Posteado por: Fray Rabieta | 18 enero 2010

El Colegio

Él no humilla de buena gana,

ni aflige a los hijos de los hombres.

(Lam: III:33)

Especie de asnos:

Cuando yo era muy chico, más o menos de cinco o seis años de edad, mi mamá me agarró de la mano y me llevó a un “kindergarden”, a una escuela para niños que no quedaba a más de dos cuadras de mi casa. Yo me resistía—como si intuyera lo que se venía—y cuando me quiso dejar allí armé tal barahúnda que se difirió mi carrera escolar por un año.  Pero a los seis, barahúnda o no, estaba encerrado en aquella escuela a cal y canto y comenzó un largo íter de tribulaciones. Y comencé a soñar en terminar el colegio. Cuando ingresé a la Primaria, entraba a primera hora de la tarde y veía salir a los gigantes de la secundaria y me parecía que jamás llegaría a semejante edad. Y cuando estaba en la Secundaria, los años pasaban muy, muy despacio, y me parecía que estaría en el colegio por siempre jamás, que el colegio no se terminaría nunca.

¿Qué quieren que les diga? No me gustaba. Odiaba el colegio, los celadores, las maestras, los profesores, el regente y todo. Odiaba las materias, el uniforme, el olor a tiza y el régimen de faltas (¡oh si me hubiesen dejado faltar más! Mis padres no me dejaban. Por suerte, ya de más grande, aprendí lo que es hacerse la rabona y, unos años más tarde, a fumar y a hacer lío en clase). Odiaba el sistema de amonestaciones, las formaciones, las clases de gimnasia y el banco asignado, los actos escolares y la brevedad de los recreos, aquel compañero que nos rigoreaba y aquel otro que era sucio (un año me tocó de compañero de banco uno que no usaba desodorante), no entendía las clases de física y abominaba de las matemáticas, no estaba de acuerdo con el profesor de historia y el de biología era un… bueno, ya saben. Lo cierto es que pasaban los años y yo seguía allí, preso, año tras año, y no me gustaba, lo odiaba con toda el alma, y no se terminaba jamás.

Pero un día terminé, un día egresé del colegio y no tuve que ir nunca más, ja, ja… eso creía yo.

Porque bien mirada la cosa, mis queridos palurdos de décima, el colegio no se termina nunca. Salís y empezás a trabajar y ocurre que el régimen es muy parecido. El jefe nos recuerda al regente, el compañero de laburo se parece demasiado a más de uno con quien tuvimos que convivir tantas horas en el colegio, la tarea resulta tan abrumadoramente aburrida como la que nos imponían entonces, los temores de sanciones por llegar tarde, o por hacer algo mal, si acaso, aumentan. El trabajo se parece demasiado al colegio.

Por no hablar de la universidad, obvio analogado de la escuela, con materias, régimen disciplinar, estudio, profesores y todo lo demás. Una porquería, si me preguntan—y en cualquier caso, una porquería peor. Así, poco a poco fui cayendo en la cuenta, amables floripondios, de que el colegio no se termina jamás. No les hablaré de mi noviciado—¿para qué?—bien se lo pueden imaginar, más parecido al colegio que ninguna otra cosa, con un sistema disciplinario más estricto, con maestros más estúpidos, con códigos e innumerables pavadas, tontas costumbres e imbéciles hábitos que se multiplicaban al infinito. Y allí también estaba prohibido fumar, prohibido dormir fuera de hora, prohibido comer fuera de hora, prohibido esto y prohibido lo otro. Tampoco me gustó, les confieso.

Así que, como bien saben, no me casé. Pero si alguno se casó, bien sabe lo que tengo para decir a continuación: el colegio no se termina nunca. Al principio, no se parece tanto—te engañan como un cochino, que con la luna de miel y todo… pero siguen en el colegio: casados, por así decirlo, con la profesora de Geografía, ja, ja, ja. Que empieza con que hay que sacar la basura a la calle, y sigue con que hay que ayudar a lavar la cocina, que hacer la cama, que barrer, que traer más plata del otro colegio, el laburo, para volver a este otro colegio, más severo, si cabe la cosa, en el que hay que cambiar pañales, hacer las compras, pagarlas, dar explicaciones por haber llegado tarde, sin poder dormir todo lo que te venga en gana, sin poder elegir enteramente qué se desea hacer, ja, ja. Por más católicos que seamos, y por mucho que digamos que es institución natural y divina, y por mucho que sostengamos que es indisoluble—y eso hacemos—no por eso seremos de esos estúpidos catolicones que se complacen en repetir que el matrimonio es la felicidad. A lo mejor es obligación casarse, cada uno verá, pero ¿felicidad? Ya te voy a dar a vos. Es una continuación del colegio.

