí donde no se oye ninguna voz de tumulto o de pena, sino una profunda quietud―la quietud, aquel bien más grandioso y tremendo de entre todos los bienes a los que podríamos aspirar―aquel gozo más perfecto de entre todos los gozos, la completa, profunda, infefable tranquilidad de la Esencia divina. Él ha entrado en su descanso.

¡Oh cuán gran bien será todo eso, si, cuando esta agitada vida se termina, se nos permite a nosotros entrar en ese mismo descanso―si llega un día en que ingresemos a su Tabernáculo en lo Alto, y nos escondamos bajo la sombra de sus alas; si pasamos a formar parte del número de aquellos benditos muertos que mueren en el Señor, y descansan de sus trabajos. Aquí estamos, a merced de las olas del mar y con viento en contra. A lo largo de todo el día somos probados y tentados de varias maneras. No podemos pensar, o hablar, o actuar que la enfermedad y el pecado nos acompañan. Pero en el mundo invisible, allí donde ingresó Cristo, todo es paz. Hay un Trono Eterno, y a su alrededor un arco iris, como rodeando una esmeralda; y en medio del Trono el Cordero que ha sido degollado y que ha redimido muchos pueblos con su sangre: y alrededor del Trono veinticuatro sitiales para otros tantos ancianos, todos revestidos de blanco con coronas de oro sobre sus cabezas. Y cuatro seres vivientes llenos de ojos por delante y por detrás. Y siete ángeles de pie delante de Dios, conduciendo sus negocios hasta los confines de la tierra. Y arriba los serafines. Y con todo eso, una gran muchedumbre que ningún hombre puede contar, de todas las naciones, de todos los clanes, y de todos los pueblos y de todas las lenguas, revestidos con vestiduras blancas, con palmas en las manso. “Estos son los que vienen de la gran tribulación, y lavaron sus vestidos, y los blanquearon en la sangre del Cordero” (Apoc. VII:14). “Ya no tendrán hambre ni sed: nunca más los herirá el sol ni ardor alguno” (Apoc. VII:16). “La muerte no existirá más, no habrá más lamentación, ni dolor, porque las cosas primeras pasaron” (Apoc. XXI:4). Ni tampoco habrá más pecado, ni habrá más culpa; no habrá más remordimiento, ni tampoco castigo; no habrá más penitencia; no más pruebas; ninguna enfermedad para deprimirnos; ningún afecto que nos podría perder; ninguna pasión que nos transporte; ningún prejuicio que nos pudiera enceguecer; ninguna tristeza, ni orgullo, ni envidia, ni esfuerzo: sólo la luz del Rostro de Dios, y un río de agua viva y pura, claro como el cristal, que procede desde el Trono. Allí nuestra casa; aquí no estamos más que en peregrinación y Cristo nos llama para que volvamos a casa. Nos convoca a las muchas mansiones que nos tiene preparadas. Y el Espíritu y la Esposa también nos llama, y todo estará listo para nosotros en el tiempo de nuestra llegada. Esforcémonos, pues, por entrar en aquel descanso […] teniendo una Sumo Sacerdote grande que penetró los cielos, Jesús, el Hijo de Dios, mantengamos fuertemente la confesión de la fe” (Heb. IV:11, 14); viendo que “tenemos en derredor nuestro una tan grande nube de testigos, arrojemos toda carga y pecado que nos asedia” (Heb. XII: 1), y “lleguémonos confiadamente al trono de la gracia, a fin de alcanzar misericordia y hallar gracia para ser socorridos en el tiempo oportuno” (Heb. IV:16).                    

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Posteado por: Fray Rabieta | 2 junio 2010

Newman, otra vez

Se informa a la feligresía de esta Iglesia de la Santa Cólera que Fray Rabieta no se ha repuesto de su pataleta al hígado (también, con las noticias que recibe todos los días, no es para menos). Total que nuestro prior, Fray Letal, ha mandado que este domingo se lea otra homilía del Gran Cardenal Newman.

Fray Broncas. 

