Posteado por: Fray Rabieta | 27 mayo 2010

Cristo no vuelve más

Homilía pronunciada por Juan Enrique Cardenal Newman

Queridos hermanos:

Se puede hacer la pregunta: ¿cómo puede resultar posible vivir como si la Segunda de Venida de Cristo fuera inminente cuando nuestra razón nos indica que probablemente falta mucho? Podría objetarse que no hay más razones para esperarla ahora que durante los últimos dieciocho siglos; que si su larga ausencia constituye una razón para esperarla ahora, sin embargo la promesa de Cristo de que volvería pronto constituía una razón para esperarla en tiempos primitivos y que si se verificó que esa no era razón bastante, lo mismo se aplica a esta. Que si a pesar de su promesa de que volvería pronto se ha demorado tanto, bien puede ser que se demore aún más; que ninguna señal de la Parusía podría ser más grande que lo ocurrido ni bien partió. Que, por cierto, no disponemos de tales señales en los días que corren―más todavía, que durante los primeros setecientos años, y nuevamente alrededor del año 1.000 y más tarde, hubo muchas más señales de que Cristo volvería entonces que las que hay hoy en día―más desorden en las naciones, más desastres, más pestes, más terror. Podría decirse que no podemos esperar, y temer y estar expectantes como se nos manda, siempre que no contemos con razones para eso. Y que si nos vemos persuadidos, según un juicio ponderado de las cosas, de que la Parusía de Cristo no parece inminente ni probable, no podemos obligarnos a sentirla como probable.

Ahora bien, al considerar esta objeción, cosa que haré, puede que tenga la oportunidad de dejar establecido un gran principio que, debidamente entendido, hace que cumplamos con el deber cristiano: la sujeción de la mente entera a la ley de Dios.

Por tanto, niego que nuestros sentimientos e inclinaciones son regidas sólo por lo que comúnmente llamamos la razón. Que, al contrario, nada resulta más común que oír decir que la razón va para un lado y nuestros deseos para el otro. No hay nada imposible entonces en aprender a vigilar por el día de la Segunda Venida de Cristo con toda atención sin que necesariamente fundemos su probabilidad en un juicio de razón. Así como la razón puede ser hasta un cierto punto un guía correcto para nuestros sentimientos y gustos, también hay casos en que no puede guiarnos por razón de su debilidad. Y así como no resulta imposible para los pecadores e irreligiosos que se deleiten con cosas que su razón les dice que no deberían gustarles, así también no resulta imposible para los de talante religioso desear, esperar y estar expectantes de aquello que su razón no alcanza a aprobar ni a aceptar. ¿Qué cosa más común que oír decir “Amo a esta persona más que lo que la respeto”, o “Más que quererlo, lo admiro”? O, de otro modo, sabemos cuán fácil nos resulta abrir la mente a la influencia de algún sentimiento o emoción, y cuán difícil resulta sustraernos a esa influencia: cuán difícil es deshacerse de un pensamiento por más que la razón así nos lo indica: pese a eso, con pertinacia vuelve y vuelve sobre nosotros una y otra vez; cuán difícil es restringir sentimientos de cólera, de temor, o de otra pasión, aun cuando la razón nos dice que lo hagamos. Resulta entonces perfectamente posible tener presentes sentimientos y pensamientos de manera que nuestra razón juzga desmesurados. O, por poner otro ejemplo. Sabemos cómo a veces la mente se detiene de manera completamente irrazonable sobre una posibilidad remotísima y eso muchas veces errando peligrosamente. Una cantidad de cosas pueden pasar, una tal vez tan probable como la otra; y sin embargo, por razón de una salud deteriorada, o por razón de alguna conmoción, a menudo sucede que no podemos dejar de pensar desproporcionadamente sobre uno de estos acontecimientos posibles de tal modo que terminamos indebidamente ansiosos, no fuera a suceder. Así, si pasa algo horrible, un incendio, o un asesinato, o un accidente terrible, la gente se asusta pensando que les puede pasar a ellos también, y se turban de manera excesiva si se considera la cosa desapasionadamente con un simple cálculo de probabilidades. Su imaginación magnifica el peligro; no pueden convencerse de considerar las cosas con calma y según el curso normal de las cosas. Fijan su pensamiento en una posibilidad en particular de manera perfectamente contraria a lo que sugiere la razón. Así es que, lejos de que nuestros sentimientos se vean movidos por un estricto cálculo de probabilidades, más bien parece que lo contrario es la regla. Entonces, lo que Dios Todopoderoso exige de nosotros es que hagamos precisamente eso―referido a un asunto en particular―porque Él así lo manda, eso que tan comúnmente hacemos, indulgentes como somos con nuestras veleidades y debilidades; esto es, esperar, temer y estar expectantes ante la Venida del Señor, más incluso que lo que pueda fundar la razón para la inminencia del suceso, y de un modo que sólo Su Palabra garantiza: vale decir, confiar en Él por encima de los dictados de la razón. Habrá quienes dicen que no resulta probable que Cristo vuelva en los tiempos que corren y que por tanto no pueden estar expectantes. Por mi parte, sostengo que sí pueden estarlo. Tienen que sentir que existe la posibilidad de que vuelva en cualquier momento. Luego, habiendo logrado esto, habrá que detenerse en su consideración, abrir la mente a este asunto, tratar esa posibilidad tal como tantas veces uno encaró la posibilidad de un incendio, o un peligro en el mar, o peligro en la tierra, o resultar asaltado por ladrones. Nuestro Señor dice que vendrá como ladrón en la noche. Ahora bien, ustedes saben que si ha ocurrido un notable robo, la gente se asusta desproporcionadamente en lo que se refiere a la posibilidad de que a ellos les suceda lo mismo. La idea los obsesiona; puede que las probabilidades de que sufran un robo en sus casas son mínimas y sin embargo el asunto les produce gran aprensión y ocupan sus mentes mucho más en lo deplorable que eso sería y no tanto en las escasas probabilidades de que les suceda a ellos también. Están conmovidos por el riesgo que presumen correr. Y de igual modo, en lo que concierne a la Venida de Cristo: no diré que debemos estar excitados, o inquietos, ni siquiera obsesionados con la idea, sino que no debemos dejar que la larga demora nos persuada de que no vale la pena vigilar. “Aunque me demore, velad.” Si Él nos lo exhorta como un deber a cumplir, tratemos de imprimir en nuestra imaginación la perspectiva de su Parusía, que no parece que se nos pidiera demasiado. No es duro, claro está, para el alma cristiana: y lo que podemos hacer, hemos de hacerlo.

