Posteado por: Fray Rabieta | 1 febrero 2010

Ostras

Antes los curas eran malos, pero tenían fe.

Ahora son macanudos, ché. Pero no tienen fe.

(Mi viejo)

Pedazo de sotretas:

El cristiano tiene que esforzarse en ser otro Cristo, en “tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús”, en aprender a ser como Él, “manso y humilde de corazón”, ciertamente. Pero también, cuando a mano viene, airarse, recriminar, y hasta impacientarse e insultar al truhán que fuere. Insisto, cuando a mano viene. Y todo eso, bien. Porque en efecto, es de saber que hay una manera buena, justa, prudente y correcta de enojarse, de reprochar alguna cosa, de denunciar algo que está mal, y hasta de impacientarse ante las tonterías de los amigos.

No sé qué imagen tienen ustedes de Cristo—si acaso tienen alguna, si acaso alguna vez se pusieron a pensar en esto (y lo dudo mucho)—pero en cualquier caso sólo se puede inferir de una lectura atenta, inteligente y desapasionada del Evangelio. Como hizo nuestro P. Castellani cuando habló, por enésima vez, de Cristo y los fariseos. Y si la cita les parece un tanto larga, el asunto es importante:

Lo contradijeron, por supuesto; lo denigraron, calumniaron, acusaron, tergiversaron, persiguieron, espiaron, reprendieron. Y entonces el sereno recitador y magnífico poeta se irguió, y vieron que era todo un hombre. Recusó las acusaciones, respondió a los reproches, confundió a los sofisticantes con cinglantes réplicas. Y haciéndose la polémica más viva cada vez, con unos enemigos que contra Él lo podían todo, se agigantó el joven Rabbí magníficamente hasta el cuerpo-a-cuerpo, la imprecación y la fusta. Dos veces por lo menos, al principio y al fin de su heroica campaña, hizo manifestación de violencia, no se detuvo ante las vías de hecho. Hijos de víbora, sepulcros blanqueados, raza adúltera, y el fulgurante recitado de las siete Maldiciones (Mt. XXIII); ¡Ay a vos, escriba y fariseo hipócrita!”, repetidas con fuerza inconmensurable. “Vae vobis, hipocritae!”. ¿Está esto en el Evangelio canónico? Está incluso en el Sermón de la Montaña, en el “dulce”, en el “místico”, en el “poético” Sermón de la Montaña (como dicen los que no lo han leído) aunque Tolstoi lo ignore y no acaben jamás de encontrarlo muchos católicos “bien”. Son los siete arbotantes de piedra de las Ocho Bienaventuranzas, el esqueleto férreo sin el cual el cristianismo se vuelve gelatinoso, y el León de Judá deviene una especie de molusco, de esos que como las ostras y los pulpos puede tomar todas las formas que quieran. Si Cristo hubiese sido ostra, no lo hubieran matado.

Si Cristo hubiese sido ostra… Nuestro buen Castellani no podía ser más gráfico—ni mostrar mayor amor a su Señor (aunque supongo que ustedes, mis queridos pelafustanes, no lo podrán ver). ¿Ostra? ¡Tu abuela! Manso y humilde de corazón, sin duda. A menudo compasivo y tierno, claro que sí. Pero la cosa no termina ahí: no es eso el Cristo, no es sino un aspecto, o varios, de una personalidad considerablemente más compleja.

Y me pregunto, y les pregunto, antes de que se queden totalmente dormidos: ¿tan difícil es ver esto? ¿Tan difícil entender que un arranque de ira puede ser la contracara de un tierno amor herido? ¿Que un terrible insulto—no sé, a fe mía, “raza de víboras” es bastante fuerte para empezar con alguna cosa—puede proceder de una enorme compasión? ¿Tan complicado es este asunto de que “la imprecación y la fusta” que dice Castellani, proviene de un celo divino, (y por las dudas eso mismo quedó registrado por los Evangelistas)? ¿Que el amor por una cosa cualquiera, exige su defensa contra sus enemigos? ¿Que cuando se pone en duda el buen nombre y honor de Dios no hay sino enojarse, y mucho? ¿Que si ponen en duda la castidad de vuestras esposas, o la honra de vuestro padre, o la veracidad de un buen amigo, no hay acaso más remedio que surtir al murmurador, pegarle una buena tunda al que injuria gratuitamente, armar una buena marimorena con quiénes ponen en duda la honestidad de un amigo?

