Posteado por: Fray Rabieta | 27 febrero 2010

Tercer misterio rabioso

Jesús vino también a Nazaret, donde se había criado,

y entró, como tenía costumbre el día de sábado,

en la sinagoga, y se levantó a hacer la lectura.

(Lc. IV:16)

Mis inestimables palurdos:

En el tercer misterio rabioso se contempla la prédica de Jesucristo Nuestro Señor entre sus compatriotas; en Nazareth, “·donde se había criado” aclara el evangelista. No le fue muy bien y tuvo oportunidad de acuñar aquello de que nadie es profeta en su tierra. Les dijo lisa y llanamente que la profecía de Isaías que acababa de leer se había hecho realidad, que la tenían a la vista: en efecto, San Lucas se ocupa del detalle, ¿no?, que “todos tenían los ojos fijos en Él” y Él se los dijo más claro agua: “Hoy esta Escritura se ha cumplido delante de vosotros”. Que era el Mesías, que había llegado la Consolación de Israel, que la tenían delante de las narices. Que Él era Dios, el salvador, el redentor: enviado por Dios para dar la Buena Nueva a los pobres, anunciar a los cautivos la liberación, y a los ciegos la vista, a poner en libertad a los oprimidos, etc.

Por supuesto, los muy brutos no le quisieron creer, según aquello de que no hay peor ciego que el que no quiere ver. Y esto que le pasa en su propio pueblo es imagen de lo que diría San Juan en su famoso “Prologón”: “Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron”. No sólo eso, que en este capítulo de Lucas se refiere que después de protestar que no que Éste era hijo de José el carpintero, y que no podía ser Quién decía ser, los judíos acabaron con una tentativa de homicidio, de deicidio: “lo llevaron hasta la cima del monte sobre la cual estaba edificada su ciudad, para despeñarlo” (IV:29). Y esta vez, “los pobrecitos” no se salieron con la suya.

Pobrecitos tu abuela.

Está muy de moda entre exégetas y teólogos disminuir este misterio de iniquidad con expresiones del tipo “pobrecitos los judíos, las profecías no eran tan claras, y Cristo no se parecía mucho a lo que había sido profetizado”, ja, y toda esa clase de estupideces sentimentales y tan políticamente correctas. La verdad es que da rabia, esta necedad de los compatriotas de Nuestro Señor. Como lo señaló magníficamente nuestro gran Castellani:

Estos días me leyeron un párrafo del Cardenal Bea acerca de los que mataron a Cristo: dice que no el pueblo judío, sino algunos funcionarios judíos mataron a Cristo; pero esos mismos no pueden llamarse “deicidas” porque no sabían que Cristo era Dios. Con todo respeto, podemos advertir que no sabían lo que era Cristo, pero debían saber; otra cosa sería hacer agravio a Cristo; o sea, pensar que todo un Dios se hizo hombre con el fin de revelarse a los hombres; y no fue capaz de probar que era Dios; ni siquiera a los que lo rodeaban y eran los jefes religiosos de la religión verdadera. No: lo que siempre ha creído y enseñado la Iglesia es que los fariseos, y sus secuaces-una parte del pueblo judío-asesinaron al Mesías; y si ignoraron que lo era, esa fue “ignorancia culpable” y por tanto, el delito es imputable. –“No saben lo que están haciendo”- dijo Cristo en la cruz. Sí, pero antes dijo: “Padres perdónalos”; y si se pide un perdón, hay un delito; y por cierto enorme. El Cardenal se queda con el “No saben lo que hacen”; y se deja el “Perdónalos” porque para él no hay nada que perdonar. Los judíos todavía no lo han crucificado.

La verdad es que los cardenales Bea y todos los demás están insultando a Nuestro Señor, pues como señala Castellani, están sugiriendo que no sabía enseñar, que no sabía su oficio de predicador, de Rabbí, y eso

sería hacer agravio a Cristo; o sea, pensar que todo un Dios se hizo hombre con el fin de revelarse a los hombres; y no fue capaz de probar que era Dios.

¡Ay mis dormidos gandules! ¡Las estupideces que llegan a decir estos tipos! ¡Y las implicancias de sus imbecilidades! ¡Que Cristo era… era…! Pues bien, no lo voy a decir.

