Posteado por: Fray Rabieta | 11 julio 2010

Newman: antecesor de Vaticano II.

Psicología (avant la lèttre) de los progresistas

Era un varón bueno y lleno del Espíritu Santo y de fe.

Hechos, XI:24

Mis queridos hermanos:

Cuando Cristo se hizo de un pueblo para sí, eligió a todo tipo de gente. Las rutas y las cercas, las calles y los senderos de las ciudades suministraron invitados a su cena, así como también lo hicieron el desierto de Judea y la corte del Templo. Sus primeros seguidores son típicos de la Iglesia en general, en los que se encuentran muchas y variopintas personalidades, distintos tipos humanos que se entienden perfectamente entre sí. Y aquí encontramos una utilidad, entre varias, de nuestras fiestas―siempre que nos aprovechemos de su celebración: nos pone delante las diferentes formas que adquiere la Vida divina bajo la misma diversidad de circunstancias exteriores, ventajas y disposiciones que hallamos a nuestro alrededor. La gracia especial dispensada a los apóstoles y a sus asociados, sea de tipo milagroso o moral, en modo alguno destruía las respectivas peculiaridades de sus temperamentos o carácter, ni tampoco los revistió de una santidad que excediera nuestro poder de imitación, así como no excluía sus faltas y errores que bien pueden servirnos de advertencia. Los dejaba tal como los encontraba―hombres. Pedro y Juan, por ejemplo, los sencillos pescadores del lago de Genesareth, Simón el Zelote, Mateo el empeñoso recaudador de impuestos y el ascético Bautista, cuán diferentes son―en primer lugar, entre sí―y luego, si los comparamos con Apolo el elocuente alejandrino, Pablo el erudito fariseo, Lucas el médico, o los Reyes Magos, los sabios que acudieron desde el Oriente a celebrar la fiesta de la Epifanía; y nuevamente, cuán diferentes son éstos de la Santísima Virgen María, o de los santos inocentes, o del anciano Simeón y de la profetisa Ana que se nos presentan cuando la fiesta de la Purificación, o las mujeres que asistían al Señor, María, la mujer de Cleofás, la madre de Santiago y de Juan, María Magdalena, Marta y María, las hermanas de Lázaro; o por poner más ejemplos, la viuda con sus dos óbolos, la hemorroísa cuyo sangrado fue detenido, distintos todos de aquella que derramaba lágrimas de penitencia a sus pies, y de la ignorante samaritana en el pozo de Jacob. Más todavía, la precisión con que se caracteriza a las distintas personalidades y la evidente verdad que se desprende de los retratos que pintan los evangelios nos sirve para darnos cuenta de cómo fueron realmente los hechos, además de fortalecer nuestra fe, a la par que se nos suministran abundantes enseñanzas. Así, por ejemplo, es el ardor inmaduro de Santiago y Juan, la repentina caída de Pedro, la obstinación de Tomás y la cobardía de Marcos. A su modo, San Bernabé también nos enseña hoy una lección; ni se me hallará falto de devoción por este santo apóstol si hoy lo tomo como modelo, no sólo por razón de las particulares gracias de su personalidad, sino si me detengo también en los rasgos que se advierten en él que pueden servirnos de advertencia, no de ejemplo.

El texto dice que era “un varón bueno y lleno de Espíritu Santo y de fe.” Esta alabanza por su bondad se explica por su nombre mismo, Bernabé, “el Hijo de la Consolación”, que aparentemente se le dio para destacar sus virtudes de benevolencia, mansedumbre, consideración, cordialidad, compasión y generosidad.

