Posteado por: Fray Rabieta | 17 noviembre 2009

La obligación del repaso

 

 

 

Es verdad que «los días perdidos» eran algo positivo;

pero ¿cómo pueden ser días «perdidos»,

aquellos días que han sido vividos?

 

(Leonardo Castellani, en “Su Majestad Dulcinea”)

Estimados papanatas:

La frase de Castellani se encuentra en el famoso capítulo XIII de “Su Majestad Dulcinea”, intitulado “El Enfermo” en el que se desarrolla en clave mística todo lo que fue aquel inmenso sacerdote argentino y se recapitula todo lo que le pasó en vida. Y aunque no es aquí donde traeré a colación los innumerables lances, episodios, aventuras, desventuras, equívocos, papelones, triunfos, y derrota final que le tocó en suerte vivir (sus últimas palabras, antes de morir, fueron “Me rindo”), baste con decir aquí que la historia de Castellani es rica en episodios de toda laya y que le pasó de todo.  Y que en todo tiempo, lo tenía todo presente.

Y en rigor, presten un poco de atención señores, no hay nadie en este mundo a quién no le haya pasado, que no le vaya a pasar, de todo. Otra cosa es si no se dan cuenta, otra cosa es si quieren dar de mano con todo eso. A todos nos sucedieron cientos de cosas, desde el día que aterrizamos en este planeta—y así será hasta el día en que nos venga a buscar la parca. Objetivamente, por más que los superficiales, los frívolos y los tontos se resistan a verlo—y son legión—no existen vidas aburridas, eso no puede ser.

Pero sí hay maneras de “aburrirse”, de convertir lo que estaba llamada a ser una vida apasionante en una cosa aburrida, monótona, predecible, chata, convencional—hay una manera que practican muchísimos de nuestros contemporáneos, y a osadas muchos de ustedes, zopencos de cuarta, una manera infalible de convertir un día, varios días, todos los días de nuestra sagrada existencia, en lo que Castellani da en llamar “días perdidos”. Y si prestásemos un poquito de atención—aunque sé que en los tiempos que corren es mucho pedir—veríamos que su pregunta es más que pertinente: en efecto, ¿cómo pueden ser días “perdidos” aquellos días que han sido vividos?

La respuesta es muy sencilla, los días de nuestra vida se “pierden” si no los redimimos, uno por uno, con la memoria.

En los luctuosos años de la cultura alfonsinista, los mencheviques de la llamada “Coordinadora” se gozaban en calificarnos como “los nostálgicos de siempre”, ellos “los progres de siempre”. Es que el progresista desprecia el pasado, sólo recurre a él si lo puede manipular en función de algún interés presente o futuro, no le interesa la verdad—y por tanto, ni siquiera puede volver atrás para averiguar, en verdad, qué pasó. En cambio, el tradicionalista—pero aquí, mis admirables salames, aquí sí que hay que prestar atención—el tradicionalista de veras, vuelve una y otra vez con la memoria al pasado, y, muy en particular, a su propio pasado—“al pasado de mi vida”, como dice el tango—con la memoria, con memoria crítica, con compunción y con gratitud. Castellani lo ha dicho claramente:

Para mí la tradición estaba representada por una familia bien constituida, unos abuelos italianos con la cabeza llena de leyendas europeas—mi abuela me contaba el Concilio de Trento en una forma enteramente legendaria—llena de costumbres tenaces y hasta de manías santas—(la tenacidad en no cambiar es una de las divisas de la tradición)—el Quijote y los libros de Alejandro Manzoni—¡y de Montesquieu!—que estaban en la Biblioteca de mi padre; el párroco Olessio y su iglesita; la leyenda del Padre Metri conservada en la cabeza del tío Félix, y el gobierno de Rosas conservado en la misma cabeza: (“¡Una gran p… caraco, hay que volver a lo tiempos de Rosas!”, decía el austríaco cuando se enojaba, que era austríaco, pero como ven ustedes, bastante acriollado), los valses de Viena de la orquesta de aficionados, el teatro de la Società Italiana Unione e Benevolenza, donde vi representar El Místico de Rusiñol y Tierra Baja de Guimerá, el Colegio Secundario que estaba más a mano, la geometría de Casariego, la historia de Grosso, y los “estilos y milongas” del payador Higinio H. Cazón. No parece gran cosa como tradición; pero todo eso no lo hubiese podido inventar yo, ni todo el pueblo de Reconquista, ni todos los argentinos juntos: estaba allí ya inventado, “tradido”, es decir recibido y manupasado sólidamente.

“No parece gran cosa…” dice Castellani. Y cada uno de ustedes, mis inefables bobalcones distraídos, podría pensar quizá lo mismo acerca de su pasado. Pues vayan sabiendo que si así lo creen, si creen que vuestro pasado no tiene valor, entonces sí, aquellos vuestros días, se convertirán en “días perdidos”, entonces sí habréis incurrido en una formal blasfemia y no podrán evitar que un día el Patrón se los recuerde todo, minuto por minuto, pero esta vez, en el Día de la Ira. Y no harían mal en recordar también, que en aquel día, según San Agustín, “una fuerza divina despertará en nuestra memoria el recuerdo de todos nuestros pecados”.

