Posteado por: Fray Rabieta | 22 febrero 2010

Segundo misterio rabioso

Herodes había prendido a Juan, encadenándolo y puesto en prisión,

a causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo.

Pues Juan le decía: “No te es permitido tenerla”.

(Mt. XIV:3-4)

 Pedazos de alcornoque:

En el segundo misterio rabioso se contempla el degüello de San Juan Bautista: Ahí los tienen, frente a frente, al primo de Nuestro Señor y a Herodes el tetrarca. Éste no es el mismo Herodes del que hablamos el domingo pasado, es uno de sus hijos, (llamado “Tetrarca” porque los romanos le dieron cuatro jurisdicciones para… ¡bueno, bueno! ¡alto ahí! Doy por descontado que todo eso les importa un belín).

Flor de sotreta, también, este maula, hijo de la tercera mujer de Herodes el Grande, y de la misma maldita calaña: de joven un balarrasa, pero luego, con el paso de los años, corrompido, disoluto, lascivo, torpe, bruto, degenerado, cruel y… lo que es peor de todo: dominado por las mujeres. En un viaje a Roma, de visita a su medio-hermano Herodes Filipos, le afanó la mujer, Herodías—también de la dinastía Asmonea y también una perra, como a osadas lo fue su mamá. ¡Linda familia, ché! Plagada de intrigas por el poder, repleta de asesinatos (sin descartar filicidios y uxoricidios) y de envidias, de traiciones y adulterios. De éste habló Cristo llamándolo “zorro” (Lc. XIII:32) y éste es quién se alegró de ver a Cristo cuando se lo envió como peludo de regalo el mismísimo Pilatos. Se alegró porque “esperaba verle hacer algún milagro” (Lc. XXIII:8), como si Nuestro Señor fuera una suerte de mago de circo o algo así. El muy animal. El Evangelio relata que en aquella oportunidad Cristo ni siquiera se dignó dirigirle la palabra—a diferencia de Pilatos con el que sí habló. Y San Agustín comentó su callada por respuesta con cinco palabras: “Temed el silencio de Cristo”.

¿Y bien? Ya se los he presentado a este hijo de mala madre, destinado a morir desterrado y roído por los gusanos. Falta presentarles al otro protagonista de la historia que aquí nos ocupa: Juan el Bautista, el primo de Nuestro Señor, hijo de Zacarías y de Isabel, que saltó de gozo en el seno de su madre cuando la Visitación. Cristo también lo adjetivó, pero a diferencia de “zorro” lo trató con especial encomio: “nemo maior”, que quiere decir, mis queridos babiecas, “ninguno más grande”, “Os digo—dijo Cristo—que no hay entre los hijos de mujer, ninguno más grande que él” (Lc. VII:28). Ahí lo tienen, pues, “nemo maior”, ninguno más grande.

Bueno, para hacerla corta porque sé que a ustedes el repaso de estas historias que se encuentran en el Evangelio les aburre soberanamente—la cosa es que Juan metió la pata, y le dijo a Herodes que no le era lícito tener a Herodías, la mujer de su hermano. Al cuete, díganme ustedes si Herodías, y Herodes, y su hermanastro el cornudo, y el pueblo todo no iban a saber que esa unión era ilícita—¿para qué decírselo a Herodes, que no le iba a hacer caso? A fe mía, parece una imprudencia de parte del Precursor.

Y así deben de pensar nuestros obispos, los obispos criollos del Río de la Plata que no se ríen de la plata que parecen rezar la letanía del “Yo Argentino”, que nunca dicen nada “políticamente incorrecto”, ni una palabra sobre la marea, ¿qué digo?, sobre el tsunami que tenemos ante los ojos de adulterios, divorcios, apareos contra natura y toda la variopinta cantidad de casos contra el sexto y el noveno mandamiento, con su inevitable secuela de niños desamparados, perplejos, desahuciados—niños preguntando ¿dónde está papá?, o peor todavía, ¿dónde está mamá?, niños obligados a confesar en el colegio que “papá está de novio” o que “mamá se fue de viaje con un señor que no sé cómo se llama”, etc. El gran tsunami de la corrupción, traición e infidelidad de los cristianos de nuestro tiempo. Por supuesto que todo eso no es sino consecuencia de una infidelidad antecedente, una traición que prefiguraba lo por venir, una corrupción precedente, pues, como decía el Apóstol del Trueno, “Adúlteros, ¿no sabéis que la amistad con el mundo es enemistad contra Dios?” (Sant. IV:4).

No, no lo saben. Ni siquiera nuestros pastores lo saben, nuestros pastores mercenarios en permanente colusión con el mundo y enemigos de Dios. Y por tanto, ¿qué le van a decir a esta generación adúltera e infiel? Nada. Y claro, gracias a eso, no corren el menor peligro de que los encarcelen, ni mucho menos que los degüellen—por ahora.