Su conducta responde a esta descripción. Lo primero que oímos sobre él es a propósito de la venta de un terreno que era suyo, cómo le dio su producido a los Apóstoles para que lo distribuyesen entre los hermanos más pobres. La siguiente noticia que tenemos de él constituye una segunda prueba de su bondad, que pone en evidencia la amabilidad de su carácter, bien que constituye un episodio más bien privado. “Cuando Saúl llegó a Jerusalén, procuraba juntarse con los discípulos, más todos recelaban de él, porque no creían que fuese discípulo. Entonces lo tomó Bernabé y lo condujo a los apóstoles, contándoles cómo en el camino había visto al Señor y que Éste le había hablado y cómo en Damasco había predicado con valentía en el nombre de Jesús” (Hechos. IX:26-27). Luego se lo menciona en el texto y todavía en son de alabanza de igual tenor. ¿Cómo había demostrado que “era un varón bueno”? Pues, cumpliendo con una misión de caridad entre los conversos de Antioquía. Bernabé, por encima de los demás, fue ensalzado por la Iglesia a propósito de su tarea con miras a la unidad y al fortalecimiento de los vínculos entre los depositarios de los incipientes frutos de la gracia. “Llegado allá, y viendo la gracia de Dios, se llenó de gozo, y exhortaba a todos a perseverar en el Señor según se lo habían propuesto en su corazón” (Hechos, XI:23). Tan es así que bien puede considerárselo fundador de la Iglesia de Antioquía, con el auxilio de San Pablo, al que logró atraer a esa ciudad. Más adelante, en ocasión de la amenaza de una hambruna, se le junta San Pablo en la tarea de administrar la generosidad de los gentiles hacia los pobres santos de Judea. Y luego, cuando los cristianos judaizantes perturbaban a los conversos gentiles con los preceptos mosaicos, Bernabé fue enviado con el mismo Apóstol y otros a la Iglesia de Jerusalén para calmar sus escrúpulos. Así, según las Escrituras, la historia de Bernabé no hace sino dar razón de su nombre, y apenas si es algo más que una continua ejemplificación de su gracia característica. Más todavía: notemos la fuerza particular de ese nombre. El Espíritu Santo es llamado nuestro Paráclito, como que nos asiste, encarece, alienta y consuela; ahora bien, como si se tratara de conferir al apóstol el más alto honor, el mismo vocablo se le aplica a él. Es llamado “el Hijo de la Consolación” o Paráclito; y de conformidad con este honorable título, se nos dice que cuando los conversos gentiles de Antioquía recibieron de mano suya y de San Pablo la epístola comunicando el laudo de los Apóstoles en contra de los judaizantes, “hubo regocijo por el consuelo que les llevaba” (Hechos XV:31).

Por otra parte, en dos ocasiones su comportamiento a duras penas se compadece con la de un apóstol, sino más bien como casos de aquella debilidad que frecuentemente aparece en personas de su particular carácter cuando no se hallan inspirados. Ambos casos son instancias de indulgencia con las faltas de otros, y sin embargo, de manera diversa; en el primer caso, hubo de su parte un cierto facilismo, una cierta laxitud en materia de doctrina; en el segundo, se trató de una cuestión de conducta. A pesar de toda su ternura respecto de los gentiles, sin embargo en una oportunidad no pudo resistir la tentación de contemporizar indulgentemente con algunos hermanos judaizantes que habían venido a Antioquía procedentes de Jerusalén. Al principio, Pedro también se dejó llevar; en efecto, antes de que llegaran éstos “comía con los gentiles; mas cuando llegaron aquéllos se retraía y se apartaba, por temor a los que eran de la circuncisión. Y los otros judíos incurrieron con él en la misma hipocresía, tanto que incluso Bernabé se dejó arrastrar por la simulación de ellos.” (Gál. II:12-13). El otro ejemplo fue cuando trató con excesiva indulgencia a Marcos, el hijo de su hermana, lo que dio lugar a una disputa con San Pablo: Bernabé quería llevarlo consigo en su viaje apostólico, “pero Pablo opinaba que no, pues se había separado de ellos desde Panfilia y no había seguido en el trabajo” (Hechos, XV:37-38).

¿Y bien? Queda perfectamente en claro cómo era el carácter de Bernabé y qué clase de lección se nos suministra con la historia de este santo apóstol. Santo era, lleno del Espíritu Santo y de fe; y con todo, las características y debilidades del hombre permanecían con él, y así constituye para nosotros un ejemplo consistente con la reverencia que sentimos hacia él, uno de los pilares de la Iglesia cristiana. Pero también es un ejemplo de advertencia para nosotros, no sólo en cuanto nos muestra cómo hemos de comportarnos, sino también en la medida en que se pone en evidencia cómo los más altos dones y gracias pueden verse corrompidos por nuestra naturaleza pecaminosa, si no extremamos, paso a paso y en consonancia con la luz de los mandamientos de Dios, la diligencia debida. Por mucho que nuestras almas tuvieren de celestiales, por mucho que amemos sumamente, fuéramos en extremo celosos, nos mostrásemos notablemente enérgicos y llenos de paz, sin embargo, si nos distraemos y dejamos de mirarlo a Él por un momento, para mirarnos a nosotros mismos, inmediatamente éstas nuestras excelentes personalidades caen en algún extremo o error. La caridad se transforma en excesiva indulgencia, la santidad se ve manchada con orgullo espiritual, el celo degenera en ferocidad, la actividad deglute el espíritu de oración, la esperanza se eleva hasta convertirse en presunción. No podemos guiarnos a nosotros mismos. La palabra de Dios revelada constituye nuestra regla de conducta soberana; y es por esto, entre tantas otras razones, que la fe es gracia tan principal, pues es el poder regente que recibe los mandatos de Cristo y los aplica al corazón.