Estúpidos son ellos, fíjense si quieren. El tiempo era el indicado. Se habían cumplidos las setenta semanas de Daniel. Ya con el nacimiento del Bautista “en toda la montaña de Judea se hablaba de estas cosas” (Lc. I:65). El Precursor lo había indicado claramente: es Él, éste es el Mesías. Pero hay más todavía. Piensen en el sucedido de 18 años antes. La mayoría de ustedes no piensa, ni reflexiona sobre esta clase de cosas (ni sobre nada), pero fíjense si quieren: cuando el tango dice “20 años no es nada” dice una gran verdad—que sólo entienden los que peinan canas: pero 18 años, es menos todavía. Algo que pasó, pongamos por caso, en 1992. No es tanto como para olvidarse de un sucedido que, como un terremoto, había sacudido a toda Jerusalén: durante tres días, un niño de doce años de edad, entró en el templo y le había dado cátedra de los principales escribas y doctores de la ley, contestando todas sus preguntas, abrumándolos con citas de los profetas y exégesis esclarecidas sobre el tiempo, el modo y las circunstancias en que se cumplirían los vaticinios de la Escritura Santa. ¿Y bien? ¿Se habían olvidado de eso? ¿Del milagro que fueron aquellos tres días y tres noches de cátedra, espléndidos oráculos, palabras geniales, divina dialéctica, retórica elegante, argumentos incontestables—todos pronunciados por un chico de doce, venciendo, derrotando, abrumando a los ancianos que se habían pasado la vida estudiando estos tópicos? ¿Cómo podían olvidarlo, si 20 años no es nada?

Lo lógico es que después de semejante experiencia hubieran repensado un poco las cosas. Dispusieron de 18 años para hacerlo. Y de paso, ¿qué se habría hecho de aquel niño? ¿Y no sería este que tenían delante, que 18 años después tenía 30? ¿Tan difícil era sacar la cuenta que se trataba de Él?

Sí, claro, muy difícil. Y Jesucristo no sabía su oficio, me cacho en los Bultman, y los Rahner, y el judío Rops (con su estúpido postfacio a “La Vida Cotidiana en la Palestina de los Tiempos de Jesús) y todos los teólogos que pretenden que no, que los que no tienen fe, es porque no pueden ver, los muy pobrecitos, que les gustaría tener fe, pero que no pueden, porque no entienden… con lo que de paso, todos las innumerables instancias en que Jesús le reprocha a este o a estotro, a los discípulos y a sus compatriotas todos, no tener fe, serían injustos. Total que, según esta lógica perversa, Cristo no sabía su oficio, y encima es injusto cuando recrimina a los que no tienen fe, por no tener fe.

Mis dormidos floripondios, vayan sabiéndolo desde ya: los que no tienen fe son unos estúpidos, y no tienen derecho a no tener fe, me cacho en la “Dignitatis Humanae” y todo la lloricosa spuzza que derraman los muy venerados defensores de la libertad religiosa y del “derecho” a profesar el budismo, el ateísmo, y la mar en coche. A ver si pueden conciliar todas esas estupideces relativistas y tan tolerantes con las palabras de Cristo:

Los ninivitas se levantarán, en el día del juicio, con esta raza y la condenarán, porque ellos se arrepintieron con la predicación de Jonás; ahora bien, hay aquí más que Jonás. (Mt. XII; 41).

Muy tolerante Cristo, claro, ja, ja, con esta “raza mala y adúltera” que dice Él. Por no hablar del bondadoso San Juan, que en el Apocalipsis los trata de sinagoga de Satanás, ¿o lo habéis olvidado?, cuando se refiere a la maledicencia de los que se llaman judíos y no son más que la sinagoga de Satanás (Apoc. II:9)?

Pero un buen judío es mejor que un mal cristiano, o mejor dicho, un buen judío es cristiano mientras que un mal cristiano es judío, lo sepa o no, eso importa un comino.

