Posteado por: Fray Rabieta | 22 diciembre 2009

No es más que un pesebre

No va lo más alto sin lo más bajo.

(C. S. Lewis, en “Los Cuatro Amores”)

 

Mis displicentes pavotes:

Castellani explicó una vez y para siempre en qué consiste el fanatismo y lo hace representándolo con una pirámide o una escalera, si quieren. No se llega a los peldaños de arriba sin pasar por los de abajo. Y si uno llega arriba, haría muy mal si se pusiese a serruchar los inferiores. Quedaría colgado de un poste. Pero repitámoslo con sus propias precisas palabras, aunque bien sé yo que las voy a leer al cuete, que están todos distraídos pensando en el partido de fútbol de esta tarde:

¿Qué es el fanatismo? El fanatismo consiste en poner arriba de todos los valores religiosos—lo cual está bien—y después suprimir o despreciar todos los otros valores, lo cual está mal. Los valores religiosos son ciertamente los más altos de todos, son la cúspide de la pirámide de los valores, pero la pirámide no es pura cúspide; la cúspide tiene que estar sustentada por la falta. Si Ud. se sube a la cúspide y después retira la falda, se cae Ud. y la cúspide; y ésta deja de ser cúspide. El fanático es muy religioso o cree serlo; pero da en despreciar todo el resto, la ciencia, el arte, la nobleza e incluso las virtudes naturales, el talento, el genio, el espíritu de empresa. Su religión se desboca, como si dijéramos. Hay religiosos que son muy buenos religiosos (o lo creen) y desprecian a medio mundo; desprecian, por ejemplo, a las otras Órdenes Religiosas o a los casados, desprecian el Matrimonio. Son fanáticos.

Entre los católicos de los últimos siglos, hay demasiados de estos. Hay quiénes desprecian el sexo, por ejemplo. Católicos maniqueos, tan preocupados con la cuestión del aborto, que preferirían suprimir el sexo, tan ardientes defensores del celibato sacerdotal que ni siquiera le hablan del asunto éste a sus hijos—ni a los seminaristas. Ja, ja. Como si el sexo no fuera creado por Dios, no fuera un bien inmenso, y como si se pudiese construir una religiosidad bien trabada omitiendo su consideración, poniéndolo en su lugar, y alabándolo si a mano viene. No diré que promuevan la pornografía barata de la Parroquia de al lado, esa estupidez progre que cree que no hay pecado original y que cree en Freud, ja, ja.

Pero tampoco se conviertan en esos católicos maniqueos, estúpidos, puritanos, beatones, melindrosos y sobre todo mentecatos. ¿O de qué creen ustedes que habló Nuestra Santísima Madre el día mismo que recibió la Comunicación Más Grande del Mundo de parte de San Gabriel? De sexo. No le pareció irreverente, no le pareció descomedido, ciertamente que no le pareció feo. ¿Cómo puede ser esto si yo no conozco varón?

Y están los que desprecian la jardinería, la bella arquitectura, los que menosprecian una comida bien hecha, una zamba bien compuesta, un vestido primorosamente arreglado, una mesa lindamente adornada, una tarde de lluvia veraniega o un… un buen partido de fútbol. Todo tiene su debida importancia, todo tiene su lugar, todo es querido por Dios: la poesía y una buena broma, un tango bien bailado y una reunión de amigos, el canto mañanero de los zorzales y la sonrisa de un abuelo dedicada a su nietita, el noviazgo de dos adolescentes—mal que les pese al Teólogo Contestador.

Es infinito todo el bien, toda la verdad, toda la belleza que hay desparramada en la Creación, y todo se le debe a Dios Todopoderoso, el Altísimo, el Padre de las Luces de quién desciende todo don celeste.

Pero, estimados paparulos, distraídos como siempre, pensando en cualquier estupidez, dejándose engañar por el primer curita—¿qué digo?, por el primer mancebo estúpido de Acción Católica, por la primera numeraria que hace sus primeras armas en la Gran Tarea del Reclutamiento para la Orga, que se les acerca con un discurso un poquitín lúgubre, con aires de recriminación, la cara triste y su moralina hecha de tenebrosa casuística y peores principios… ¡Ja, ja! Y ustedes se dejan engañar por todo esos catolicones fácilmente, porque no estudiaron nada, como se los señalé el domingo pasado, y porque tienen la conciencia sucia, y porque están distraídos con innumerables pavadas.

Y entonces aparecen los kukús de este mundo y se los comen vivos. Son carne de cañón, sin sentido crítico, que se compran el primer buzón que les quieren vender y terminan firmando contratos, y contrayendo votos, y formulando juramentos que no tienen la menor posibilidad de honrar.