Y en los días que corren hay razón muy señalada para detenernos en la personalidad de San Bernabé puesto que bien puede considerárselo como el tipo de los mejores hombres de entre nuestros contemporáneos, como que son los que gozan de más estima. Ciertamente, el mundo sigue siendo lo que ha sido siempre, un mundo sin Dios; pero en cada época elige uno u otro rasgo en particular del Evangelio para ponerlo de moda por un tiempo determinado ensalzando como objeto de admiración a aquellos que lo poseen en grado eminente. Por tanto, sin preguntarnos hasta qué punto los hombres actúan en respuesta a principios cristianos, o sólo por afán de emulación o por alguna razón puramente mundana y egoísta, con todo, por cierto que esta época, por lo menos en lo que a las apariencias se refiere, bien puede retratarse como de un carácter no enteramente distinto al de Bernabé―como siendo considerado, delicado, cortés y generoso en todo lo concerniente al trato de los hombres entre sí. Entre nosotros frecuentemente hallamos una notable dosis de considerada benevolencia, un espíritu de concesión en asuntos menores, de hablar con escrupulosa propiedad, y se recomienda una especie de código de liberalidad y honor para la conducta en sociedad. Existe una constante preocupación por los derechos de los individuos, más todavía (como uno confiadamente querría esperar pese a cierto recelos), por el interés de las clases más pobres, por el forastero, por los huérfanos y la viuda. Después de todo, en un país como el nuestro, por fuerza siempre habrá innumerables casos de desgracia; pero con todo, en las clases más adineradas existe indudablemente cierta ansiedad por aliviarlos. Por tanto, en este registro nadie pondrá en duda que nos hallamos algo inclinados a contemplarnos favorablemente; y decir, en medio de nuestras pruebas y temores nacionales (y eso, a veces con real modestia y piedad), que confiamos en que se les permita a estas virtudes características de la época comparecer ante Dios como un atenuante que medie a nuestro favor. Cuando pensamos en los mandamientos, sabemos que la Caridad es el primero y el más grande; y nos vemos tentados a preguntarnos con el joven rico, “¿qué me falta aún?” (Mt. XIX:20).

A modo de respuesta, me pregunto entonces, ¿acaso nuestra benevolencia no degenera demasiadas veces en debilidad de tal modo que ya no se trata de caridad cristiana sino precisamente de falta de caridad, según lo que el caso exige? ¿Por ventura somos lo suficientemente escrupulosos en hacer lo que está bien y corresponde por justicia, antes de lo que nos resulta placentero? ¿Entendemos claramente cuáles son los principios que profesamos y nos dejamos regir por ellos cuando somos tentados?