La cuestión es por qué: por qué diablos los cristianos se han judaizado y no reconocen a Cristo, y le hacen agravios, y lo tratan de… no, bueno, no me animo a decirlo siquiera. Y es por falta de libertad, fíjense mis abominables mequetrefes. No son libres, están atados, son cautivos, porque no han creído a Isaías, porque no han creído en Cristo, en el Cristo de Verdad. Y porque no conocen la verdad. Porque no la han buscado, porque son relativistas, porque son indiferentes, porque son tibios. Porque no son verdaderos discípulos, porque no “permanecen” en la palabra de Dios (contra la promesa de Cristo: “Si permanecéis en mi palabra, sois verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”—Jn. VIII:31-32).

Y aquí haré una advertencia, amigos míos, la más terrible, la más amedrentadora, la más densa que se pueda formular: porque no sólo la verdad se oculta de quien no la busca, como supo demostrar el gran Cardenal Newman—hay algo peor: y se los diré de una, que ya se me están durmiendo de nuevo. El que no tiene pasión por la verdad, está muerto y le está reservada la suerte de la “raza maldita y adúltera”, la de Pilatos, la de Judas y la de todos aquellos que no ponen

todo su empeño en unir a vuestra fe la rectitud y a la rectitud el conocimiento (II Pet. I:5).

¿Qué más? Nada más que eso: pasión por la verdad. Menos que eso y están fritos. Y como decía la gran judía de Simone Weil:

“Si por un imposible me dieran a elegir como entre dos alternativas, entre Jesucristo y la verdad, elegiría esta última, como que siguiendo la verdad no puedo sino ir a parar a los brazos de Jesucristo.”

Ahora, estos tipos que dicen que pobrecito el que no tiene fe… pobres de ellos, ché, pobres de ellos.

*  *  *

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Responses

  1. Usted se preguntaba días atrás, R. Frayle, cómo es que aun “quieren ser obispos” y ahora con Castellani trae a cuento lo del cardenal Bea, pero los de aquí sabemos que hay más: tenemos a Quesorete y a Bergoglio, entre muchos otros.

    Vea la diferencia según el breve relato que seguidamente le hago, y que le sirva, quizás a algún obispo, para reflexionar sobre la gravedad de sus actos cuando el mismísimo Esquiú, santo varón, hubiese preferido quedarse como sacerdote, a pesar de su virtud, evitando su elevación a sucesor de los apóstoles:

    Por 1937 Leopoldo Lugones publicaba su elogio a Esquiú. Ya antes de esta ocasión le había cantado en sus Poemas Solariegos.
    Lugones dice haber conocido casos de verdadera virtud, pero sólo en Fray Mamerto Esquiú “uno de santidad”.

    Recuerda que Esquiú, ya obispo, se alojaba en su casa cuando andaba por Villa María del Río Seco y “siendo muy afectuoso él con las criaturas, solía tenerme en sus rodillas durante el siempre breve solaz de la conversación, pues tanto lo absorbían las tareas sacramentales, que aun al regreso de los oficios nocturnos, interrumpida muchas veces su colación, harto atrasada ya, para seguir confesando en el patio hasta cerca de la media noche”.

    Acudían al saberlo por la Villa de María “llegados de lejos a lomo de yegua flaca o de pollino, cuando no a pie, debían dormir al raso … so pretexto de confirmación los tocara, atribuyéndole un poder milagroso que él rechazaba con severa aflicción”.

    Se tomaba la religión seriamente, a tal punto que creyéndose incapaz e indigno del episcopado llegó a desterrarse para evitarlo. Finalmente, por obediencia al papa, fue elevado a tan alta prelatura.

    A pesar de haber sido hombre docto en letras sagradas y profanas, cuenta Lugones que “cuando alcancé a conocerlo, ya no estilaba sino la plática popular, que reducía al blandor de la mansedumbre aquellas almas montaraces en cuya rudeza despertaba, como si fuese en la misma breña natal, la quejumbre de una tórtola escondida … quienes así rendiríanse al encanto con que se humilla el jardín en la adolescencia de la rosa silvestre”.

    Quién sabe Padre Rabieta, quizás algún obispo lo lea…

  2. Totalmente de acuerdo. Y es cierto (acabo de leerlo) ¡Qué hijadeputez judaizante es el postfacio de Rops!

    Un abrazo en Cristo y María
    Augusto del Río


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