Y uno sueña con terminar con eso. A lo mejor cuando seamos más grandes, cuando tengamos más plata, cuando los chicos crezcan, cuando amansemos a nuestra esposa (idea estúpida si las hay, ja, ja, la profesora de Geografía es indestructible), cuando nos jubilemos… pero no hay caso, ché, no hay caso, el colegio no se termina nunca.

Es cierto que con el paso del tiempo, desempeñamos sucesivamente distintos roles, pero eso sí, siempre dentro del maldito colegio. Ya más grandes nos vemos obligados a retar a nuestros hijos—y para nuestra gran sorpresa el ejercicio resulta sorprendentemente más doloroso que ser retados (porque es de saber que un buen cristiano prefiere siempre ser retado que tener que retar a otro—por no decir al propio hijo o hija ¡que son tan bobos!, o a un estúpido feligrés, que es como un hijo bobo). Pero, como fuere, está en el papel de la autoridad constituida, en el del celador o del regente, o del prefecto, o como quieran llamarlo, está obligado a reprochar, a recriminar, a amonestar o a llamar al orden. Y sigue, claro que sí, preso, en el maldito colegio que es la vida.

Y peor que eso. Tiene que administrarlo. Tiene que ver en qué gasta, cuánto, cómo asigna los recursos. De manera que ahora no sólo sigue siendo alumno (de su mujer, recordemos que se han casado con “la” de Geografía), sino que ha ido adquiriendo nuevas incumbencias, de celador, de administrador y de… ¡sí señor! de Director. Porque hay que gobernar la casa de uno y decidir si puede pagar una empleada doméstica, y cuánto le paga, y si se van de vacaciones o no y dónde, y si los hijos de uno van o no van a qué… ¡colegio! Y luego tienen que asistir a nuevos ¡actos escolares!, y ayudar a los hijos con los deberes, (¡mi Dios! ¡tarea para el hogar! ¡otra vez!), y retarlos porque tienen malas notas, y llamarles la atención porque tienen el pelo demasiado largo, o el uniforme manchado, o lo que fuera…

Y luego, llegará el tiempo de llevar los nietos al colegio. Es el tiempo en que comienzan a internarlo a uno, al principio de a ratos: en un sanatorio en el que las enfermeras y los médicos te tratan como alumno rebelde y no te dejan fumar, ni dormir, ni irte, y te dan inyecciones (“¡vamos abuelito! ¡dése vuelta!”), y la comida es una bazofia, y el de la cama de al lado tampoco usa desodorante y hay una radio prendida día y noche en el pasillo… de tal modo la pasa uno que comienza a extrañar el otro colegio, su propia casa. Y al final, lo más probable es que terminemos en un geriátrico, la cosa más parecida al colegio del mundo entero, je, je.

A lo largo de la vida, y a cada paso, revivimos escenas del colegio: cuando el policía te detiene en la ruta para ponerte una multa, cuando te citan del colegio de tus hijos porque fulano anda mal, cuando te llama el jefe en el trabajo para reprocharte no sé qué cosa que hiciste mal (o, por lo menos, a él le parece), cuando llegamos tarde, o cuando nos quedan tareas para el hogar—después de las cuales empiezan las tareas del hogar, que si no las hacen serán severamente recriminados por… je, je, ¡la profesora de Geografía!

Como comprenderán, no tengo ganas de hablarles de cómo es una orden monacal como esta de los Santos Retobaos, y como son todas, pero seguramente lo imaginarán sin problema alguno: que se parece, se parece demasiado, a un colegio.

Porque nos pase lo que nos pase, hagamos lo que hagamos, siempre estaremos, hasta el fin de nuestros días, presos, sujetos, sometidos y encerrados en un colegio.

Ahora bien, estimados paparulos que nada entienden. Tampoco es tan insoportable—o, por lo menos, y ¡atención!, porque depende de ustedes, no tiene por qué ser tan, tan insoportable, hay caso de atenuar las penas. Es cierto que el colegio sólo se termina el día que nos morimos, pero en el mientras, no tiene por qué ser una perfecta pesadilla: y eso depende de nosotros.

Y digamos, de una buena vez, por qué. En el colegio hay cosas buenas, fabulosas, comenzando por la amistad. Allí es donde aprendimos esa cosa fantástica, única, regalo de Dios, inigualable que es anudar amigos: de hecho, si se conservan esas primeras amistades, son las mejores del mundo. Yo sé que eso está desapareciendo, mis abominables estúpidos, sé bien que se está cumpliendo al pie de la letra la advertencia de Castellani:

Nos daña un amigo tonto—

Disculpen si los afronto,

¡oh amigos, ya no hay amigos!