Posteado por: Fray Rabieta | 27 mayo 2010

Cristo no vuelve más

Homilía pronunciada por Juan Enrique Cardenal Newman

Queridos hermanos:

Se puede hacer la pregunta: ¿cómo puede resultar posible vivir como si la Segunda de Venida de Cristo fuera inminente cuando nuestra razón nos indica que probablemente falta mucho? Podría objetarse que no hay más razones para esperarla ahora que durante los últimos dieciocho siglos; que si su larga ausencia constituye una razón para esperarla ahora, sin embargo la promesa de Cristo de que volvería pronto constituía una razón para esperarla en tiempos primitivos y que si se verificó que esa no era razón bastante, lo mismo se aplica a esta. Que si a pesar de su promesa de que volvería pronto se ha demorado tanto, bien puede ser que se demore aún más; que ninguna señal de la Parusía podría ser más grande que lo ocurrido ni bien partió. Que, por cierto, no disponemos de tales señales en los días que corren―más todavía, que durante los primeros setecientos años, y nuevamente alrededor del año 1.000 y más tarde, hubo muchas más señales de que Cristo volvería entonces que las que hay hoy en día―más desorden en las naciones, más desastres, más pestes, más terror. Podría decirse que no podemos esperar, y temer y estar expectantes como se nos manda, siempre que no contemos con razones para eso. Y que si nos vemos persuadidos, según un juicio ponderado de las cosas, de que la Parusía de Cristo no parece inminente ni probable, no podemos obligarnos a sentirla como probable.

Ahora bien, al considerar esta objeción, cosa que haré, puede que tenga la oportunidad de dejar establecido un gran principio que, debidamente entendido, hace que cumplamos con el deber cristiano: la sujeción de la mente entera a la ley de Dios.

Por tanto, niego que nuestros sentimientos e inclinaciones son regidas sólo por lo que comúnmente llamamos la razón. Que, al contrario, nada resulta más común que oír decir que la razón va para un lado y nuestros deseos para el otro. No hay nada imposible entonces en aprender a vigilar por el día de la Segunda Venida de Cristo con toda atención sin que necesariamente fundemos su probabilidad en un juicio de razón. Así como la razón puede ser hasta un cierto punto un guía correcto para nuestros sentimientos y gustos, también hay casos en que no puede guiarnos por razón de su debilidad. Y así como no resulta imposible para los pecadores e irreligiosos que se deleiten con cosas que su razón les dice que no deberían gustarles, así también no resulta imposible para los de talante religioso desear, esperar y estar expectantes de aquello que su razón no alcanza a aprobar ni a aceptar. ¿Qué cosa más común que oír decir “Amo a esta persona más que lo que la respeto”, o “Más que quererlo, lo admiro”? O, de otro modo, sabemos cuán fácil nos resulta abrir la mente a la influencia de algún sentimiento o emoción, y cuán difícil resulta sustraernos a esa influencia: cuán difícil es deshacerse de un pensamiento por más que la razón así nos lo indica: pese a eso, con pertinacia vuelve y vuelve sobre nosotros una y otra vez; cuán difícil es restringir sentimientos de cólera, de temor, o de otra pasión, aun cuando la razón nos dice que lo hagamos. Resulta entonces perfectamente posible tener presentes sentimientos y pensamientos de manera que nuestra razón juzga desmesurados. O, por poner otro ejemplo. Sabemos cómo a veces la mente se detiene de manera completamente irrazonable sobre una posibilidad remotísima y eso muchas veces errando peligrosamente. Una cantidad de cosas pueden pasar, una tal vez tan probable como la otra; y sin embargo, por razón de una salud deteriorada, o por razón de alguna conmoción, a menudo sucede que no podemos dejar de pensar desproporcionadamente sobre uno de estos acontecimientos posibles de tal modo que terminamos indebidamente ansiosos, no fuera a suceder. Así, si pasa algo horrible, un incendio, o un asesinato, o un accidente terrible, la gente se asusta pensando que les puede pasar a ellos también, y se turban de manera excesiva si se considera la cosa desapasionadamente con un simple cálculo de probabilidades. Su imaginación magnifica el peligro; no pueden convencerse de considerar las cosas con calma y según el curso normal de las cosas. Fijan su pensamiento en una posibilidad en particular de manera perfectamente contraria a lo que sugiere la razón. Así es que, lejos de que nuestros sentimientos se vean movidos por un estricto cálculo de probabilidades, más bien parece que lo contrario es la regla. Entonces, lo que Dios Todopoderoso exige de nosotros es que hagamos precisamente eso―referido a un asunto en particular―porque Él así lo manda, eso que tan comúnmente hacemos, indulgentes como somos con nuestras veleidades y debilidades; esto es, esperar, temer y estar expectantes ante la Venida del Señor, más incluso que lo que pueda fundar la razón para la inminencia del suceso, y de un modo que sólo Su Palabra garantiza: vale decir, confiar en Él por encima de los dictados de la razón. Habrá quienes dicen que no resulta probable que Cristo vuelva en los tiempos que corren y que por tanto no pueden estar expectantes. Por mi parte, sostengo que sí pueden estarlo. Tienen que sentir que existe la posibilidad de que vuelva en cualquier momento. Luego, habiendo logrado esto, habrá que detenerse en su consideración, abrir la mente a este asunto, tratar esa posibilidad tal como tantas veces uno encaró la posibilidad de un incendio, o un peligro en el mar, o peligro en la tierra, o resultar asaltado por ladrones. Nuestro Señor dice que vendrá como ladrón en la noche. Ahora bien, ustedes saben que si ha ocurrido un notable robo, la gente se asusta desproporcionadamente en lo que se refiere a la posibilidad de que a ellos les suceda lo mismo. La idea los obsesiona; puede que las probabilidades de que sufran un robo en sus casas son mínimas y sin embargo el asunto les produce gran aprensión y ocupan sus mentes mucho más en lo deplorable que eso sería y no tanto en las escasas probabilidades de que les suceda a ellos también. Están conmovidos por el riesgo que presumen correr. Y de igual modo, en lo que concierne a la Venida de Cristo: no diré que debemos estar excitados, o inquietos, ni siquiera obsesionados con la idea, sino que no debemos dejar que la larga demora nos persuada de que no vale la pena vigilar. “Aunque me demore, velad.” Si Él nos lo exhorta como un deber a cumplir, tratemos de imprimir en nuestra imaginación la perspectiva de su Parusía, que no parece que se nos pidiera demasiado. No es duro, claro está, para el alma cristiana: y lo que podemos hacer, hemos de hacerlo.

