Posteado por: Fray Rabieta | 8 diciembre 2009

El rol de Pilatos

La imparcialidad es un pomposo nombre
para lo que en realidad sólo es ignorancia
y la ignorancia no es más que un elegante nombre
para lo que en realidad sólo es una supina indiferencia.

(G. K. Chesterton)

Mis terribles salvajes:

Chesterton era amable, simpático, un gordo bonachón que se llevaba bien con todos, que no se peleaba con nadie y que a todo el mundo caía en gracia. Pero claro, tenía un carisma que nosotros, los de la Orden de los Retobaos no tenemos. La gracia de decir verdades terribles, graciosamente. Y que, a pesar de las implicancias de lo dicho, haga reír.

Claro que eso sucedía porque entonces como ahora, la inmensa mayoría de la gente no se pone a pensar. Se reía de lo que decía Chesterton porque les caía en gracia el modo que tenía él de decirlo. Pero si alguno se ponía a pensar un poco… ya se reiría considerablemente menos. O más, según cómo entendiera la cosa.

Fíjense en la frase que nos ocupa hoy. Hoy en día resulta políticamente correcto erigirse en jueces ecuánimes, imparciales y a osadas amistosos, cuando se ventila alguna cuestión más o menos polémica—qué sé yo, la cuestión de las uniones civiles de gente del mismo sexo, por ejemplo. O la del aborto. Cuando en una reunión unos toman partido a favor y otros en contra, y eso acaloradamente, nunca falta un buey corneta que aparece como sabio, considerado, justo y distinguido: le da la razón a unos y a otros, sabe ver la parte de verdad en el argumento de uno, pero observa que su contrincante no carece enteramente de razón también, y así… así pasa por un ilustre ciudadano, tolerante y democrático que sobre todo entiende que no hay que pelearse, que hablando se entiende la gente, que lo importante es intercambiar pareceres. Y nada más. En esto los periodistas—raza maldita si las hay—son los sumos sacerdotes de todos los asuntos, graves o no, pontificando con aires ecuánimes, insistiendo en que lo importante es construir espacios de consenso, etc. Y claro, los imitan los curas frívolos, los docentes resentidos, los banqueros usureros, los empresarios siempre a la caza de otro negocio, los abogados exitosos, mediadores de tanta cosa y de tantas cosas. Se suman los médicos famosos, las modelos, los maricones de toda laya, las lesbianas, los obispos pomposos y los obispos apóstatas, los políticos de toda laya y siempre hay uno entre los vagos del café. Con idénticas palabras, estos pelandrunes siempre repiten los barbarismos a la orden del día: invariablemente comienzan con su estúpido “A ver…”, siempre incluyen un horrible “a la hora de”, o “de cara a”, y no puede haber frase que pronuncien sin incluir la palabra “persona”. Se los detecta fácilmente por sus estúpidas expresiones que eluden cuidadosamente una franca designación de las cosas por su nombre (donde antes era un rengo, después fue un discapacitado y ahora, últimamente, es una “persona” con “capacidades diferentes”). Son los imparciales de siempre.

Pilatos es su santo patrono. Se lavan cuidadosamente las manos, por encumbrada que sea la cuestión, por grave que sea el asunto en juego, por sagrada que sea la materia debatida. Imparciales de pacotilla, que al final, igual al final te mandan a crucificar, tan ecuánimes que eran, mirá vos.

Y Chesterton les picó el boleto: en efecto, nadie puede comportarse así a menos que padezca una ignorancia inmensa. Son tontos, no diré que no. Pero su tontera radica en que se hacen los tontos—y lo logran. No saben qué está en juego, no saben qué se ha dicho a lo largo de la historia, ignoran por completo la noción siquiera de tradición clásica, destruyen costumbres construidas con esfuerzos enormes a lo largo de siglos y nos embroman a todos. Desprestigian el matrimonio monogámico con una ligereza digna de actriz de cabarute. Hablan del aborto como si no fuera un asunto de vida o muerte, sino de “derechos de la mujer”. Y de otras cosas, simplemente no hablan. No se le animan a la usura, a la mentira esa de la libertad de prensa, o aquella otra de que la mayoría siempre tiene razón, jamás se atreverían a encarar los tópicos subidos de la muerte, del patriotismo, del coraje, del honor, de la fidelidad al voto, de la lealtad indestructible, del amor por siempre jamás. Relativistas hasta el fin, odian la verdad, y dicen que no existe. Imparciales, por ignorantes e ignorantes por indiferentes.

No son fríos ni calientes y Dios los vomitará de su boca, qué se creen ustedes, ya van a ver. Se ve en sus ojos, en sus cuidadosos gestos, en sus pulidas manos y cautelosas palabras. Se ve en sus frívolos chistes, sus risitas cómplices, sus blandas sonrisas e insistentes lugares comunes y rituales palabras: progreso, democracia, diálogo, consenso, tolerancia. Y sobre todo en su dogma de fe, nunca formulado, pero dominando claramente todas sus ideas, todas sus palabras, todos sus razonamientos: no hay que discriminar. Y con todo, al final, serán discriminados, ja, ja.