Pero insisto: eso depende de nosotros, el resguardo, el mantenimiento y el delicado culto de la amistad, de los amigos que supimos conseguir en los distintos colegios de los que está hecha la vida. Porque es de saber que en todas partes hay candidatos formidables para ser amigos, amigos de veras. Claro que la peor fórmula del mundo, como señala Lewis, para hacerse amigos, consiste en querer tenerlos. No, mis distraídos zascandiles, hay que entusiasmarse por la verdad, apasionarse por cosas—si elevadas, mejor, pero en cualquier caso, apasionarse: por la poesía o el fútbol, por Dios o por la filatelia, por la música o por los fierros… no sé… no importa… lo importante es ponerle verdadera pasión a eso, y ya encontrarán quien comparta esa misma pasión y habrán encontrado un verdadero amigo. Desde ya que el valor de esa amistad estará directamente vinculado al objeto de vuestra pasión—pero en cualquier caso hará que la vida, la vida en el colegio que es la vida, sea más llevadera. Y si tienen muchos amigos, si pueden, si sale bien la cosa, mejor.

No sólo eso. Si consiguen “amistar” con vuestra esposa, la Profesora de Geografía, je, je, (tarea ardua, casi imposible, pero no enteramente, fíjense si quieren) y si consiguen “amistar” con vuestros hijos—y espero que no me malinterpreten, pues pase lo que pase, siempre el varón ha de ser cabeza de la mujer, y nunca un padre puede resignar la autoridad divinamente conferida para mandar sobre los hijos—pero si consiguen “amistar” con ellos, la cosa será más pasable, menos dura. Siempre estarán presos, cómo no, en el maldito colegio: pero todo será menos pesado, más llevadero. Y mejor todavía, quizá puedan amistar con un profesor, con alguien que sabe más que uno, del que tanto se puede aprender (pero ya sé, ya sé—ya sé que en los tiempos que corren no hay docilitas, y que los sagrados vínculos que crea el magisterio tienden a desaparecer por falta de eso).

Ahora bien, hay más. ¿Por qué la vida se parece tanto a un colegio? O más bien, ¿por qué el colegio se parece tanto a la vida?

La solución es de cajón, ¿no? Porque se trata de aprender. Y no es fácil aprender, mis estimados burros, que capaz que ni eso aprendieron. Nosotros, los de la caída raza de Adán, somos refractarios a aprender, nos cuesta, se nos hace cuesta arriba, y por lo pronto no nos gusta reconocer que no sabemos y que somos unos ignorantes y que tenemos muchos que aprender. Y por eso, más que nada, odiamos el colegio.

Pero al colegio hay que ir igual, nos guste o no. Por eso, mis distraídos feligreses que están pensando en no sé qué, aquí se los digo: aprovechen el colegio, la vida, para lo que realmente sirve.

Para aprender, como digo, cosas; para hacerse amigos, para hacerse discípulos de quien sabe más que uno.

Y sobre todo, para aprender la ruda lección número uno de la vera religión.

Habrá alguno que todavía no se durmió en esta especie de clase que es este sermón y se preguntará cuál es ésa: la primera lección de la verdadera religión. Se los diré, amigos, se los diré. Se llama “Islam” y nuestros hermanos los “muysulmanes” o “mahomenos” pueden enseñárnosla perfectamente (es lo único, prácticamente, que tienen para enseñarnos, que Dios, antes que nada es Trascendente). Porque en efecto, “Islam” quiere decir “sumisión” y refiere a la sumisión que le debemos a Dios Todopoderoso.

No les diré mucho más que esto: en la Parroquia de al lado, en la religión progresista, el concepto está ausente por completo (de tal modo que ni religión es—¿cómo se van a “religar” con Dios si no es empezando con perfecta sumisión al que Es?): ni se les ocurre que la liturgia, la doctrina, la moral y la espiritualidad dependen por entero de una entera, completa e íntegra sumisión a Dios.

Y eso no es fácil, puesto que, como dice San Pablo, todos hemos sido encerrados en la desobediencia. Aprender esto es arduo, penoso, trabajoso y largo. Y por eso y para eso, para aprender eso, hay que ir a un colegio. El colegio es una porquería, de acuerdo (aunque, por lo que dijimos, no del todo). Y ya que nos obligan, durante toda la vida, a concurrir allí, convendría aprender una que otra cosa.

Comenzando, como digo por el Islam, por la sumisión, por un poco de obediencia.

Después aparecerán los amigos, los maestros y un poco más de verdad.

Y al fin final, si todo sale más o menos bien, veremos que valió la pena y habrá una “rata”, una “rabona” espectacular, con los amigos, con quiénes nos reiremos de lo lindo de las cosas que pasamos juntos en ese colegio que es la vida.

Porque se enjugará toda lágrima, porque lo de antes, pasó.

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