Esto es lo primero que se nos ocurre sobre este tema, pero la noción nos abre el camino para más ideas. Pues, pónganse a pensar, ¿qué cosa es la propia fe sino la aceptación de cosas invisibles, por amor a ellas, más allá de los límites del cálculo y de la experiencia? La fe supera al razonamiento […]

Ahora bien, lo que es verdad respecto de la fe también lo es respecto de la esperanza. Y si así es, bien se nos puede mandar esperar contra toda esperanza, o estar expectantes ante la Segunda Venida de Cristo, en cierto sentido incluso contra lo que dicta la razón. La noción no es inconsistente con los tratos que en general Dios tiene con los hombres cuando nos manda sentir y actuar como si su Parusía fuese inminente por más que la razón nos indique otra cosa. Si nos exhorta a creer en Él con todo el corazón más allá del grado de evidencia con que contamos para creer que Él nos está hablando, ¿por qué no puede ordenar que lo esperemos perseverantemente, por más que no detectamos señales de su Venida con el consecuente desaliento? Respecto de semejante asunto no podemos decir qué cosa es más probable y qué no; apenas si podemos tratar de hacer lo que se nos manda: podemos dirigir y modelar nuestros sentimientos de acuerdo a su Palabra y dejarle el resto a Él.

Aquí entonces me veo llevado a hacer una observación adicional: que así como es deber nuestro tener presentes ciertas cosas y contemplarlas con mayor empeño que lo que normalmente la razón lo haría por sí sola, del mismo modo, hay otras cosas que tenemos obligación de dejar de lado, de no detenernos en ellas, de no comprender, por más que se nos ponen por delante. Y con todo resulta también evidente que cierta gente podría objetar y decir que resulta imposible no conmoverse y resultar influenciados por sucesos indiscutiblemente reales, así como, según dicen, resulta imposible creer y esperar en cosas que no sabemos de cierto.

