Posteado por: Fray Rabieta | 15 febrero 2010

Primer misterio rabioso

 

 

Es Raquel que llora a sus hijos y rehúsa todo consuelo,

porque ellos no están más.

(Mt. II:17)

Mis displicentes zopencos:

Como sabrán, bajo obediencia tengo de predicar sobre los misterios rabiosos que nuestro Padre Prior, Fray Letal, ha mandado meditar y que buena falta nos hace.

En este primer misterio rabioso, contemplamos con horror la masacre de los santos inocentes. Niños de menos de dos años, ¡degollados! El famoso cuadro de Brueghel el Viejo representa bastante bien lo que aquello ha sido, pero nada más estremecedor que las sucintas palabras del evangelista Mateo—el único que refiere este incidente: “Entonces Herodes, viendo que los magos lo habían burlado, se enfureció sobremanera, y mandó matar a todos los niños de Belén y de toda su comarca, de la edad de dos años para abajo”.

Conocerán la historia, me supongo, distinguidos palurdos, pero por las dudas, aquí va su síntesis: los Reyes Magos habían visto una estrella y siguiéndola llegaron a Jerusalén; pero como ya no la divisaban más acudieron al palacio de Herodes (el Grande) para indagar sobre las profecías: “¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarlo”. El texto dice que Herodes se turbó, y con él, agrega “toda Jerusalén”. ¿Y bien? Son convocados los sacerdotes y escribas y todos coinciden que aquel rey debía nacer en Belén de Judea. Allí van, pues, los Reyes Magos y en el camino, para su gran alegría, aparece nuevamente aquella estrella que se detuvo encima del lugar donde estaba el niño.

Ahora, este Herodes—rey tiránico y sanguinario que había matado a su suegra, a una esposa, a dos hijos y a una multitud de sirvientes suyos, además de hacerle la vida imposible al pueblo—no era sonso. Y temía que este famoso rey que nacería en Belén le disputara algún día sus títulos. De modo que indagó cuidadosamente acerca “del tiempo en que la estrella había aparecido” y calculó que el niño en cuestión tendría apenas unos meses de vida. Y luego mandó a estos sabios de Oriente que cuando lo encontrasen les avise, que él también quería adorarlo, ja. Pero los tipos se volvieron por otro camino y cuando Herodes cayó en la cuenta de que lo habían engañado, se enfureció sobremanera y… pasó a degüello a todos los niños de Belén y aledaños, y por las dudas, incluso niños de hasta dos años de edad. Este truhán no se anduvo con chiquitas, ni con el tiempo—todos los niños de menos de dos años de edad—, ni con el espacio—Belén y toda su comarca.

Es raro, ¿no?, todo esto. No sé ustedes, pero a mí me da rabia.

Todos los predicadores y autores devotos que he leído sobre este asunto se extienden en ternuras y acarameladas consideraciones sobre la bondad de Yahvé Dios que le envió un ángel a San José y cómo protegió a la Sagrada Familia, etc. Pero a mí, ¿qué quieren que les diga, mis indiferentes feligreses?, a mí me da bronca.

Y para mí que la culpa la tienen los ángeles. O mejor dicho, Dios. Porque los ángeles, ni mú. En efecto, fíjense que en el término de no más de dos años, estos tipos intervienen permanentemente en la historia de la salvación: 1) está el ángel que le avisa a Zacarías que su mujer está encinta de Juan el Bautista; 2) está Gabriel, cuando la Encarnación; 3) está el que se le aparece en sueños a San José para que no repudie a María Santísima; 4) están la multitud de seres angélicos que cantan cuando el Nacimiento; 5) está el que le avisa a los Reyes Magos que se vuelvan por otro camino; 6) está el que le avisa a San José que tome el niño y huya a Egipto para zafar de la masacre de los inocentes.

Pero no está, ni están, ángeles para avisarles a las buenas madres de Belén, “y toda su comarca”, que esperaban la consolación de Israel, que quizá pensaban que a lo mejor, sus propios hijos, no serían… ¿cómo saberlo?…

Y ahora ahí las tienen, lloran como Raquel, “porque ellos no están más”.