Pero Juan el Bautista es otra cosa: es de otra madera, éste de quién Cristo Nuestro Señor, dijo “nemo maior”, ninguno más grande. Y entonces compareció ante la corte de Herodes y le dijo lo que es en sí: “No te es permitido tenerla” a la perra ésa, la mujer de tu hermano. Y entonces Herodes lo encadenó y lo puso en prisión. Y la perra le cobró una enemiga especial. Porque a la gente que se porta mal no le gusta que le digan que se están portando mal. Les da grima. Y si no se les dice no pueden arrepentirse y si no pueden arrepentirse están condenados de antemano al infierno. Si yo fuera obispo, como son los obispos argentinos, odiaría a Juan el Bautista, ése imprudente que levantó la perdiz, que dijo lo que no había que decir, pues ya se sabe que los gobernantes tienen la platita, y si te malquistás con ellos, no hay más platita.

Aquí resulta necesario un excursus, porque entiéndanme bien: si Bergollo está peleado con Kitchinette, no es por razón de su fe (que no la tiene), ni de sus principios (que, como los de Groucho Marx, pueden cambiarse por otros), ni por haberlo denunciado por corrupto, ni nada. Bergollo está peleado con Kitchinette porque el muy tullido eligió pelearse con Bergollo. De mal llevado que es nomás. Pero son de la misma calaña. Y cualquier día de estos, qué se creen ustedes, como Herodes y Pilatos, pueden volver a amigarse sobre la injusticia hecha a un pobre cristo.

Pero los tipos como Juan el Bautista te escupen el asado, te arruinan la fiesta, ponen en evidencia que el rey está desnudo, e invariablemente se siguen consecuencias desagradables, cuando lo más importante, como ya sabemos, ja, ja, es la tolerancia, el diálogo, que haya paz y que construyamos espacios de consenso. Que es lo que el Bautista nunca entendió: a lo mejor porque nació antes de Vaticano Segundo, ja, ja.

El resto de la historia la conocen, ya lo sé—y además les aburre, aunque es una de las historias más apasionantes, mejor contadas, por el Evangelista Mateo (¡en tan sólo 12 versículos!) y que dio lugar a grandes obras de teatro, como el “Salomé” de Oscar Wilde y la ópera de Richard Strauss… pero dejemos eso, que ya sé que a ustedes les gusta oír a Enrique Iglesias y cuando van al teatro, prefieren a Gasalla, ja, ja, ja.

Pero yo tengo por incumbencia, por mandato de obediencia de Fray Letal, por obligación, contemplar este misterio rabioso: cómo Salomé se puso a bailar en una fiesta y cómo el muy bestia de su padre le gustó la cosa (¿y a qué padre no le gusta ver bailar, bien, a sus hijas?) y cómo se fue de boca y le prometió “con juramento” darle lo que pidiese. Pero no contó con la intervención de Herodías, su esposa ilegítima. Porque ya se sabe, ¿no?, que al molino y a la esposa, siempre le falta alguna cosa. Así que hay tienen a este linda familia, ché: el papá borracho y medio ga-gá que hace juramentos estúpidos, la muy frívola de Salomé que sabe bailar, pero poco más, pues cuando su padre le ofrece lo que quiera, ni siquiera sabe qué pedir, y la otra perra de su madre que sí sabe qué pedir, y pide la cabeza de Juan el Bautista.

Que se podría haber ahorrado todo esto, con haberse callado un poco ¿no? Pero no, y ahora contemplemos cómo entra un soldado y lo degüella como cordero inocente, maldita pasión que tiene la dinastía de los Herodes por pasar a cuchillo, por trucidar a cuanto inocente se les cruza en el camino. Y ahí tienen a Salomé, sirviendo en bandeja la cabeza del Precursor a su madre, la perra de Herodías, ya saben ustedes, ya conocen la historia, y les aburre, ya sé, ya sé.

Y sin embargo, tiene miga, por más que no quieran mirarla. Por lo pronto se aplica al pie de la letra a la Argentina de hoy, me cacho en diez, porque todos nuestros compatriotas se escandalizan, se rasgan las vestiduras, protestan, se asustan, organizan marchas, escriben indignados, hablan con gran elocuencia y denuncian la ola, el tsunami de crueldades que se desató sobre nuestro país: secuestros, amputaciones, violaciones, robos, asesinatos alevosos, uno que prende fuego a la esposa, otro que abusa de sus hijos, trata de blancas, droga a rolete para los pobres, para los ricos y para todo el mundo, crueldades sin cuento que como en catarata descendieron sobre el país, mientras se cacarea que democracia, que diálogo y que no sé qué estupidez más.