Por ejemplo, sabemos que es obligación no ser vanidoso ni sentir orgullo alguno por ser aventajados en uno u otro aspecto. Y con todo, alguien podría objetar: ¿cómo podría evitarlo? Podría decir algo así:

“Si alguien se destaca en algún aspecto, por fuerza tiene que saberlo; resulta absurdo suponer, como regla, que no; pero si lo sabe, ¿cómo puede ser que no se complazca en su propia excelencia y admirarse por ella? La admiración es efecto natural de tener algo excelente ante la vista: si hay quienes se destacan no pueden sino admirarse a sí mismos; y si se destacan, hablando en general, no pueden sino saberlo; y esto, sea en lo que sea que se destacan, sea en su apariencia personal, o en destreza retórica, o en talentos de la inteligencia, o en su personalidad, o de cualquier otro modo.”

Pero ahora, por otra parte, supongo que resulta indiscutible que la Escritura nos dice que no debemos enorgullecernos de ninguna cosa que seamos, de ninguna cosa que hagamos; esto es de no darle cabida a estos sentimientos que, pareciera, son el resultado natural y legítimo de lo que sabemos. ¿Y bien? ¿Qué diremos de esto? ¿Cómo se reconcilian estos opuestos?

Por supuesto, una respuesta sería esta: que después de todo los hombres religiosos en realidad saben cuán defectuosas son sus mejores obras, o los mejores rasgos de su personalidad; o saben cuánto mejores son otros, cuántas son las obras de otros que son mejores que las propias; o tienen conciencia de sus propias deficiencias en otros respectos; o saben cuán poca importancia tienen esos aspectos en que resultan ser superiores a otros. Pero la respuesta no alcanza; porque aquellos aspectos constituyen excelencias, sean notables o no, sean más o menos grandiosas, haya quien se destaque más en tal aspecto o no haya quien pueda competir en la materia. Y aquí yace, me parece, la tentación que sufrimos todos de auto-estima―que en cierto sentido nuestro juicio sobre nosotros mismos no es incorrecto; no que no seamos muy deficientes en muchas cosas, no como si no tuviésemos conciencia de eso, sino que hay en nosotros ciertas virtudes, que son excelentes, y que las sentimos. Y por eso la pregunta del millón es esta: ¿cómo podemos no sentirlas?

A lo mejor se podría sugerir para explicar la humildad de gente religiosa que, más allá de los dones personales con que se hallan adornados, de tal manera están acostumbrados a ese estado de cosas, que ni piensan en el asunto. Desde luego, algo de verdad hay en esto, pero no explica por qué no pensaron en eso ni una sola vez, esto es, cuando al verse tal cual eran, semejante visión no les resultaba tan familiar como luego. Y si lo hicieron podemos dar por descontado que los efectos de su anterior jactancia permanecerá sobre ellos hasta ahora, habiéndose convertido en algo habitual en ellos.

Otra razón y una mucha mejor de por qué la gente religiosa no se enorgullece está en que les disgusta pensar en nada de bueno que pueda haber en ellos e inmediatamente tornan a pensar en otra cosa. Pero hay, me parece, una razón más directa y más conectada con el tema que nos ocupa.

Y es esto: aunque los hombre religiosos cuentan con dones, y aunque lo saben, no caen en la cuenta de eso (“do nos realize it”). No hace falta aquí que explique exactamente qué se quiere decir con esto de “no caer en la cuenta”; todos entendemos la locución lo bastante para mi propósito y confesarán que, por lo menos existe abundantes asuntos en los que los hombres no caen en la cuenta de su significación, aunque debieran. Por ejemplo, con qué insistencia los hombres hablan de la brevedad de esta vida, de su vanidad y de cuán poco provechosa resulta, y qué cosa de poca monta es, comparada con la venidera. De esto oímos hablar a diario, y sin embargo muy pocos actúan en consecuencia. ¿Y por qué? Porque no caen en la cuenta de lo que significa aquello que proclaman tan alegremente. No lo ven a Él que es invisible, ni su Reino.