Por supuesto que José y María, no por estar “a salvo” en Egipto, dejaron de enterarse de todo esto—que por “culpa” de su propio hijo, muchas madres lloraban desconsoladamente, porque sus hijos “no estaban más”. Seguramente, por sabia, por santa, por inocente y por llena de gracia, la Santísima Madre de Dios habrá entrevisto lo que a nosotros tanto nos cuesta entender, que hay un tiempo para todo, y que lo que Raquel lloró, y lo que lloraron las madres de Belén “y toda su comarca” no era sino prefiguración y anticipo de lo que un día le tocaría a Ella, la Inmaculada—que a ella también, a su cordero, lo degollarían en su presencia. Pero en el tiempo oportuno, cuando se desplegara libremente “la potestad de las tinieblas” (Lc. XXII:53).

Mas ahora, mis distinguidos y escépticos salames, les propongo, con mucha rabia, que contemplemos por un momento a todas estas madres—¿cuántas serían, 30, 50, más todavía?—todas estas madres con el dolor más grande del mundo, que es tipo del dolor de María Santísima, el dolor por la muerte del santo inocente, ay, ay, ay.

¡Qué lío se armó con la venida de Cristo! ¡Qué despelote! De entrada nomás, ni bien aterriza por aquí y ¿no van y liquidan no sé cuantos bebés inocentes a cuenta de su llegada? Y los ángeles, muzzarela, nada. Aquí no intervienen. Como a osadas, no intervinieron cuando llevaron a nuestro Inocente Señor al matadero—porque Él no lo quería, como retóricamente se lo preguntó a Pedro: “¿O piensas que no puedo rogar a mi Padre, y me dará al punto más de doce legiones de ángeles?” (Mt. XXVI:53)

Porque digo yo, ¿no?—un poco al modo de Pedro, sí señor—¿no podía mandar Dios un ángel de la muerte para que lo mate al Herodes éste, que ya bastante tropelías había hecho? Pues, no. ¿No podía mandar ángeles para que se le aparezcan en sueños a las madres (o a los padres) de los niños de Belén, para que se tomen el buque, como hizo con San José? Pues, no. ¿Y aunque sea un profeta que vaticine, más o menos enigmáticamente, lo que ocurriría pronto, en Belén de Judá?, digo, ¿no?, para que los más fieles, los que esperaban la Consolación de Israel se pudieran rajar, como los cristianos de Jerusalén cuando vieron el cerco de Vespasiano? No. Nada. Silencio. Ahí tienen a las madres de Belén besando a sus bebés, envolviéndolos en pañales, dándoles de amamantar, velando sobre sus sueños, todas esas madres que despliegan ternuras sin fin, todas esas madres que exhiben orgullosas el fruto de su vientre, que se los muestran a sus vecinos, llenas de gozo, que le sonríen a aquellos inocentes—y, véanlo si quieren, y díganme si no les da rabia—a unos pocos kilómetros, de noche, cómo se aproximan las tropas de Herodes con su mandato inicuo: se oyen los arreos, el roce de las cabalgaduras, el tintineo de las espadas y las lanzas, las voces de mando y la crueldad organizándose.

No sé ustedes, pero a mí todo esto me da mucha rabia. Y si a ustedes, no… bueno… pedazos de sotretas… es porque son sotretas: los sotretas cristianos que no se conmueven con nada, que nada les importa, que todo es paz y amor y no hay por qué andar removiendo las historias… que nuestros hermanos mayores… que no sé qué y no sé qué más… que es todo historia vieja, que ya fue, que los santos inocentes están en el cielo—y sus pobres mamás, probablemente también—, que todo esto ya pasó y que todo contribuye al bien de los que aman a Dios.

Y hay algo en eso, ¿no?, que esta última frase es de San Pablo, y que en efecto… salvo que… salvo que tengo un pequeño problemita—con ustedes, conmigo mismo, con el mundo y si hay que decirlo todo, con Dios.