Esto es lo primero que se nos ocurre sobre este tema, pero la noción nos abre el camino para más ideas. Pues, pónganse a pensar, ¿qué cosa es la propia fe sino la aceptación de cosas invisibles, por amor a ellas, más allá de los límites del cálculo y de la experiencia? La fe supera al razonamiento […]

Ahora bien, lo que es verdad respecto de la fe también lo es respecto de la esperanza. Y si así es, bien se nos puede mandar esperar contra toda esperanza, o estar expectantes ante la Segunda Venida de Cristo, en cierto sentido incluso contra lo que dicta la razón. La noción no es inconsistente con los tratos que en general Dios tiene con los hombres cuando nos manda sentir y actuar como si su Parusía fuese inminente por más que la razón nos indique otra cosa. Si nos exhorta a creer en Él con todo el corazón más allá del grado de evidencia con que contamos para creer que Él nos está hablando, ¿por qué no puede ordenar que lo esperemos perseverantemente, por más que no detectamos señales de su Venida con el consecuente desaliento? Respecto de semejante asunto no podemos decir qué cosa es más probable y qué no; apenas si podemos tratar de hacer lo que se nos manda: podemos dirigir y modelar nuestros sentimientos de acuerdo a su Palabra y dejarle el resto a Él.

Aquí entonces me veo llevado a hacer una observación adicional: que así como es deber nuestro tener presentes ciertas cosas y contemplarlas con mayor empeño que lo que normalmente la razón lo haría por sí sola, del mismo modo, hay otras cosas que tenemos obligación de dejar de lado, de no detenernos en ellas, de no comprender, por más que se nos ponen por delante. Y con todo resulta también evidente que cierta gente podría objetar y decir que resulta imposible no conmoverse y resultar influenciados por sucesos indiscutiblemente reales, así como, según dicen, resulta imposible creer y esperar en cosas que no sabemos de cierto.