Pues bien, aquello que los hombres omiten hacer cuando es su deber, entonces por cierto que también pueden hacerlo en los casos en que la omisión es un deber. Gente seria bien puede estar consciente, si es el caso, de cuáles son sus virtudes, sean religiosas, o morales, o lo que sea, pero no las sienten de aquel modo vívido que llamamos “caer en la cuenta”. No abren sus corazones a esa clase de noticia, para que no fructifique. El saber infecundo es cosa desgraciada cuando el saber debiera engendrar frutos; pero es una cosa buena cuando de otro modo sólo actuaría a modo de tentación. Cuando los hombres caen en la cuenta de alguna verdad se convierte en su interior en un principio de influencia y los lleva a una cantidad de consecuencias, tanto en su parecer cuanto en su conducta. Lo mismo sucede si uno cae en la cuenta de sus propios dones personales. Pero la gente superior sabe qué son sin por eso caer en la cuenta de eso. Puede que sepan que cuentan con ciertas excelencias, si acaso las tienen, puede que sepan que en algunos puntos se destacan por su carácter, por sus habilidades o por sus logros; pero eso lo saben con un saber infecundo que deja al alma tal cual estaba. Y pareciera que esto es lo que le otorga una sencillez tan notable a hombres santos, cosa que sorprende tanto a los que los consideran como una especie de paradoja o inconsistencia. Pareciera que esto es lo que le otorga una sencillez tan notable a los hombres santos, cosa que sorprende tanto a los que los consideran como una especie de paradoja o inconsistencia, o incluso, señal de inconsistencia e insinceridad: que las mismas personas que debieran saber tanto sobre sí mismas puedan soportar tanta alabanza, tanta popularidad, tanta deferencia, y sin embargo no por eso se hinchan, ni adquieren arrogancia alguna, ni mucho menos, desprecian por eso a otros. Que puedan hablar de sí, y sin embargo sin afectación alguna, con tanta naturalidad, con tanta candidez infantil y graciosa franqueza […]

Para concluir quiero hacer una observación más con referencia al tema con el que empecé, el deber de esperar la Segunda Venida del Señor. No debe suponerse entonces que esto signifique que uno pueda ser negligente en el cumplimiento de sus deberes en este mundo. Así como resulta posible velar por Cristo a pesar de los razonamientos mundanos en contrario, también resulta posible comprometerse con las tareas mundanas, a pesar de estar vigilantes. Cristo nos ha dicho que cuando Él venga dos hombres estarán en el campo, dos mujeres en el molino, y que uno será tomado y el otro dejado. Ahí ven que el bueno y el malo están igualmente ocupados; tales ocupaciones no tienen por qué interferir con tener el corazón firmemente puesto en Dios, ni tampoco el hecho de que comparta ocupaciones con quienes lo tienen puesto en el mundo. Por el contrario, podemos hacer grandes planes, podemos ocuparnos de nuevos emprendimientos, podemos iniciar grandes proyectos que luego quizá no harán mucho más que empezar; podemos tomar previsiones para el futuro y anticipar en nuestros actos la certeza de siglos por venir y aun así estar expectantes ante la Venida de Cristo. Por cierto, así es como debemos proceder dejando “los tiempos y las estaciones al poder del Padre”. Cuando sea que venga, Él lo interrumpirá todo, y por lo que sabemos nuestros esfuerzos y principios, por más que no sean más que eso, resultan tan necesarios en el curso de su Providencia como lo sería el más exitoso y completo de los emprendimientos. Seguramente terminará con el mundo de manera abrupta sea cuando fuere que aparezca; quebrará los designios y trabajos de sus elegidos, sean los que fueren, y les dará lo que por deber tendían a lograr, aunque no a través de la obra emprendida. Y así como terminará con él, así también comenzó el mundo abruptamente; comenzó el mundo tal como lo vemos, no a partir de sus primeras semillas y elementos, sino que creó inmediatamente la hierba y el frutal perfecto “cuya simiente reside en sí mismo”, no formándolos gradualmente, sino como obra perfecta. Y más abrupto fue cuando desplegó sus milagros estando entre nosotros, cuando hizo nuevas todas las cosas, creando pan, no trigo, para el alimento de cinco mil, cambiando agua, no en un elemento más simple, sino en vino. Y así como comenzó sin comienzo, así también terminará todo sin final; o más bien, todo lo que hacemos―sea lo que fuere―tengamos más o menos tiempo para eso―con todo, nuestras obras, terminadas o en curso, serán aceptables si fueron hechas para Él. Por tanto no hay inconsistencia ninguna entre velar y con todo, trabajar, pues nos es dado trabajar sin poner el corazón en la obra. Será pecado si idolatramos la obra de nuestras manos, si la amamos de tal forma que no podemos soportar la idea de vernos separados de ella. La prueba de nuestra fe estriba en ser capaces de fracasar sin desilusión alguna.

