Posteado por: Fray Rabieta | 30 diciembre 2009

La trompetita

El hombre, nacido de mujer,

vive corto tiempo.

(Job: XIV,1)

 Mis imbéciles amigos:

 A menos que sean muy jóvenes, o completamente tarados, seguramente al terminar el año habrán pensado más de una vez lo rápido que pasó. Y así es. Y cuántos más años habrán visto pasar, sentirán esto con más y más fuerza: que el año, que la vida, pasa rápido. Esto es, que la vida es breve.

Si quieren, canten con Lito Nebbia que “sólo se trata de vivir”, o repitan como un mantra aquello que tanto le gusta a los estúpidos progres de nuestro tiempo, “carpe diem”, disfruten del momento, etc. Y si no, también pueden formular con aire solemne y como si fueran sumamente originales que lo importante es vivir, que la vida es lo importante y que de eso se trata y de nada más. Ja, ja—me río, porque esos tarados progres están progresando, cómo no, ¡y a qué velocidad!, hacia la muerte.

No, muy señores míos, fíjense un instante nomás y verán una cosa de cajón: que no hay un solo anciano, un solo pensador, un solo poeta, filósofo, historiador, gramático, lógico, mecánico, peón de campo, cura, obispo o cardenal—no hay un solo novelista, vigilante, plomero, astrofísico ni vidriero… no importa que sea budista o ateo, materialista o hippie, no importa si es cristiano o musulmán… nada de eso… no importa si es chino o galés, nacido en Burkina Fasso o en Londres… no cuenta si es músico o filatelista… no, no y no… absolutamente todos los que han vivido algunos años, en esto coinciden exactamente: que la vida es breve, que dura poco, que pasa rápido.

En esto no hay ni una sola voz que disiente, ni Gramsci, ni Rousseau, ni Marx, ni Freud, ni Niestzche, ni Tolstoy, ni Shakespeare, ni Platón, ni Juvenal, ni nadie, ché… todos, absolutamente todos insisten con Job, con Juan de la Cruz, con Séneca y con Homero Manzi que la vida es corta, que se pasa en un santiamén, que cuando te querés acordar, fue; en menos de lo que canta un gallo, fuimos, seamo’ fori, quedamos fora na pista, you lose, ça-y-est, perdimos, ya está, qué vachaché.

Es la vida. Es breve, mis distraídos feligreses que parecen tan, pero tan aburridos. Yo les aseguro que cuando caigan en la cuenta de esto—y puede que eso sea demasiado tarde, y a mí no me van a echar la culpa de eso porque se los estoy avisando, aquí y ahora—les pasará toda clase de cosas, pero no se van a aburrir, eso sí que no: se van a morir, ja, ja, ja.

Y yo también, caray con eso. Y falta poco, fíjense como lo dijo Newman:

 De esto, por lo menos, estamos seguros, que, venga más tarde o más temprano, la muerte se mueve continuamente hacia nosotros. Cada instante que pasa, y cada vez estamos más cerca de ella. Cuando nos levantamos cada mañana nos hallamos más cerca de aquella tumba en la que no hay obras, ni recurso, ni esfuerzo. Ahora estamos más cerca de la tumba que cuando entramos a esta iglesia. Así, la vida está continuamente desmoronándose a nuestro alrededor. ¿Qué le diríamos a un hombre que se hallara parado sobre terreno precipitoso, cuyo suelo permanentemente se desmorona de modo que se restringe el área donde está parado, donde cada vez hace pie con menor seguridad y que sin embargo se mostrara desidioso sobre el particular?

 Y así estamos, mis estimables pavotes, tirando cuetes y destapando otro champú, que de bien poco les valdrá si no se detienen a pensar un poco—sé que es mucho lo que les pido, pero, bueno, si no piensan están perdidos—en que les queda poco, poquísimo tiempo, que la vida es corta y que la parca viene corriendo hacia nosotros a toda máquina, buscando su presa… que somos nosotros; y que no podemos escapar y que tenemos los días contados y que vivimos de prestado, y que no sabemos el día ni la hora, pero que todos los hombres, absolutamente todos han dicho lo mismo: que la vida es breve.

