Posteado por: Fray Rabieta | 14 diciembre 2009

Y a ustedes… ¿qué diablos les importa?

El conocimiento tiene humor femenino.
 Las mujeres practican admirablemente
 ese arte de responder a una pregunta—
 con otra.

(R. L. Bruckberger)

Mis distraídos imberbes:

¿No saben? ¿En serio que no saben? No. No saben su fe. Tienen treinta, cuarenta, cincuenta años y no saben más que lo que aprendieron, y que recuerdan, cuando tomaron la Primera Comunión a los siete años. Ja. Ja.

Saben ganar plata, saben de fútbol y de televisión, saben de autos y saben de lugares lindos para pasar las vacaciones, saben bricolaje, saben jardinería, o mecánica, o ajedrez, o historia—en el mejor de los casos. Ja, ja, ja. ¡Imberbes! Se les pasa la vida y continúan aprendiendo cosas, que sexo, que juegos, que distracciones, saben de cibernética, de “gadgets”, de música y algunos hasta de astronomía, pero ¿de su fe? Te la debo, ché, ni idea.

Igual opinan, no vayan a creer, los muy bestias. Opinan sobre el Magisterio y sobre lo que dicen los Doctores, opinan sobre sesudas materias tratadas en Concilios y en medulares tratados, se ponen a la par de San Jerónimo y de Tomás de Aquino, de San Juan Damasceno y de Louis Bouyer, porque tan poco saben, que creen saber. Y repiten todos los imbéciles lugares comunes a la orden del día, sea sobre la forra cuestión de los condones, o sobre la comunión de pie, sobre la existencia y misión de los ángeles o del primado de Pedro, sobre el celibato sacerdotal, y la oración comparada con la meditación trascendental. Y repiten y repiten una y otra vez, hasta el hartazgo, que hay que ser tolerantes, que lo importante es el diálogo, que hay que construir espacios de consenso y evitar la caza de brujas. Repiten hasta el hartazgo que en la Edad Media se quemaba a las brujas, que había derecho de pernada, que las Cruzadas fueron un horror—por no hablar de la Inquisición Española—, que a Galileo lo embromaron mal, que Savonarola estaba loco, que esto y que aquello… y no saben. No saben porque no leyeron, porque no estudiaron, porque no preguntaron y porque nunca les importó un comino. O al revés, como decía San Pablo: “Siempre están aprendiendo y nunca serán capaces de llegar al conocimiento de la verdad” (II Tim. 3:7).

Porque además de no haber estudiado, además de que todo el asunto este de saberse su fe les importa un belín, además de no tener siquiera la mínima do-ci-li-tas para preguntar (y apuesto a que ni uno sólo de los asnos que me escuchan será capaz de venir después a la sacristía a preguntarme qué diablos es la “docilitas”), además de todo eso—son relativistas. “Y, puede ser… qué sé yo”. Ja, ja, ¡Y saben tantas cosas! Quedaran náufragos en una isla y les tomara examen, si recuerdan qué cosa es la Comunión de los Santos, si saben qué función cumple el ángel de la Guarda, si pueden enumerar cuatro o cinco—¡pero qué digo!—uno o dos signos del Fin de los Tiempos, ¿y? ¡Nada! ¡Nada de nada! Porque no se saben su religión. Pueden hablar lungo del yoga, o de los monjes del Tíbet, o de Mahatma Ghandi, o de Paulo Coelho, pero no sabrían citar de memoria un solo párrafo del Evangelio, no sabrían decirnos cómo era Nuestro Señor, no quiero ser irreverente, pero no saben qué clase de tipo sale del Evangelio, si era como esos mancebos un poco blanditos que aparecen en algunas representaciones del Sagrado Corazón o si por el contrario, tenía un aspecto más bien hierático, casi temible, como del que da fe el milagroso rostro de la sábana santa, no sé… si tenía sentido del humor o no, si era manso o terrible, si andaba con mujeres o no, y en qué términos, si dijo algo al final de su vida sobre una terrible Vuelta—no recuerdan el Credo, no saben cómo se reza el rosario, no tienen idea sobre cuándo hay que ayunar, o qué cosa es un santo, o por qué se dice que la Iglesia es Santa, siendo que hay cada uno… ja.