Porque no va, muy señores míos, lo más alto sin lo más bajo. No diré que en el camino de la vida uno no pueda renunciar a cosas más bajas por adquirir las más altas. Así hice yo, por ejemplo, que no me casé por hacerme fraile. Pero nadie da lo que no tiene. No podía yo renunciar a casarme si antes no hubiese aprendido a valorar a tener en altísima estima aquello a lo que iba a renunciar. A mí me enseñaron bien, qué le voy a hacer. Antes de todo, hube de aprender cuán bueno es el sexo, cómo lo quiere Dios, cuán formidable es el Matrimonio, y qué bonitas son las mujeres, cuán importante es tener hijos y criarlos bien, formar una familia cristiana, etc… Recién después de haber “tomado” todo eso, de haberlo “realized” como diría Newman, de haberlo visto en todo el bien que hay allí, en reconocer profundamente, en caer en la cuenta de cuán bueno es todo eso (y lo bien que hicieron mis viejos en casarse, y lo bien que hacen todos aquellos que así lo desean)… recién entonces pude renunciar a eso, por algo mejor.

No es despreciando, menospreciando, lo más bajo que se llegará solventemente, consistentemente a lo más alto. Cuando Newman hizo su voto de celibato lo hizo porque tenía en tanta estima al matrimonio que cayó en la cuenta de que no podría, en tal estado, dedicarse sino con toda su alma a lo que ese estado le exige—porque es un estado, el de casado, muy alto. Pero que había cosas más altas, entonces…

Está en San Pablo.

No es tan difícil de entender, y sin embargo nadie lo entiende. Pero fíjense si quieren en esta Navidad—antes de ir a Falabella a comprarse estupideces, antes de decorar el arbolito, de disfrazarse de Papá Noel, en cantar el “Jingle Bells” y actuar de renos tirando de un trineo—fíjense cómo Dios valora las cosas más bajas: un pesebre, los pastores y los pañales. Con esas cosas tan bajas, ¡se realiza la Encarnación del Verbo! La Obra más Tremenda de Dios se hace con esas minucias, porque no va lo más alto sin lo más bajo.

  Y a lo largo del Evangelio verán—en realidad no verán nada, porque sé que no lo van a leer jamás—pero si lo leyesen eso verían: que Cristo Nuestro Señor ama las cosas muy pequeñas, los niños y los lirios del campo, las fiestas de casamiento y el buen vino, una buena charla con una samaritana o un asadito al borde del lago, un frasco de buen perfume y la amistad de los suyos, la compañía de unas pobres mujeres e ir a comer a lo de un petiso, la salud de un pobre paralítico o la suerte de un pobre tipo que dio en manos de unos ladrones… podrían multiplicarse los ejemplos hasta el infinito, pero como a ustedes todo esto los tiene perfectamente sin cuidado, abreviaré lo que tengo para decirles.

Si en esta Navidad ustedes se sienten pecadores, pobres, desamparados, si en esta Navidad todo les parece un gran sinsentido, y están cansados, y no quieren más sopa, y se les hace de noche en el alma, y las impetraciones para que se alegren caen en saco roto—si se sienten morir con tanto regalo y tanto rumbo, tanto fasto y tantas enhorabuenas, tantos cuetes al cuete, si están hastiados de que se les vuelva a repetir que el Niño tiene que nacer en vuestros corazones o cualquier otro de esos lugares comunes católicos—sepan, pedazo de pelafustanes, que se encuentran excelentemente dispuestos a recibir una sorpresa grande como una casa, se encuentran sumamente bien dispuestos a entender qué cosa es la Navidad. Porque no es otra cosa que la unión de lo Más Alto con lo más bajo, la suma riqueza con toda la pobreza, toda la misericordia con toda la miseria, toda la gracia con el último pecador que se siente pecador, todo el calor divino con el frío que tal vez sentimos en el corazón, todo lo bueno, todo lo bello, todo lo verdadero que baja del Padre de las Luces de quién desciende todo don celeste para nuestro consuelo, para nuestro bien, para nuestra salvación. De modo que si se sienten pequeños, o tristes, o pecadores, o pobres, o cansados, o bajos, váyanlo pensando desde ahora.

Que no va lo más alto sin lo más bajo.

Que, como decía Péguy, el pecador se encuentra en el centro del cristianismo (y si no, si no se supiese pecador, no podría rezar el “Ave María”).

No va lo más alto sin lo más bajo.

Quédense, instálense en vuestros puestos, los últimos puestos, y verán como serán levantados sobre ustedes mismos.

Porque los últimos serán los primeros.

Porque el Dios Altísimo, Todopoderoso, Omnisciente, cuya Esencia es Existir, que es Acto Puro, que Nada Necesita, que es el Totalmente Otro, que está Más Allá de Todo… ese mismo Dios, bajó.

E instaló su campamento entre nosotros, para redimir todas las cosas. Y ahí está ahora, en un pesebre, ché, en un pesebre…

Porque no va lo más alto sin lo más bajo.

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