Ahora bien, pedazo de gandules, si pusieron en movimiento la mollera, a lo mejor me pueden acompañar en lo que sigue. Nadie sabe muy bien qué cosa es el tiempo. Como señaló San Agustín, creemos que sí, pero ni bien nos lo preguntan—no sabemos. Pero lo que sí sabemos es que hay veces en que el tiempo pasa rápido y otras que se nos hace largo. Cuando la estamos pasando mal se nos dilata y hace largo y moroso, se espesa y no parece pasar más: una noche con dolor de muela, un examen difícil, la visita de un plomazo (me pasó ayer, con la visita de… bueno, no lo voy a decir), o cuando éramos chicos, un día de clase en un colegio que odiamos. Y así es, si la estamos pasando mal, el tiempo no parece pasar, o pasa muy despaciosamente. Y al contrario: cuando la pasamos bien decimos que “la pasamos bien”, pero que fue breve, que pasó rápido y por eso lo queremos repetir: una linda reunión de amigos, una buena fiesta, una película muy entretenida o unas vacaciones divertidísimas. Y así en todo: no sé si alguna vez se pusieron a rezar (imagino que nunca) pero si no, hagan la prueba; si la pasan mal, el tiempo que se fijaron para rezar, así sea cinco minutos, se les hará eterno. Pero si la pasan bien, se les pasará volando. De aquí que hay unos estúpidos que subordinan el tiempo de su oración a eso mismo—con lo que terminan no rezando nunca.

Entonces, por más que no sepamos qué cosa es el tiempo, sí sabemos que cuando la pasamos bien se nos pasa volando, y si no, se nos hace largo—y también sabemos otra cosa, y es que si abrigamos una gran expectativa, como cuando éramos chicos que nos habían prometido llevarnos a navegar, o a un parque de diversiones… entonces el tiempo también se nos hace largo. La noche antes de Epifanía, esperando a los Reyes, esperando sus regalos, ¡se nos hacía interminable! Y es por la expectativa ¿no?.

Pues bien, mis distraídos palurdos, piensen un poquitín: al final del Apocalipsis hay un cierto ángel que toca una trompeta y anuncia a todo trapo: “Señores, ¡se acabó el tiempo!”. Eso es la fin del mundo. No sé si lo veremos o no. Pero en cualquier caso, cuando estemos a punto de morir—y falta repoco para eso—un ángel tocará la trompetita para nosotros, para cada uno de nosotros: “Flaco, ¡se acabó el tiempo!”.

Yo no espero que ustedes tengan mucha fe, la verdad que no, ja, ja. Pero espero que no sean tan incrédulos como el imbécil mundo en el que vivimos, un mundo lleno de tipos que no creen que se vayan a morir. ¡Eso sí que es agnosticismo, ja, ja!, ¡eso sí que es ser incrédulo!: ni siquiera creen que se van a morir. Conozco a más de un obispo así, ja, ja.

Ahora bien, si ustedes creen que se van a morir, sepan que eso será pronto, y que siempre será una sorpresa, por mucho que lo piensen antes. Y al oír el son de la trompetita van a empezar a decir estupideces como “¿Ya? ¿Ahora? ¿No queda más tiempo? ¿No hay alargue?”.

No. No lo hay. Flaco, sanseacabó.

Porque la vida es breve.

¿Y bien? Fueran cristianos y la noticia no les resultaría nada mala. Por supuesto que si son del mundo, si pertenecen al mundo y son incrédulos, y pavotes, y tarados mentales, y tienen instalados sus torpes reales en este mundo y echaron raíces aquí abajo, la noticia es pésima: es la peor. Que la vida es breve y que ya se les acabó y que no hay más y que ya pasó.

Pero si fueran cristianos, otro gallo nos cantara. Contra lo que diga American Express, “no pertenecer al mundo tiene sus privilegios”. Porque no habrá más tarjetas de crédito, ni dolor de muelas, porque no habrá más colegios detestables, porque se termina el tiempo de la tribulación, porque empieza otra cosa grande, fantástica, fabulosa, una cena sin fin, una película increíble, un gozo incomparable, un desposorio fascinante, una fiesta de nunca acabar. Y así, la expectativa creada hará que el tiempo inmediatamente anterior se alargue, se haga denso, en cierto modo interminable.

Y así, la noticia de que la vida es breve, resulta una buena noticia, una noticia excelente. Y enhorabuena que el año este se pasó volando.

Y ojalá que el año que viene se pase más rápido aun.

Y entonces, así como el mismo estrépito de la trompetita hará temblar de miedo a los incrédulos, a los cristianos nos hará saltar de júbilo.

Por eso, y sólo por eso, señores, feliz año.

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