Y peor todavía. Saben mal. Creen que saben cómo es el diablo, por un par de películas de terror que dieron en ver, cómo es la cuestión del aborto, por dos o tres novelitas de mala muerte, cómo es el asunto de las indulgencias merced a una película protestante que te la cuenta con deliberada intención… y ni siquiera se dan cuenta de que los están intoxicando. Una vez le preguntaron al P. Castellani por qué ya no iba al cine, y contestó: “Porque me gusta saber quién es mi profesor de moral”. Pero no pretendo que entiendan eso tampoco, mis frívolos, distraídos, entretenidos, débiles mentales que tanto saben de tanta cosa, que tan bien manejan la “Play” o que distinguen con tanta precisión entre un “Malbec” y un “Cabernet”—pero que no se saben su fe. Les aburre, ya fue, es de antes, no sirve, es fácil, es demasiado intrincado, no tengo tiempo, estoy muy cansado, bastantes problemas tengo sin que además tenga que ponerme a… aprender mi fe.

Y es por eso, admirables zopencos, es por eso que la mayor parte del tiempo, los frailes de esta Santa Orden de los Retobaos contestamos una pregunta con otra, tal como lo describe el ínclito Fray Bruck. Porque primero tenemos que establecer hasta qué punto preguntan porque quieren saber y no para hacerse los cancheros, por pura veleidad intelectual, por malsana curiosidad, o por embromar nomás. Igual, casi siempre uno se da cuenta, ¿no? Que la cosa no va en serio. Que en realidad, les digamos una cosa u otra, finalmente no les importa. Por el modo de preguntar, por el modo de pararse haciendo ruido con las monedas, o las llaves; por la falta de precisión en la pregunta, por la mirada perdida, o nublada—cuando no la hipnótica del obseso, que también hay de eso, no vayan a creer.

Como decía Belloc, amigos, ¡los doy por perdidos! No tienen remedio. Porque no se reconocen enfermos, ignorantes, pecadores y sobre todo, ¡es-tú-pi-dos! Ja, ja. ¿Qué se puede hacer con estúpidos? Poco y nada, ché, casi nada. Tratar de despertarlos un poco a fuerza de denuestos e improperios, a fuerza de bromas e ironías, a fuerza de paradojas y la repetición de verdades astringentes, ácidas, penetrantes—que nadie quiere oír.

Si no se saben su fe, ¡los doy por perdidos!, ¡que se vashan todos!

Lo de saber, y esto tampoco, seguro que no, tampoco lo saben, está vinculado a “sabor”. Saber y sabor van de la mano, hay que saberse la fe a fuerza de saborear las verdades que se nos proponen. Y eso exige reflexión—cosa que hace doler la cabeza, como decía Bertie Wooster, ja, ja, ja. ¿Les da fiaca?, ¿no tienen ganas?, ¿otro día? Pero, cómo no. Váshanse, no es obligación ser católicos, váshanse antes de que los echemos a patadas, si no les importa nada, si no quieren saberse su fe, si ni siquiera pueden justificar por qué son cristianos, si no pueden dar razón de su fe.

Si no se saben su fe, la vuestra es una fe de pacotilla, una vaga sensación, un tibio consuelo, una especie de placebo, el cumplimiento de una convención, o una práctica automática, mecánica—muerta. Y la prueba está en lo que digo: ni saben que no se saben su fe, ni lo quieren reconocer, y sobre todo, por encima de todo, no les importa.

Porque además, es todo relativo, ¿no? Vaya uno a saber si Fray Rabieta no me pasa para el cuarto, no me vende cualquier verdura, no me pinta la cara, no me está metiendo gato por liebre, ja, ja.

Mis queridos burros: confieso que nunca me he divertido tanto en un sermón, jamás he disfrutado tanto cantándoles verdades de a puño, cantándoles las cuarenta, como aquellas que decía el Martín Fierro: “cosas que conocen todos, pero que nadie cantó”.

Y volviendo al apunte de Bruckberger, déjenme ahora a mí hacerles una preguntita: ¿Qué cosas les importa? ¿Qué les importa?

Seguramente han de ser cosas importantísimas.

*  *  *

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Responses

  1. Sustancialmente de acuerdo, incluso o especialmente en la mala uva del planteamiento. Tal vez quitaría alguna hoja que estorba al cogollo de la cuestión, pero sí, más o menos es eso y más o menos son así.
    Un saludo.

  2. Tú que de todo sabes y que sabes que yo no se nada: ¿Quieres ser mi confesor?

  3. ¡Fantástico texto fray rabieta!

  4. Muy bueno, y muy certero, fraile.

    Un servidor lleva algún tiempo en el camino de despejar su propia burricie, y si a su fraternidad no le importa, me impondré como penitencia seguirle de cerca en lo sucesivo.

  5. A la cita de Bruckberger le añadiría:

    «… y los gallegos, también» (¡ojo! Los gallegos sensu stricto, de Galicia, ¿eh?)


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