Imparciales. Ignorantes. Indiferentes.

Mis estimados salames: no me vengan más a decir esas sandeces que tanto les gusta repetir: “Padre, ¡cómo sabe usted!”. Es una estupidez grande como una casa, indigna de un cristiano. Yo les voy a decir cómo sé lo que me sé. Primero me importó la cosa. Después averigüé cómo era, me puse a leer un poco, a preguntar por aquí y por allá, encontré maestros para enseñarme, libros luminosos, amigos con quiénes conversar sobre todo eso y algo aprendí en el camino, por pocas que fueran las luces que Dios me dio. Así es cómo sé lo que me sé. Y, desde luego, muy pronto aprendí que era mucho más lo que no sabía que lo que iba a saber en toda mi vida, con lo que nunca me dio por presumir de lo poco que aprendí. “¡Cómo sabe usted!”, ya te voy a dar a vos.

Supongo que es al cuete que les cuente lo de Sócrates, que se van a aburrir, porque les resulta indiferente. Y por eso lo ignoran. Y no saben que lo condenaron a muerte por lo que sabía. Y sabía lo que sabía porque primero aprendió que no sabía. Y eso no le resultaba indiferente. Y a los indiferentes, semejante pasión por la verdad, semejante entusiasmo por averiguar cuánto se pudiera sobre este o aquel asunto, semejante empeño en preguntar, en reflexionar, en buscar… a los imparciales, a los indiferentes, a los ignorantes, los volvía locos. Y por eso lo mandaron a tomar la cicuta.

No voy a explicar aquí que Sócrates es tipo de Cristo, porque para eso tendría que extenderme largamente hasta que a ustedes, mis estimados papanatas, les entrara en el mayín la distinción de tipo y anti-tipo, la idea de la prefiguración, el concepto de precursor y cien cosas más que los tiene perfectamente sin cuidado. Y que les da fiaca aprender. Porque no les importa. Porque son indiferentes, y por eso ignorantes y, ¡Dios quiera que no!, por eso tan ecuánimes, y tolerantes, y pacíficos. Haiga paz… Y eso quería Pilatos, fíjense si quieren. Y eso quería Caifás, también: “Es preciso que muera un hombre por el bien de todo el pueblo”.

Y que muera un pobre Cristo, ¿a quién le importa?

A veces me pregunto qué diablos les importa a ustedes. Los veo, mis estúpidos feligreses de esta desastrada iglesia, de “shopping” o mandándose mensajitos de texto y me quiero matar. ¿Qué se puede decir en un mensajito de ésos? “Estoy llegando”, “poné los tallarines”, “a las cuatro juega Boquita”. Y así se les pasa la vida, así la van llevando, y así la pasan bien.

Hasta que un día los venga a buscar la parca. Y resulta que ése día descubrirán que se les acabó el diálogo y la tolerancia, la democracia y la ecuanimidad, la paz y la construcción de consensos: con Ésa, con la Muerte no hay tutía. Señores: se los digo por si se olvidaron: van a morir; se van a morir. Y si siguen como hasta ahora, la muerte los va a sorprender con su enorme Indiferencia, con su enorme Ignorancia, con su terrible Ecuanimidad (de esto no se salva ni uno solo).

No voy a decirles yo que no sean indiferentes. Tampoco que traten de hacer alguna cosita con esa ignorancia que tienen.

Pero una cosa sí les puedo pedir: cállense la boca o juéguense, pero no sean imparciales, relativistas, tolerantes y bien pensantes.

Y aquí les voy a hablar en difícil, que se me acabó la paciencia: la Pasión de Cristo se vuelve a representar, todos los días, de mil maneras, en todas partes, en vuestras vidas y alrededor vuestro. ¿No lo ven? ¿No ven repetido el ejercicio democrático, el juicio inicuo, la sentencia prolata, el camino de la cruz, la crucifixión de Cristo? ¿No lo ven re-actuado en cada cuestión moral que se plantea, en cada decisión política profunda, en cada debate televisivo, en cada disputa familiar, en cada injusticia renovada, en cada lance de la vida?

No lo ven porque no saben. Y no saben porque les resulta indiferente. Pero tienen asignado un puesto, no lo duden.

Recen que no les toque el de Pilatos.

*  *  *

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Responses

  1. Recién hoy entré en su Parroquia, hace 2 años vine al desierto en búsqueda de mi tesoro perdido.
    Al leerlo Fray Rabieta me ha dado mucho ánimo y el caminar se hace más ligero.
    Gracias.

  2. Bien ahí. Yo no lo habría podido decir mejor, y así me he sentido toda la semana.

    Saludos de otro rabioso que intenta ser cristiano, fraile.


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