La historia de San Bernabé nos ayudará a contestar la pregunta correctamente. Pues bien, mucho me temo que carecemos enteramente de lo que él careció en ciertas circunstancias, esto es, firmeza, virilidad, religiosa severidad. Temo que debemos confesar que nuestra benevolencia, en lugar de verse regida y fortalecida por principios, demasiado a menudo se convierte en una cosa lánguida e insignificante; que se ejerce sobre objetos impropios, imprudentemente, y así resulta falta de caridad de dos modos: uno, por indulgentes con quienes deberían ser recriminados, y, dos, por preferir su consuelo que no el de los que realmente lo merecen. Nos pasamos de tiernos al tratar con el pecado y con los pecadores. Nos revelamos deficientes en la celosa custodia de las verdades reveladas que Cristo nos legó. Permitimos que los hombres hablen contra la Iglesia, sus preceptos, o sus enseñanzas sin decir ni mú. No nos apartamos de los herejes―peor todavía, objetamos la palabra misma como si fuera contraria a la caridad; y cuando textos como los de San Juan se aducen contra nosotros tales como aquel que manda no mostrarles hospitalidad ninguna, no tardamos en contestar que no resultan aplicables a nuestro caso. Ahora bien, apenas si puedo suponer que alguno en serio pueda decir que estos mandamientos ya no rigen para este tiempo quedándose lo más pancho con eso; más bien hallaréis que los que hablan así sólo quieren que se cambie de tema. Durante mucho tiempo han olvidado la existencia misma de estos mandamientos en la Escritura; han vivido como si no estuvieran allí, y no habiéndose hallado en circunstancias en que se les haya llamado la atención sobre estas otras advertencias e instrucciones para que las consideren, en esta materia han logrado familiarizar sus mentes con perspectivas enteramente contrarias a las del Evangelio y sobre esa base han construido sus opiniones sobre el particular. Y cuando se les recuerda qué se dice allí, lamentan tener que considerarlo, como tal vez lo confiesen. Se dan cuenta que todo aquello interfiere con la línea de comportamiento que han adoptado y a la cual se han acostumbrado. Están molestos, no porque admiten que están equivocados, sino porque están conscientes como de una sensación de que se ha formulado un argumento plausible (por decir lo menos) que puede aducirse en su contra. Y en lugar de animarse a darle a este argumento la posibilidad de una formulación justa, como honestamente debieran, se apresuran a satisfacerse con que hay objeciones y alternativas de interpretación que pueden montarse en su contra, recurren a vagos términos de desaprobación contra los que así se expresan, recurriendo a sus opiniones consuetudinarias, deteniéndose en su propio parecer de que el Evangelio está atravesado de tomo a lomo por un espíritu indulgente y benévolo, etc., para luego dar de mano enteramente con el tema como si nunca se hubiese tratado.

Observad cómo se libran del tema que aquí nos ocupa; se trata de confrontarlo con otros puntos de vista que también pertenecen al cristianismo y que parecen incompatibles con esto.

Y en verdad, este es el problema central para todo cristiano, cuyo deber precisamente consiste en resolver cómo reconciliar en su conducta virtudes opuestas. En términos comparativos no resulta difícil cultivar virtudes singulares. Uno adopta una visión parcial de su deber, sea severo o benévolo, de acción o de contemplación: se mete en eso de lleno, con toda su fuerza, abre su corazón a esa influencia y luego se deja llevar por la corriente. No es tan difícil: no requiere una empeñosa vigilancia ni apareja la negación de sí mismo. Al contrario, a menudo hay un cierto placer en dejarse llevar por la correntada en una sola dirección; sobre todo en asuntos de dar y conceder. La liberalidad siempre resulta popular, no importa quién es el beneficiario, y excita una aureola de placer y de auto-aprobación en el dador por más que no implique sacrificio alguno o que, incluso, se haga con el patrimonio de otros. Así en la sagrada región de la religión, los hombres se ven sutilmente inducidos―no por seguir principios erróneos, ni tampoco por razón de una aversión absoluta o ignorancia de la Verdad, o aquella otra auto-complacencia que constituyen los instrumentos principales de Satán hoy en día, ni tampoco de puro cobardes o mundanos, sino por irreflexivos, un temperamento optimista, la diversión del momento, el gusto de hacer a otros felices, una susceptibilidad al halago y la costumbre de mirarlo todo unívocamente―se ven, digo, inducidos a renunciar a ciertas Verdades del Evangelio, consienten en abrir las puertas de la Iglesia a varias denominaciones erróneas que abundan a nuestro alrededor, o alteran nuestros Oficios para contentar al que se mofa, al tibio, o al mundano. Ser benévolos constituye su único principio de acción; y cuando encuentran que alguno se ofende por algún artículo de fe de la Iglesia, comienzan a pensar cómo podrían modificar o menoscabarlo bajo la influencia del mismo tipo de sentimiento que los inclina a ser generosos cuando de dinero se trata, o de acomodarse al otro a costa de la propia comodidad. No entienden que entre sus privilegios religiosos se cuenta un depósito de verdades que han recibido en confianza, una sagrada herencia legada a la familia cristiana, de la que más bien disfrutan para su administración que no para poseer, y entonces se muestran pródigos con él y actúan libérrimamente a su respecto por el bien de otros. Así, por ejemplo, hablan contra los Anatemas del Credo Atanasiano o el oficio de Conminación, [3] o contra ciertos salmos, y desean deshacerse de todo eso.