Castellani dice que cuando un nacionalista termina una conferencia, nunca falta el zopenco que pregunta “Entonces, ¿qué hay que hacer?”. Yo les voy a decir lo que hay que hacer, mis somnolientos y nebulosos ciudadanos del mundo de hoy: hay que repasar. Hay que repasar nuestras vidas, crítica, inflexible, constantemente. Hay que repasar con gratitud, con sentido del humor, con pena si a mano viene, pero con gozo también. Hay que repasar los pecados y repasar las alegrías, los triunfos y las derrotas, las cosas que salieron bien y las otras que no tanto. Hay que repasar las frustraciones, las desilusiones, los incordios, las disputas, los tropiezos y malentendidos. Hay que repasarlo todo.

Empezando por la niñez, el tiempo que Belloc llama “de la bienaventuranza”, el tiempo en que se nos sella para una felicidad eterna, el tiempo que constituye las arras de un gozo sin fin. Newman lo dijo de este modo:

Lo que éramos cuando niños es una bendita insinuación que se nos ha dispensado para nuestro consuelo, de lo que Dios hará de nosotros si rendimos nuestros corazones a la guía del Espíritu Santo—una profecía del bien por venir, un pregusto de lo que se realizará en el Cielo.

¿Ustedes creen, pedazos de giles, que todo aquello carece de importancia? Me refiero a la primera vez que vieron el mar, el olor a flan en la cocina, dibujando sobre los vidrios empañados, la casa de los abuelos, los primeros trazos con lápices de colores, aprender a jugar a la bolita, la vez que aprendieron a atarse los cordones, cuando aprendieron a silbar y cuando se lastimaron con el triciclo, el primer juguete, cuando aprendieron a nadar, y la vez que los llevaron a la rastra al Jardín o al dentista y el temor que sintieron cuando la primera pesadilla… Bien lo ha dicho Chesterton, “una sola cosa es necesaria—todo. El resto es vanidad de vanidades”. Y en la niñez, concentrarse, nos recomienda Newman, en la causa, la fuente de toda esa bienaventuranza: Dios. Pues es de saber que Newman pone como fuente inmediata de la bienaventuranza de la niñez a una sola cosa, ese manantial de gozo procede de una sola causa: que el niño sabe, en todo tiempo, que Alguien lo protege, que Alguien lo acompaña, que Alguien lo quiere. Y por eso, es feliz.

Por tanto, una vez perdida la infancia, una vez abandonado “el país de la infancia” que decía Rilke, mis queridos distraídos de siempre, hay que volver a ella con la memoria y repasarla muchas, muchas veces. Pueden contársela a sus amigos—si tienen amigos de verdad, se mostrarán harto interesados. Pueden llevarla a la oración para dar gracias a Dios por esto o por aquello. Pueden ponerla por escrito para beneficio de vuestros nietos. Pero hay una cosa que no pueden hacer, una cosa que si la hacen, clamará al cielo: olvidarla.

Y luego, el tiempo de la adolescencia, el tiempo en que empezó a funcionar la razón—en el caso de ustedes no mucho en verdad, mis abominables salvajes—en que se pasa de la religión “A” a la Religión “B” que decía Kierkegaard, el tiempo en que se descubre la ley, como diría San Pablo en su capítulo VII a los Romanos, en que se descubre tantas cosas, el despertar sexual, el encanto de las mujeres y por encima de todo la propia intimidad: cómo cada cual es dueño de la llave de la puerta de su propia interioridad, cómo cada cual es dueño de abrirle la intimidad a quién quiera, si quiere y hasta dónde quiere. El descubrimiento de la propia personalidad. Y las primeras responsabilidades, y las primeras caídas, y la primera mentira, y la primera rabona, el primer pucho a hurtadillas y la general sublevación interior—y exterior. No es tiempo muy feliz, en verdad, este de la edad del pavo—y hay más de un infeliz que será pavote toda la vida—pero comienza el armado de esa malla metálica que constituye la matriz de nuestra personalidad. Y hay que repasar eso, también, cómo no, con compunción por los tropiezos, con lágrimas si a mano viene, por nuestras torpezas de entonces. Pero también, recordar a los maestros que nos ayudaron, a los buenos amigos de entonces, a las buenas compañías, las primeras fiestas, los partidos de fútbol, el espíritu de competencia, las primeras pruebas de coraje—donde uno salía bien o mal parado, lo mismo da—y el descubrimiento de la música, cuando no de las artes en general. Allí también cabe enorme gratitud, cómo no, porque como dice el Salmista: “en todo tiempo hay Dios”. Y en la adolescencia se esconde un poco, no diré que no. Pero está ahí también, y con la memoria se Lo puede descubrir y cantar el correspondiente “piedra libre”.

El que no repasa su pasado está muerto. Su vida es inerte. Su existencia se convierte en un trazado inconexo de circunstancias sin ton ni son, no entiende quién es: y si no sabe qué cosa fue su vida, mal podrá conducirse adecuadamente en el presente y mucho menos podrá presagiar su futuro. Es cuestión de prudencia también, como lo explica Pieper. El que no repasa su vida no alcanzará a vislumbrar siquiera qué cosa es la Providencia, ni cuáles sus misteriosas leyes y para decirlo más brevemente: no conocerá a Dios.