Y es que la masacre de los santos inocentes no sólo no pasó, sino que empeoró, se incrementó, aumentó en crueldad, en cantidad, en iniquidad: ahora mismo, mientras esto predico, se está llevando una matanza artera, sistemática, continua, cruel y mundial de incontables santos inocentes: el gran genocidio encubierto de nuestro tiempo, infinitamente peor que el de Herodes, infinitamente más extendido que Hiroshima, que Dresde, que Hamburgo—infinitamente más cruel que lo ocurrido en el “Archipiélago Gulag”, o el famoso “holocausto”, o lo hecho por Pol Pot (que mataba a los negros a palos, para ahorrar balas, y a fe mía, a veces pienso que aquí entre nosotros… ¡bueh! …dejemos eso…

Herodes dio la orden de masacrar a los santos inocentes. Por lo menos se hizo cargo de lo que hacía. Ahora la orden la dan las madres. Los soldados cumplieron órdenes impartidas por la autoridad legítima. Ahora la masacre la ejecutan tipos con delantal blanco, que hicieron el juramento hipocrático, asesinando santos inocentes clínicamente, a sabiendas que los niños por venir… por venir… ¡Dios mío!… los niños enviados por Dios… inocentes, indefensos, que reculan ante el fórceps, que sufren—no sé si lo saben, pero ya está demostrado exactamente eso… en verdad, me quedo sin palabras. Mi corazón se llena de espanto. Quiero pensar en otra cosa. Quiero mirar para otro lado… la cruel, brutal, extendida y numerorísima, a razón de uno por minuto, más o menos, matanza de los santos inocentes.

Y luego me da rabia, qué carajo quieren que les diga. Nuestros obispos, por ejemplo, calladitos con esto, mutis por el foro. No sé si es verdad que el canalla éste de Kirchner quiere sacar la ley a favor del aborto o no, pero nuestros prelados, ¡nada!, de esto mejor ni hablar, a ver si el mundo se enoja con nosotros, a ver si perdemos nuestras prebendas, a ver si armamos un conflicto como hizo el imprudente de Basseoto… ¡puajjj! Me dan asco, estos tipos con sus vestidos colorados, gruesos anteojos y pomposas maneras… y me pregunto qué tiene que pasar para que se enojen: que se discrimine a un negro, que se celebre una misa de San Pío V, que se ponga en evidencia a los curas pedófilos, que se fume en la sala parroquial… a lo mejor ahí se enojan, un poquito, pero con esto del aborto, no se nota ché, nunca dijeron, oficialmente, nada, nada, nada. Nada contra las madres asesinas de sus propios hijos, nada contra los médicos que… ¡otra que Mengele!, nada contra las ONG que propician abortos en masa, nada contra las aborteras más famosas, nada contra el buque que se sustrae a toda jurisdicción para perpetrar esta horrible masacre, nada… nada. Sólo diálogo, amor, comprensión, integración y la mar en coche.

Díganme si no les da rabia.

Ya sé que ustedes no lo van a leer, porque todo este asunto los trae al fresco, pero el reciente documento de Benedicto XVI que “suprimió” el limbo es una maravilla de consolación, de buena doctrina, de justa consideración con los santos inocentes que mueren a mansalva, todos los días, a cada instante, mientras tomamos el colectivo, o nos vamos a dormir, o nos sentamos a comer.

Pero quiero agregarle algo más al documento ése: en el día de la Ira, los Santos Inocentes que están en el cielo, en el Reino de los Cielos, van a bajar a juzgarnos a todos, a ustedes y a mí, para empezar, y a continuación a los cardenales y a los obispos, a las autoridades políticas, a los médicos, a las madres asesinas… ¡a todos!

Porque todo lo oculto, toda esta masacre tan encubierta como generalizada, todo lo oculto, digo, quedará al descubierto (Mt. X:26).

Ahora, mientras tanto, mientras contemplamos este misterio de iniquidad, díganme si no, mis feligreses con sangre de pescado, díganme si no: ¡qué rabia, ché! ¡qué rabia!

*  *  *

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Responses

  1. Muy buena su pagina. Tengo entendido que Benedicto XVI no abolió el limbo.
    Saludos

  2. Rabia y dolor.Asco dan nuestros Obispos que tendrían que denunciar TODOS LOS DIAS DEL AÑO esta cobarde masacre.Cada uno quiere tener su quintita su congregación su parroquia su instituto su prelatura (parecen Francis Mallmann hablando de SUS PAPAS;SUS ARVEJAS;SUS CACEROLAS)y en eso les va la vida .Los Inocentes asesinados no son de su incumbencia o sea Cristo no está en el horizonte de estos tipos .
    Ojalá aparecieran muchos Padres Merrin.

    Karras.

  3. Más que rabia me invade una tristeza desoladora Fraile. Tan honda y desvastadora que no puede subir y transformarse en rabia.

  4. “Sólo diálogo, amor, comprensión, integración…”. Dan arcadas.


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