Por ejemplo, sabemos que es obligación no ser vanidoso ni sentir orgullo alguno por ser aventajados en uno u otro aspecto. Y con todo, alguien podría objetar: ¿cómo podría evitarlo? Podría decir algo así:

“Si alguien se destaca en algún aspecto, por fuerza tiene que saberlo; resulta absurdo suponer, como regla, que no; pero si lo sabe, ¿cómo puede ser que no se complazca en su propia excelencia y admirarse por ella? La admiración es efecto natural de tener algo excelente ante la vista: si hay quienes se destacan no pueden sino admirarse a sí mismos; y si se destacan, hablando en general, no pueden sino saberlo; y esto, sea en lo que sea que se destacan, sea en su apariencia personal, o en destreza retórica, o en talentos de la inteligencia, o en su personalidad, o de cualquier otro modo.”

Pero ahora, por otra parte, supongo que resulta indiscutible que la Escritura nos dice que no debemos enorgullecernos de ninguna cosa que seamos, de ninguna cosa que hagamos; esto es de no darle cabida a estos sentimientos que, pareciera, son el resultado natural y legítimo de lo que sabemos. ¿Y bien? ¿Qué diremos de esto? ¿Cómo se reconcilian estos opuestos?

Por supuesto, una respuesta sería esta: que después de todo los hombres religiosos en realidad saben cuán defectuosas son sus mejores obras, o los mejores rasgos de su personalidad; o saben cuánto mejores son otros, cuántas son las obras de otros que son mejores que las propias; o tienen conciencia de sus propias deficiencias en otros respectos; o saben cuán poca importancia tienen esos aspectos en que resultan ser superiores a otros. Pero la respuesta no alcanza; porque aquellos aspectos constituyen excelencias, sean notables o no, sean más o menos grandiosas, haya quien se destaque más en tal aspecto o no haya quien pueda competir en la materia. Y aquí yace, me parece, la tentación que sufrimos todos de auto-estima―que en cierto sentido nuestro juicio sobre nosotros mismos no es incorrecto; no que no seamos muy deficientes en muchas cosas, no como si no tuviésemos conciencia de eso, sino que hay en nosotros ciertas virtudes, que son excelentes, y que las sentimos. Y por eso la pregunta del millón es esta: ¿cómo podemos no sentirlas?

A lo mejor se podría sugerir para explicar la humildad de gente religiosa que, más allá de los dones personales con que se hallan adornados, de tal manera están acostumbrados a ese estado de cosas, que ni piensan en el asunto. Desde luego, algo de verdad hay en esto, pero no explica por qué no pensaron en eso ni una sola vez, esto es, cuando al verse tal cual eran, semejante visión no les resultaba tan familiar como luego. Y si lo hicieron podemos dar por descontado que los efectos de su anterior jactancia permanecerá sobre ellos hasta ahora, habiéndose convertido en algo habitual en ellos.

Otra razón y una mucha mejor de por qué la gente religiosa no se enorgullece está en que les disgusta pensar en nada de bueno que pueda haber en ellos e inmediatamente tornan a pensar en otra cosa. Pero hay, me parece, una razón más directa y más conectada con el tema que nos ocupa.

Y es esto: aunque los hombre religiosos cuentan con dones, y aunque lo saben, no caen en la cuenta de eso (“do nos realize it”). No hace falta aquí que explique exactamente qué se quiere decir con esto de “no caer en la cuenta”; todos entendemos la locución lo bastante para mi propósito y confesarán que, por lo menos existe abundantes asuntos en los que los hombres no caen en la cuenta de su significación, aunque debieran. Por ejemplo, con qué insistencia los hombres hablan de la brevedad de esta vida, de su vanidad y de cuán poco provechosa resulta, y qué cosa de poca monta es, comparada con la venidera. De esto oímos hablar a diario, y sin embargo muy pocos actúan en consecuencia. ¿Y por qué? Porque no caen en la cuenta de lo que significa aquello que proclaman tan alegremente. No lo ven a Él que es invisible, ni su Reino.