Recemos a Dios para que gobierne nuestros corazones en este respecto, así como en los demás. Que cuando Él aparezca, tengamos confianza y no resultemos avergonzados ante el Rey cuando venga.                        

 * * *

Posteado por: Fray Rabieta | 27 mayo 2010

Newman

Se hace saber que, debido a recientes noticias de público conocimiento, Fray Rabieta ha vuelto a padecer un nuevo ataque de hígado y se encuentra incapacitado de predicar en esta Iglesia de la Santa Cólera. En consecuencia, por disposición de Nuestro Prior, Fray Letal, en la misa del domingo se leerá una homilía del Cardenal Newman.

Fray Disgusto.

Posteado por: Fray Rabieta | 23 mayo 2010

El embudo

Prepárense, y preparémosnos, para una de estas dos cosas:

 la persecución, o la apostasía.

Federico Mihura Seeber

 

No es moroso el Señor en la promesa,

como sostienen algunos pretendiendo que es tardanza;

 sino que tiene paciencia para con nosotros, no queriendo

que algunos perezcan, sino que todos lleguen al arrepentimiento.

Pero el día del Señor vendrá como ladrón.

II Pet. III:9-10  

 

Mirad que vengo pronto.

(Apoc. XXII:7)

Ay, gansos de cuarta:

Difícilmente hallarán un caso entre nosotros de apostasía abierta, apostasía de la fe confesa e incontestable. Los hay, no diré que no, pero no es lo más frecuente. Ni tampoco, insisto, entre nosotros, hallaremos fácilmente casos de una persecución desembozada por confesar la fe―ni mártires, ni nada. Conozco algunos casos de persecución diabólica―a cargo del Cardenal Primado de la Argentina, por caso―pero no es lo más común: casos, por ahora, aislados, no una persecución sistemática y coherente como la que sufrieron los primeros cristianos, o los de la Iglesia del Silencio durante los 70 inicuos años en que de este lado de la cortina de hierro regía la Iglesia de los Sordos.

No, mis estimados pelmazos, todavía no, aún no. Estamos en el tiempo de Laodicea en que predominan los tibios, que es cosa, como bien sabemos, que asquea a Dios, más que otras:

Porque eres tibio, y ni hirviente ni frío, voy a vomitarte de mi boca. (Apoc. III:16).

Probablemente, tibios en el umbral del fin de los tiempos. No es seguro que el final esté cerca, pero todos tenemos esa sensación y algunas signos parecen anticiparlo. Pero no tan rápido, porque, como nos advierte San Pablo: “Primero debe venir la apostasía” (II Tes. II:3). Y si bien algo de eso vemos en la Iglesia de unos cuarenta años a esta parte, en general no ha sido una apostasía formal en la que los apóstatas reniegan abiertamente de Cristo. Algo de eso hay en el aire, cómo no, en tantos obispos y cardenales progres, entre muchos curas y monjas de cotillón, en muchos laicos vendidos al mundo, frívolos, o completamente ignorantes de las exigencias de la fe―pero no, todavía no han apostatado del todo, podrían volver al redil, podrían convertirse a una fe viviente, verdadera, viril.

Y tampoco, como digo, se ha desencadenado entre nosotros, una persecución abierta: nadie pierde el trabajo o es encarcelado o puesto en un manicomio (salvo el pobre cura Poladián) por razón de su fe.