Indudablemente, aun los mejores tipos de esta clase resultan deficientes en su apreciación de los misterios cristianos y descuidan su responsabilidad de preservarlos y transmitirlos; y sin embargo, algunos de ellos son tan incontestablemente gente “buena”, tan amables y considerados, tan benévolos con los pobres, de tanta reputación en todas las clases sociales, brevemente, con fama de realizar de modo tan excelente la misión de brillar como luces en el mundo, y ser testigos de Aquel que “pasó haciendo el bien” (Hechos, X:38), que incluso quiénes deploran sus falencias se verán muy inclinados a excusarlos personalmente por mucho que se sientan obligados a confrontarlos. A veces puede darse el caso de que esta gente no puede avenirse a pensar mal de los demás; y le brindan hospitalidad a herejes o a gente de mala vida siguiendo un talante que los haría muy eficaces para los asuntos mundanos que apreciaría semejante astucia.

A veces se aferran a ciertos aspectos positivos de la personalidad de alguno a quien debieran recriminar por razón de otras faltas que no se animan a señalar: argumentan que como se trata de una persona piadosa y bien intencionada y que claramente sus errores no hacen daño, pueden dispensarse de hacerlo―siendo que toda la cuestión no gira en torno a si le hacen mal a sí mismos o a otros, sino si en efecto son errores; y más todavía, si acaso les consta que no resultan nocivos para la mayoría de los hombres. O no soportan lastimar a otro expresando su desaprobación, por más que el reproche pueda ser ocasión de que “su alma resulte salvada en el día del Señor”. O a lo mejor en su consideración de la cosa les falta cierta agudeza en su percepción intelectual de las pésimas consecuencias en el plano moral que se siguen de ciertas opiniones en el plano especulativo; e ignorando su propia ignorancia en la materia como para dar de mano con su propio juicio y careciendo de fe bastante para asentir a la palabra de Dios, o a la decisión de Su Iglesia, se hacen reos de grave responsabilidad. O quizá se escudan detrás de alguna noción confusa con que se han contaminado acerca del peculiar carácter de su Iglesia, argumentando que pertenecen a una Iglesia tolerante, que no sólo quieren ser consistentes con eso sino que además está muy bien que sus miembros sean tolerantes, y que sólo están dando ejemplo con su conducta cuando tratan con indulgencia a quiénes se muestran laxos en su comportamiento o creencias. Ahora bien, si con tolerancia de nuestra Iglesia se quiere significar que no homologa el uso del fuego y la espada contra quienes se separan de ella, en esa medida en verdad es una Iglesia tolerante; pero eso no quiere decir que la Iglesia tolere el error como lo atestiguan esos mismo formularios que esta gente quiere remover; y si retiene en su seno intelectos soberbios, corazones fríos y gente de avería y dispensa sus bendiciones sobre los incrédulos o sobre los que no merecen formar parte de Ella, esto se debe a otras razones―pero por cierto que eso no procede de sus principios; de otro modo se haría culpable del pecado de Helí, cosa que resulta inimaginable (I Reyes, II:29).

Así es el defecto psicológico que nos resulta sugerido por las imperfecciones registradas en la conducta de San Bernabé. Se comprenderá mejor contrastándolo con San Juan. No podemos comparar buena gente confrontando sus excelencias; pero fuere uno u otro de entre los Apóstoles que abundó más en espíritu de amor, todos sabemos que difícilmente habrá quién en esto le gane al Discípulo Amado. Su epístola general está repleta de exhortaciones encareciendo aquel bendito talante, y su nombre se halla asociado en nuestras espíritus con tales disposiciones celestiales más próximamente conectadas con la caridad que lo caracterizaba, con su inclinación contemplativa, serenidad de alma, claridad en la fe. Ahora, ved en qué se distinguía de Bernabé; en unir la caridad con una firme perseverancia en “la verdad tal como está en Jesús” (I Juan V:20). Tan lejos se encontraba su fervor y la exuberancia de su caridad de interferir con su celo por Dios, que, por el contrario, cuanto más amaba a los hombres, más deseaba ponerles delante las grandes Verdades Inmutables a las que debían someterse si deseaban ver la vida, y ante las cuales, por una débil indulgencia, cerraban los ojos. Amaba a sus hermanos, pero los “amaba en la verdad” (III Juan, 1). Los amaba en razón de la Verdad viviente que los había redimido, por la Verdad que estaba en ellos, por la Verdad que era la medida de sus logros espirituales. Amaba tan honestamente a la Iglesia que se mostraba severo con los que la perturbaban. Amaba al mundo con tanta sabiduría que en su seno mismo predicaba la Verdad; ahora, si los hombres la rechazaban, no los amaba tan desordenadamente como para olvidar la supremacía de la Verdad, como que era la Palabra de Aquel que está por encima de todo. Que no se olvide nunca, pues, cuando recordamos a este santo apóstol, a este profeta tan poco mundano que se alimentaba de visiones y voces del mundo de los espíritus y que dirigía su mirada hacia los cielos día tras día esperando a Aquel que una vez había visto en carne, que es él quién nos manda rehuir a los herejes, mediante medios violentos o no, según la época, sin embargo siempre con (lo que ahora los hombres llamarían) extrema severidad. Y que este mandamiento suyo está en perfecta consonancia con las temibles descripciones de las que nos da parte en sus otros inspirados escritos sobre la Presencia, la Ley y los Juicios de Dios Todopoderoso. ¿Quién pondrá en duda que el Apocalipsis, desde el principio hasta el final, es un libro que inspira tremendo temor? Me animaría a decir, el más temible de los libros de la Escritura, lleno de referencias a la ira de Dios. Y con todo, fue escrito por el apóstol del amor. Entonces resulta posible que un hombre pueda ser a la vez tan caritativo como Bernabé y sin embargo a la vez tan celoso como Pablo. Ser estricto y tierno no resultaban contradictorios en el corazón del Discípulo Amado; por más que en su manifestación diferían, encontraban su perfecta unión en la gracia de la caridad que es el cumplimiento de toda la Ley.