Pues bien, aquello que los hombres omiten hacer cuando es su deber, entonces por cierto que también pueden hacerlo en los casos en que la omisión es un deber. Gente seria bien puede estar consciente, si es el caso, de cuáles son sus virtudes, sean religiosas, o morales, o lo que sea, pero no las sienten de aquel modo vívido que llamamos “caer en la cuenta”. No abren sus corazones a esa clase de noticia, para que no fructifique. El saber infecundo es cosa desgraciada cuando el saber debiera engendrar frutos; pero es una cosa buena cuando de otro modo sólo actuaría a modo de tentación. Cuando los hombres caen en la cuenta de alguna verdad se convierte en su interior en un principio de influencia y los lleva a una cantidad de consecuencias, tanto en su parecer cuanto en su conducta. Lo mismo sucede si uno cae en la cuenta de sus propios dones personales. Pero la gente superior sabe qué son sin por eso caer en la cuenta de eso. Puede que sepan que cuentan con ciertas excelencias, si acaso las tienen, puede que sepan que en algunos puntos se destacan por su carácter, por sus habilidades o por sus logros; pero eso lo saben con un saber infecundo que deja al alma tal cual estaba. Y pareciera que esto es lo que le otorga una sencillez tan notable a hombres santos, cosa que sorprende tanto a los que los consideran como una especie de paradoja o inconsistencia. Pareciera que esto es lo que le otorga una sencillez tan notable a los hombres santos, cosa que sorprende tanto a los que los consideran como una especie de paradoja o inconsistencia, o incluso, señal de inconsistencia e insinceridad: que las mismas personas que debieran saber tanto sobre sí mismas puedan soportar tanta alabanza, tanta popularidad, tanta deferencia, y sin embargo no por eso se hinchan, ni adquieren arrogancia alguna, ni mucho menos, desprecian por eso a otros. Que puedan hablar de sí, y sin embargo sin afectación alguna, con tanta naturalidad, con tanta candidez infantil y graciosa franqueza […]

Para concluir quiero hacer una observación más con referencia al tema con el que empecé, el deber de esperar la Segunda Venida del Señor. No debe suponerse entonces que esto signifique que uno pueda ser negligente en el cumplimiento de sus deberes en este mundo. Así como resulta posible velar por Cristo a pesar de los razonamientos mundanos en contrario, también resulta posible comprometerse con las tareas mundanas, a pesar de estar vigilantes. Cristo nos ha dicho que cuando Él venga dos hombres estarán en el campo, dos mujeres en el molino, y que uno será tomado y el otro dejado. Ahí ven que el bueno y el malo están igualmente ocupados; tales ocupaciones no tienen por qué interferir con tener el corazón firmemente puesto en Dios, ni tampoco el hecho de que comparta ocupaciones con quienes lo tienen puesto en el mundo. Por el contrario, podemos hacer grandes planes, podemos ocuparnos de nuevos emprendimientos, podemos iniciar grandes proyectos que luego quizá no harán mucho más que empezar; podemos tomar previsiones para el futuro y anticipar en nuestros actos la certeza de siglos por venir y aun así estar expectantes ante la Venida de Cristo. Por cierto, así es como debemos proceder dejando “los tiempos y las estaciones al poder del Padre”. Cuando sea que venga, Él lo interrumpirá todo, y por lo que sabemos nuestros esfuerzos y principios, por más que no sean más que eso, resultan tan necesarios en el curso de su Providencia como lo sería el más exitoso y completo de los emprendimientos. Seguramente terminará con el mundo de manera abrupta sea cuando fuere que aparezca; quebrará los designios y trabajos de sus elegidos, sean los que fueren, y les dará lo que por deber tendían a lograr, aunque no a través de la obra emprendida. Y así como terminará con él, así también comenzó el mundo abruptamente; comenzó el mundo tal como lo vemos, no a partir de sus primeras semillas y elementos, sino que creó inmediatamente la hierba y el frutal perfecto “cuya simiente reside en sí mismo”, no formándolos gradualmente, sino como obra perfecta. Y más abrupto fue cuando desplegó sus milagros estando entre nosotros, cuando hizo nuevas todas las cosas, creando pan, no trigo, para el alimento de cinco mil, cambiando agua, no en un elemento más simple, sino en vino. Y así como comenzó sin comienzo, así también terminará todo sin final; o más bien, todo lo que hacemos―sea lo que fuere―tengamos más o menos tiempo para eso―con todo, nuestras obras, terminadas o en curso, serán aceptables si fueron hechas para Él. Por tanto no hay inconsistencia ninguna entre velar y con todo, trabajar, pues nos es dado trabajar sin poner el corazón en la obra. Será pecado si idolatramos la obra de nuestras manos, si la amamos de tal forma que no podemos soportar la idea de vernos separados de ella. La prueba de nuestra fe estriba en ser capaces de fracasar sin desilusión alguna.

Recemos a Dios para que gobierne nuestros corazones en este respecto, así como en los demás. Que cuando Él aparezca, tengamos confianza y no resultemos avergonzados ante el Rey cuando venga.                        

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Responses

  1. Gracias, Fray Rabieta, por esta homilía de Newman.
    Hace mucho bien.


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