Posteado por: Fray Rabieta | 17 abril 2010

Sinvergüenzas

Ninguna corrección parece por el momento

 cosa de gozo, sino de tristeza; pero más tarde…

(Heb. XII:11)

 

Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño,

razonaba como niño; mas cuando llegué a ser hombre…

 (I Cor. XIII:11).

 Mis estólidos y necios sotretas:

No hay uno solo de entre ustedes que pueda hacerse el gil y me diga que nunca le pasó: que nunca se sintieron culpables. Yo mismo, todos ustedes, todo el mundo alguna vez se sintió culpable de alguna cosa. Y el que dice que no, que nunca sintió culpa, es culpable de mendacidad, es un mentiroso. Y me apresuro a coincidir con ustedes en que sentirse culpable es horrible; es una sensación pesadillesca, la sensación de culpa se nos mete entre las vísceras, es como un mal de entrañas, de cartílagos… es un malestar ido a instalarse en el punto justo en que se encuentra el alma con el cuerpo. Es horrible. Ocupa mucho lugar. Duele en el corazón y nos marea, o es como una fiebre que nos deja indefiniblemente nerviosos, inquietos, perturbados. Como dice el gran Cardenal Newman, “la conciencia es un principio severo”. ¿Quién de ustedes, quién en el mundo entero no sabe de qué habla el Cardenal, de qué estoy hablando ahora? ¿Quién no ha pasado, a no ser por lo menos una vez, por la horrorosa experiencia de sentirse culpable, de sentir mucha culpa? ¿Y quién no se ha resuelto a terminar con eso, para siempre, prefiriendo pasar por cualquier otro lado, con tal de no tener que volver a experimentar la abominable, detestable, humillante, deprimente, sensación de culpa?

No se me quieran escapar, abominables sotretas, no quieran distraerse, pensar en otra cosa, cambiar de tema: todos somos culpables, todos hemos sentido esto, hasta los tuétanos, y lo hemos aborrecido. Y todos nos hemos determinado a evitar esta sensación de culpa como la peste.

Y está muy bien: un mínimo instinto de conservación, una mínima vocación por la felicidad, una mínima inclinación por la sensatez, la paz, la alegría y la tranquilidad, nos urge para que terminemos con eso de una vez y para siempre, en empeñarnos con toda el alma en no tener que pasar, nunca más, por ahí, por la sensación de culpa. Y cuando sentimos culpa, recurriremos al expediente que sea, con tal de que pase pronto.

Como lo pinta el insigne Frank-Duquesne:

 ¡Cuántas veces no nos hemos ido a dormir roídos por la vergüenza del pecado, insatisfechos, inquietos, llevando al sueño una imagen ensuciada de nosotros mismos! ¡Cuántas veces nuestro despertar no ha entristecido y contaminado el alba con las morosas ruminaciones de nuestro pesar– demasiadas pocas veces con nuestros remordimientos! El recuerdo de nuestras iniquidades del pasado, sobre todo de aquellas que “sólo” nosotros conocemos, ¡cuántas veces el rojo de la vergüenza no ha fluido hacia nuestros rostros!

 “Entristecido y contaminado el alba”—no está mal. Algo así. Por razón de “la vergüenza del pecado”.

¿Y bien? Así como todos detestamos esta sensación, así, igualmente, todos nos empeñamos en evitarla como la peste, claro que sí. Así como odiamos sus sentimientos concomitantes, la vergüenza (el mismo Aristóteles decía que la vergüenza no era buena en sí misma, aunque admitía que se le podía sacar partido), y el remordimiento.

Así, de entre la muchedumbre de los hombres, los más sensatos, los más razonables, los menos locos, los más inteligentes, los más—¿cómo enfatizar esto?—“piolas”, se dirigen a la causa de todo ese mal y tratan de erradicar el pecado de su vida: empresa gigantesca, casi imposible, pero empresa lógica si se considera el objetivo: desterrar de sus vidas el pecado para evitar la sensación de culpa, la peor cosa del mundo. (No avanzaré más por este camino, mis admirables salvajes, porque sois niños todavía. Baste con decir que por este camino se puede andar mucho en dirección hacia la santidad—no menos que en dirección hacia el precipicio, pero dejemos eso ahora.)

De manera que, por ahora, diré que está muy bien: es cierto que el buen Dios nos dispensa esta horrorosa sensación para que nos arrepintamos, para quitarnos las escamas de los ojos y veamos, ¡por fin!, cuán malo es el pecado y cuanto no es de detestar. Y pone el remedio a esa sensación, a ese dolor del alma que es un profundo arrepentimiento, el deseo de expiar, de reparar el daño causado, y el propósito de no pecar más. Con lo que acudimos al Gran Sacramento de la Confesión, y… ¡milagro de los milagros!… la culpa, la sensación de culpa, no diré que desaparece enteramente, pero se vuelve tolerable, se dulcifica, se torna digerible, se encarna amablemente y nos permite entrever, de lejos, como si la viéramos en un espejo, qué cosa es la Misericordia de Dios. (Y si lo dudan, vuelvan al Salmo 50, el famoso “Miserere”).