¡Cómo querría yo contemplar la perspectiva siquiera de que entre nosotros surgiera esta dosis de celo unida a una santa severidad, cosa que templara y le diera carácter a la lánguida e insignificante benevolencia que nosotros los cristianos mal damos en llamar amor! No abrigo esperanza alguna para mi país mientras no lo vea. Entre nosotros se hallarán muchas escuelas de Religión y de Ética y todas profesan magnificar de una manera u otra lo que consideran el principio supremo de la caridad; pero de lo que carecen es de una firme constancia en mantener contra viento y marea aquel rasgo de la Naturaleza Divina, que, acomodándose a nuestra debilidad, es llamada por San Juan y sus hermanos, la ira de Dios. No se deje pasar esto. Hay hombres que se hacen abogados de la Prudencia; éstos, en la medida en que conservan alguna traza de religiosidad, disuelven toda la conciencia en un solo instinto de mera benevolencia y refieren todos sus tratos con la Providencia y sus creaturas a ése y a ése único Atributo, esto que dan en llamar amor. De aquí que consideran todo castigo como medicinal, un medio para un fin, niegan que las penas que amenazan a los pecadores puedan durar eternamente, y dan de mano con la doctrina de la Reparación. Hay otros que hacen de la religión un mero ejercicio de vivos sentimientos; y estos también consideran a su Dios y Salvador, por lo menos en cuanto les concierne, solamente como un Dios de amor. Ellos mismos creen que se convierten del pecado a la justicia por causa de la mera manifestación de aquel amor en sus almas, que los lleva hasta Él; e imaginan que ese mismo amor, inamisible ante cualquier posible transgresión de su parte, seguramente llevará a todos los hombres así elegidos a su triunfo final. Más todavía, dando por sentado que el Cristo ya ha hecho cuanto fuere necesario para su salvación, no creen necesario un cambio moral de su parte; o más bien, consideran que la Visión del amor así revelado trabaja en ellos espontáneamente; en ambos caso dispensándose de todo esfuerzo laborioso, todo aquello de trabajar “con temor y temblor”, todo eso de negarse a sí mismo y “trabajar por su propia salvación” (Filipenses II:12), y lo que es peor aun, considerando todo eso con suspicacia, como conduciendo a una supuesta presunción y orgullo espiritual. Una vez más, los hay de un talante místico, con imaginación e intelectos sutiles sin tiento alguno, que siguen las teorías de la vieja filosofía gentilicia. Estos también, se acostumbraron a hacer del amor el único principio de la vida y de la providencia en los cielos y en la tierra, como si fuere el Espíritu que satura al mundo, que encuentra simpatía en cada corazón, que todo lo absorbe en Sí mismo atizando un gozo encendido en todos los que lo contemplan. Se quedan en sus casas especulando y separan la perfección moral de la acción. Éstos sostienen, o están en camino de sostener, que el alma humana es pura por naturaleza; que el pecado es un principio externo que la corrompe; que el mal está finalmente destinado a su aniquilación; que se llega a la Verdad con la imaginación; que la conciencia es cuestión de gustos; que la santidad una contemplación pasiva de Dios; y que la obediencia sólo se obra por gusto. Resulta difícil discernir con precisión entre estas tres escuelas de opinión sin recurrir a las mismas inapropiadas palabras con las que estamos tan familiarizados; y con todo, bastante ya he dicho para los que quieran continuar investigando este tema. Que se observe, pues, que estos tres sistemas, por mucho que difieran entre sí en sus principios y espíritu, con todo siempre están de acuerdo en una cosa, esto es, en pasar por alto que el Dios de los cristianos es representado en la Escritura, no sólo como un Dios de amor, sino también como “un fuego devorador” (Hebreos XII:29). Como rechazan el testimonio de la Escritura, no es de extrañar que también rechacen el de la conciencia que por cierto anticipa males para el pecador pero que, como sostiene el religioso reduccionista, en modo alguno constituye la voz de Dios―o si lo es, se trata de una mera benevolencia de su parte, de conformidad con el principio de Utilidad―, o, según el juicio de los tipos más místicos, sólo se trata de una especie de pasión por lo bello y sublime. Así, contemplando sólo “la bondad” y no “la severidad de Dios” (Rom. XI:22), no es de extrañar que relajen sus riñones y se vuelven afeminados; no es de extrañar que su noción de una Iglesia perfecta e ideal, es una Iglesia que deja que cada cual siga su camino, que renuncia a todo derecho a pronunciarse, y mucho menos a infligir una censura poniendo en evidencia un error en materia religiosa.