Por ahora. Porque este tiempo en que resulta posible ser tibio, resulta posible ir a misa sin mayores consecuencias, o predicar a Cristo sin que te crucifiquen, se está acabando. Esto, muy señores míos, es un embudo, así está profetizado que sería sobre el final de los tiempos y si se toman el trabajo de mirar un poco al mundo y a la Iglesia no podrán dejar de ver las inequívocas señales de eso. Como lo formula don Federico Mihura en su último libro:

Lo he dicho y estoy convencido de ello: quedan, o están por quedar, a corto plazo, sólo dos caminos: la apostasía o el testimonio. La apostasía será, como lo fue en la persecución romana “sacrificar a los dioses”. Sin duda que estoy hoy se presenta bajo otra versión: pero que es, en el fondo, esencialmente idéntica a aquella. “Sacrificar a los dioses” es, en realidad, la adoración de sistema que en su falaz tolerancia da cabida a todos los dioses y erigen en credo y el “dogma” el indiferentismo por la verdad religiosa. Y el testimonio: que será, hoy como ayer, la confesión de Cristo como Verdad Substancial, y, por eso, la única verdad salvadora para todos aquellos cuya inteligencia no ha quedado estragada por la atmósfera letal del relativismo “ecuménico”.

Es cosa clarísima. Maritain, el muy tontuelo, se jactaba de haber desarrollado su “ley de la ambivalencia de la historia”. Pero, ¡qué descubrimiento, Dios mío! ¡Siempre estuvo en la Escritura! (A lo mejor Maritain nunca terminó de leer la Biblia):

El inicuo siga en su iniquidad, y el sucio ensúciese más; el justo obre más justicia, y el santo santifíquese más. (Apoc. XXII:11).

Ahí estamos, estimados floripondios, ahí estamos. Y sí señor, esto tiene forma de embudo: cada vez hay menos juego para la tibieza, los tibios se verán obligados a dar testimonio, en serio, de Cristo, o sino de apostatar formalmente: se acaba el tiempo de las medias tintas. En ese tiempo se nos permitió ser cristianos a medias, juguetear con el mundo y sus intolerables ideas y así nació una legión inmensa de cristianos usureros, cristianos macaneadores, cristianos fofos, cristianos maricones, cristianos budistas, cristianos marxistas y cristianos liberales. Pero se les termina el tiempo: va quedando menos y menos espacio para los cristianos de letrerito, para los beatones supersticiosos, para los curitas cancheros y para los obispos mundanos a lo Laguna, a lo Arancibia, a lo Bergollo. Tendrán que dar testimonio o apostatar, y proyectando las líneas de fuerza, no lo veo a Bergollo dando testimonio de Cristo al precio de… de nada. Enredado en sus estúpidas peleas por el poder, en sus inmundos negocios clericales, en sus curiosas cabriolas canonistas y ridículas alocuciones sobre la paz del mundo, el optimismo de la juventud y los orcos de Cromagnon… no se ve cómo sería capaz, llegada la hora, de hacer honor a sus vestidos colorados y confesar, sencilla, franca y virilmente a Cristo Nuestro Señor. Como lo advierte, severamente el Apóstol:

El Espíritu dice claramente que en tiempos posteriores habrá quienes apostatarán de la fe, prestando oídos a espíritus de engaño y a doctrinas de demonios. (I Tim. IV:4).

 Pero todavía queda algo de tiempo, algo de tiempo hay.

Señores, pongan las barbas en remojo. Pónganse los pantalones. Y recuerden las palabras del Primer Papa:

En los últimos días vendrán impostores burlones que, mientras viven según sus propias concupiscencias, dirán: “¿Dónde está la promesa de su Parusía?” (II Pet. III:3).

¿No estamos en los últimos días o cerca? ¿Creen que no? Yo, por mi parte, creo que sí. Y que no se cincelaron aquellas palabras del Apocalipsis de balde, en vano. Es más, quiero esculpirlas en mi corazón, a ver si, llegada la hora, puedo hacer un buen papel (aunque, les confieso paladinamente, tengo un poco de miedo, qué le voy a hacer):

Bienaventurado el que lee y los que escuchan las palabras de esta profecía y guardan las cosas en ella escrita…

¿Bienaventurado el que lee…?

¿Y los que escuchan…?

¿Y guardan estas palabras?

¿Por qué, Dios mío, por qué?

Porque el momento está cerca. (Apoc. I:3).  

 

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