Hasta el Concilio Vaticano II, ningún cristiano de veras podría haber tenido la más mínima duda sobre todo esto: sabía que todos somos un poco como lo que decía Platón de cualquier soldado: como el dios Jano, tenemos dos caras, una, la exterior, áspera, dura y si hace falta, colérica; pero la otra cara, la que mira al interior, es tierna, y dulce y compasiva y mansa. Así el soldado pelea ferozmente porque ama a su país, o a los suyos. Y no sólo el soldado. Hay veces en que una buena madre tiene que enojarse, y mucho, si ve que sus hijos son injustamente maltratados u objeto de una injusticia. Hay veces en que un cura tiene que enojarse, y mucho, si ve que un feligrés quiere desecrar alguna cosa sagrada—la liturgia, por ejemplo.

Insisto, hasta el malhadado concilio éste que digo, nadie tenía la menor duda, y los cristianos sabían conjugar virilidad con compasión, coraje con paciencia, austeridad con benevolencia, ira con misericordia.

¿Dije “ira”? Pues, como sabrán, es la especialidad de esta Santa Casa. Pero no cualquier cólera, no siempre, pues para que sea eficaz y virtuosa necesariamente tiene que proceder de un alma mansa, según aquello de Santo Tomás, ¿no?, según el cual

El primer efecto de la mansedumbre es hacer al hombre dueño de sí mismo.

Esto se me está haciendo largo, pero no hay más remedio, tan estúpidos son los cristianos de nuestro tiempo—como los de la Parroquia de al lado que piensan que con tratarnos todos dulcemente se arregla todo. Y de ahí su horror ante la Inquisición, que le ahorró a España miles de muertes en guerras religiosas en el resto de Europa, su escándalo ante las Cruzadas, las gestas de la caballería o los ejércitos papales. Pero no se escandalizan, se les hacen los dedos huéspedes con la desecración litúrgica, con el genocidio encubierto de un aborto por segundo, con las dos bombas atómicas arrojadas sobre poblaciones civiles ni con los homosexuales ¡adoptando chicos! (En USA un juez dijo que era perfectamente legítimo, a menos que fumen).

Y aquí señores, quiero detenerme en algo más. Por haber recortado a lo Tolstoy la verdadera personalidad de Cristo, por haberlo desfigurado hasta convertirlo en ostra, se impusieron los maricones, ganaron los indiferentes, tenemos obispos como este maula de Bergollo, y cosas peor todavía. Como que hoy en la inmensa mayoría de las casas mandan las mujeres, cosa que constituye señal segura de la ruina de una ciudad, como ya lo dijo Catón el viejo, hace unos cuantos siglos atrás.

¿Cómo hemos llegado a esto? Piensen en Carlomagno, en San Luis Rey de Francia, en Teresa la Grande o en el mismísmo Newman: ¿qué dirían de ver a los cristianos dominados por sus mujeres, con una liturgia ja-ja-ja, un lenguaje de moluscos y una espiritualidad de maricones?

En estos días se ha muerto el gran novelista J. D. Salinger que con ser judío y todo vio la cosa con toda claridad. En su novela “Franny & Zooey” el hermano le canta la justa a su Franny, que se había inventado un cristianismo sentimental y falsario. Tengo que citar lo que decía allí de memoria, pues presté el volumen a algún sabandija que no supo devolverlo, ahijuna con él.

Vos te inventaste un Cristo a tu gusto que se parece a San Francisco—a un San Francisco que también te inventaste a tu gusto.

Ja, ja. ¡Típico, típico! Se creen que San Francisco era una suerte de hippie que vagaba por los bosques cantando con los pajaritos… ¡ja, ja! Se encontraran con el verdadero Francisco y no podrían creer lo severo, lo malo que podía ser, si la situación lo exigía. Como que fue el santo que más se pareció a Cristo, según dicen por allí.

En fin, mis queridos pelandrunes, ¿para qué insistir? Si no entienden todo esto es porque no entienden nada. Si no entienden esto, váyanse a la Parroquia de al lado, donde la ceremonia del beso de la paz dura más que este sermón, donde se acompaña la renovación incruenta del sacrificio de la cruz con guitarras, bombo y charango. Si no entienden esto, no son cristianos, porque no conocen a Cristo.

Pero a ver si aprenden de una buena vez lo que son pastillas: si no conocen a Cristo es muy posible que Él, en el día de la Ira, no los conozca a ustedes.

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