Lo cual no quiere decir que aquellos que se creen, y creen que otros, corren el riesgo de una maldición divina, no tengan que ser indulgentes. Aquí pues es la necesidad del día presente y por esto debemos rezar: que venga sobre nosotros una reforma con el espíritu y el poder de Elías. Así, debemos rezarle a Dios que reviva su trabajo en medio de los años; que nos envíe una severa Disciplina, la Orden de San Pablo y de San Juan, que se nos hable “por amor de la verdad” (II Juan, 2)―que venga un Testigo de Cristo “penetrado del temor del Señor” (II Cor. V:11), uno que viene de contemplar la presencia de Aquel cuya “cabeza y sus cabellos eran blancos como la lana blanca, como la nieve; sus ojos como llama de fuego… y de su boca salía una espada aguda de dos filos” (Apoc. I: 14, 16)―un Testigo que no se amilana y proclama Su ira, como rasgo real de Su naturaleza gloriosa, bien que, por condescendencia con nosotros, la exprese en términos humanos, proclamando la estrechez del camino de la vida, la dificultad de alcanzar el cielo, el peligro de las riquezas, la necesidad de tomar la cruz, la excelencia y belleza de negarse a sí mismo y de la austeridad de vida, los peligros que hay en no creer en la Fe Católica, y el deber que tenemos de defenderla celosamente. Sólo así las noticias de misericordia bajarán con fuerza sobre las almas de los hombres con un poder compulsivo y una impresionante fuerza vinculante―cuando la esperanza y el temor vengan de la mano. Sólo entonces los cristianos tendrán éxito en sus batallas, “acreditándose como varones”, conquistando y gobernando la furia del mundo, y manteniendo a la Iglesia inmaculada y poderosa: cuando sujeten sus sentimientos mediante una severa disciplina y se muestran amantes en medio de la firmeza, el rigor y la santidad. Sólo entonces podemos prosperar los cristianos (bajo las bendiciones y gracia de Aquel que es el Espíritu tanto del amor como de la verdad), cuando se nos conceda el corazón de Pablo, para hacerle frente incluso a Pedro y a Bernabé si alguna vez se los ve ganados por sentimientos puramente humanos, de ahora en más “sin conocer a nadie según la carne” (II Cor. V:16), rechazando de nuestra presencia al hijo de nuestra hermana, o incluso a un familiar más próximo, negándonos a verlos, dando de mano con la esperanza puesta en ellos y el cariño que le profesábamos si Él así lo manda, Él, que suscita amigos incluso para los solitarios con tal de que confíen en Él, dándonos en su Casa rodeada de sus Murallas “valor y nombre, mejor que hijos e hijas”. En efecto, entonces nos dará “un nombre eterno que nunca perecerá (Is. LVI: 5).                          

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