Santiago Apóstol lo prometió:

 Acercaos a Dios y Él se acercará a vosotros (IV:8).

 Ahora bien, para acercarse a Dios no hay otro camino que no pase, antes que nada, por sentir la propia miseria. Y para eso, nada como esta sensación de culpa de la que hemos estado hablando tan mal hasta ahora. Porque en verdad, de Adán acá, esa sensación abominable es la única que nos conducirá de nuevo al paraíso. Y, lamento decirlo (y lamento la estúpido propuesta progre), no hay otro camino.

Claro que hay otras maneras de combatir esa sensación.

Una, fácil y muy común, es acumular atenuantes para nuestra conducta: a fuerza de sumar atenuantes, la culpa se minimiza. Por ejemplo, persuadiéndonos de que “Todo el mundo lo hace”, como si con eso disminuyese la culpa personal, como si se pudiese diluir la responsabilidad personal en un ente en estado gaseoso como es “la humanidad”, “el género humano” o, sencillamente, “todo el mundo”. Como si el Juicio Final fuera a pronunciarse sobre un ente colectivo y no sobre cada uno de nosotros, uno por uno.

Pío XII lamentaba que el mundo moderno estuviese perdiendo la noción de pecado. Pero, claro, antes se había perdido la noción de culpa. Como lo señaló el gran C. S. Lewis, una verdadera legión de psicoanalistas nos ha venido a persuadir de que no hay que sentir vergüenza—ni por tanto, culpa—que la vergüenza es lo peor de todo. Y de eso han convencido a buena parte del mundo otrora cristiano. Que ya no le es.

No señor, y hasta la palabra misma, “sinvergüenza” parece desterrada de nuestro vocabulario. Como a osadas otras: el mundo moderno no quiere ni oír hablar de pecado, ni de falta, ni de vergüenza, ni, claro está, de culpa. Ganamos. Hemos extirpado todo eso de nuestra vida sin recurso a Dios, ni a nada. Simplemente lo hemos negado. No está ahí. Soy un perfecto sinvergüenza. Hago cualquier desastre y no me siento culpable, ni pido perdón, ni reparo el daño, ni me confieso, ni nada. Soy un “transgresor” pero no transgredo nada. (Y eso no quita que acuso a otros por sus fechorías, al que me afana, o al que mata, porque yo no. Y me subo al púlpito o al estrado del fiscal y los repruebo).

Y encima sonrío, porque Dios me ama. Cuento con una religión en la que todo esto ha sido desterrado para siempre. Y si siento algo de culpa voy corriendo a mi analista, le doy unos mangos, y vuelvo a casa, como el publicano de la parábola de Cristo, “justificado”.

Justificado por Freud, mi nuevo ídolo.

Y claro, también sirve el olvido. Porque la sensación de culpa, por incisiva y vigorosa que sea, se nos dispensa por un tiempo, el tiempo del arrepentimiento: pero no, no dura para siempre. Y uno siempre puede esperar a que pase. Y pasa. Y uno vuelve a sentirse bien. Y aquí no ha pasado nada.

¿Y bien, mis detestables energúmenos? ¿Están convencidos de que es así? ¿Que aquí no ha pasado nada? ¿Que está todo bien?

Los dejaré entonces en paz: si prefieren creer que lo peor de todo es sentir culpa, qué remedio tienen. Ni Dios puede hacerlos cambiar de parecer (probó con la sensación de culpa, de falta irremediable, y no anduvo, ché, no hubo caso. Nos sacamos de encima esta horrible sensación y sanseacabó, listo el pollo).

 Por lo menos hasta el día de la Ira. Porque entonces, como nos lo recuerda San Agustín, entonces

Una fuerza divina despertará en nuestra memoria el recuerdo de todos nuestros pecados.

Y ahí los quiero ver, queridos sinvergüenzas, cuan terrible será aquella hora, la hora de la verdad, la hora en la que “hasta el justo temblará”.

Pero antes que eso hay tiempo todavía para sentir un poco de culpa, y ver qué nos hacemos con eso…

Mientras tengamos tiempo… Incluso—y aquí les diré un secreto por más que sé muy bien que no se le merecen—se puede agradecer, (¡oh feliz culpa!) que no fuera por eso, por la maldita sensación, estamos todos, ustedes y yo, irremediablemente perdidos.

*  *  *

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Responses

  1. Uno de los lugares comunes incentivados desde la psicología, desde la pedagogía escolar y desde la paternidad de hoy en día es “que no sienta culpa”, “que no tenga una actitud culposa”; con el inconveniente no menor que menciona el Fraile.

    Otro es “que aprenda a trabajar en equipo”, bueno para hacer idiotas hippies que creen que la oficina es un día de campo.

    Y hay otros … (“para ver los frutos del concilio debemos profundizar más en él”, “la democracia es una cosa buena”, etc.).

    Todos tienen éxito. El hombre moderno responde fenomenalmente a los slogans. Toda su capacidad intelectual se limita a adherir como autómata a un par de monsergas.


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