Y es legión, la de gobernantes, políticos, curas, filósofos, intelectuales, escritores, periodistas, obispos, gremialistas, humoristas, no sé cómo ponerlo, cómo decírselos, mis distraídos sotretas: todo lo que vendría a ser “clase dirigente”, todo lo que vendría a ser “docentes”, o “iluminados”, o “cultos”, o “esclarecidos”, todos los que disponen de un micrófono, de una cámara, de medios para hacer películas, de editar libros, o revistas, todos los comunicadores de nuestra atribulada sociedad, no hizo “click”: no se dan cuenta, no se imaginan siquiera que este tsunami de crueldades, esto que dan en llamar con el eufemismo de “inseguridad” no es más que la consecuencia, directa, de su prédica.

Todos esos chistes de mal gusto, todos esos juegos de palabras procaces, los espectáculos lascivos, las bromas salaces, las obras de teatro pornográficas, las “revelaciones” de las modelos-prostitutas, las exhibiciones obscenas (delito cuya tipificación nunca sirvió de gran cosa, pero que ahora cayó en completo desuetudo), las confesiones de los maricones, los comentarios de las movileras zafadas, de los locutores pedófilos, de los empresarios cancheros, de los curas apóstatas… podría seguir y seguir… la ola de entrevistas a señalados depravados, los encomios de Fernando Peña o de Florencia de la V., los desnudos en la tele, en el cine, en las revistas, la sistemática producción de más y más obscenidad, pornografía, indecencia… los imbéciles chistes de mal gusto… la marea de basura que inunda la T.V., la ola de mierda que inunda todo lo que dan en llamar “cultura”… en fin, la celebración del adulterio, de la homosexualidad, del sexo desenfrenado, de la impudicia, de la desvergüenza, el virtual emputecimiento de nuestra sociedad no podía sino terminar con aquel otro tsunami del que ya les hablé: porque a la lujuria, le sigue, como que dos más dos son cuatro, la crueldad.

Lo sabían los griegos y los romanos, los sabía el pueblo elegido, los sabían todos los antiguos y todos los medievales, está dicho por Cicerón y por Shakespeare, por el Dante y por Goethe, por Platón y por Belloc: ¿quién puede ser tan, pero tan, pero tan im-bé-cil de no saber que a la lujuria, le sigue, como que dos más dos son cuatro, la crueldad?

O a lo mejor lo olvidaron, que uno de los primeros efectos de los pecados de la carne es hacernos olvidar la ley natural, la ley de Dios, lo que nos enseñaron nuestros padres, lo que nos indicó alguna vez la conciencia.

En algún lugar el salmista dice que los decretos de Dios eran para él, “como cánticos en el destierro”. Pero si los argentinos nos hemos olvidado de aquellos “cánticos”, aquellos decretos—igual seguimos, todos, ellos y nosotros, en el destierro. En una sociedad áloga, sin ley, sin orden, sin concierto, sin fe, sin paz, sin alegría, sin Dios (¿y cómo pretenden que no tiemble la tierra?).

Como en la corte de Herodes, a merced de la perras, borrachos, entregados a nuestras pasiones, condenados a la lujuria y a la crueldad: a ser crueles con los nuestros, con nuestros hijos (si acaso zafaron del aborto, como decíamos el domingo pasado), con parientes y con amigos, con los débiles, con los pobres, con los desamparados.

Y hasta que no aparezca un pastor que alce la voz como Juan el Bautista, con agallas y convicción, con lucidez y voz clara, argentina y valiente, la cosa va seguir igual, o peor.

Como que a la lujuria, le sigue, ¡pero, qué rabia que se hayan olvidado de esto, ché!, le sigue, como que dos más dos son cuatro, la crueldad.  

    *  *  *

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Responses

  1. Es cierto que la crueldad y la lujuria van de la mano… Y también es cierto que tenemos los curas y los gobiernos que nos merecemos. la Iglesia también es de los laicos… A veces sería para los argentinos necesario tomar el látigo y emprender indignados como Cristo en el templo contra los mercaderes. Pero para eso, tenemos que tener la conciencia limpia. ¿La tenemos?

  2. Ud predica con rabia pero sho soy la cara de la Iglesia Vernácula y sho sigo predicando las Claves para un mundo mas mejor y lo invito a Mamerto para que predique sus estupideces camperas y también viene Bergollo a verme y a darme consejos .

  3. bueno, dice expresamente a la Argentina de hoy, pero calculo que se le puede aplicar a España lo mismo.

  4. Admirado Fray:

    Amén, amén, amén.

    Me quedó la duda de si predicaba sobre Argentina o sobre España.


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