¿Hablaremos de la juventud también? ¿Por qué no? La primera novia, por ejemplo, la secundaria, las fiestas, los amigos de verdad, y aquellos otros que resultaron falsos amigos, los personajes del barrio… Las primeras lecturas en serio, los primeros tragos, las grandes ilusiones, los veleidosos proyectos, los primeros tambaleantes versos, la sensación vertiginosa de una enorme libertad y de una enorme indeterminación, las primeras opciones estéticas, cómo caminar, cómo hablar, cómo vestirse, cómo comportarse, cómo divertirse, con quién andar, qué música oír, si acomodarse a la moda o rebelarse contra ella y hasta qué punto, si fumar o no, si seguir yendo a misa los domingos, cuán largo tener el pelo… Es tiempo de grandes esperanzas y, por supuesto, también aquí habrá grandes macanas, caídas, faltas, pecados, miserias. Pero habrá que repasarlo, mis atrasados e ignorantes cófrades, que me compelen a la repetición constante, constituye una obligación y si no lo hacemos se hará, a la fuerza, en el Día de la Ira.

Y luego todo lo demás, ¿no? El tiempo raro que va hasta los treinta años, más o menos, que dice Brasillach—para el francés, recién a esa edad, más o menos, comienza a afirmarse la personalidad—tiempo en que todo parece disolverse en una especie de vorágine de sensaciones e ideas, tiempo en que uno busca afirmarse, convicciones que empiezan a encontrar molde pero que aún van y vienen. Tiempo de tembladerales, de dudas de fe, de grandes, inmensas elecciones, con quién me casaré, o no, si acaso no me haré cura, qué profesión seguiré, de qué trabajaré, etc., etc. Es tiempo como pantanoso también, ay. Pero habrá que repasarlo, lance por lance, fiesta por fiesta, desilusiones, llantos, amores no correspondidos, viajes y todo lo demás. Y no me vengan con que no se acuerdan. No me vengan con que recuerdan bien cuando tenían ocho, pero no cuando tenían veintiocho: eso es propio de zopencos, de imbéciles. Si no se acuerdan es porque no hicieron, nunca, el esfuerzo de recordar, el esfuerzo de repasarlo todo, el esfuerzo de recapitular la propia existencia. Y alegarán que les da fiaca, ¡nom de Dieu!, que me dan ganas de agarrar un látigo y echarlos del templo como en otro tiempo se supo hacer. Y a otros les da tristeza recordar esto o aquello. Triste van a ser sus vidas si evitan las tristezas del pasado, se los aseguro. Y no sé si no estoy de acuerdo con el mismísimo Freud, que el que entierra esas cosas termina pagándolo caro, que los fantasmas del pasado vienen a buscarte igual—pero para aterrorizarnos, para volvernos locos. No que haga falta un psicoanalista para esto, me cacho en diez, mejor, mucho, mejor, un buen amigo, los hijos, la esposa… Y es más barato.

Pero además, si vuestra vida les parece tan aburrida, es por esto, mis estimados floripondios, y también por esto es que ustedes son aburridos, y no tienen amigos, y no saben oír, y no saben conversar, y no entienden la poesía, ni saben qué hacerse con vuestras propias vidas, ni a osadas, con las de los demás. Y lo único que los distrae es la distracción. Y no pueden concentrarse en casi nada. Y no saben nada. Porque no han cumplido con la obligación.

Pero si repasan, si vuelven a considerar una y otra vez vuestro pasado, si examinan con minuciosidad y ojo crítico y gratitud y compunción y tristeza y gozo, con gran empeño, muchas veces, toda vuestra vida, encontrarán mucha miga, mucha cosa de qué conversar, muchas ideas, muchas lecciones, mucha poesía, bromas, música, lógica e inspiración.

Y si no tengo razón, pedazos de pelandrunes, explíquenme de dónde procede el júbilo de la reunión de egresados del colegio, donde todos compiten por recordar cómo fue aquello y qué pasó.

Y de paso, si repasan como aquí les digo que es vuestra obligación, encontrarán al Patrón, cómo supervisaba esto y aquello, cómo se escondía aquí y acullá, cómo los cuidaba y protegía de tal o tal otro peligro, cómo los inspiraba para que fueran hacia aquí o hacia allá, cómo les puso en el camino a éste o a aquella otra. Aprenderán un poco de Providencia y se volverán—cuesta creerlo, y a mí, respecto de ustedes, más que nadie—sabios.

Claro que aquí existe un peligro también, que es el de volver al pasado para intentar modificarlo—empresa tan imposible como peligrosa. No, respetemos también la inmutabilidad que eso tiene y que los Romanos tenían en tanta estima. Lo que pasó, pasó y no otra cosa. Porque también está aquello que perdimos y que querríamos recuperar, yo espero no ponerme demasiado críptico—cosa difícil con semejante auditorio—pero Belloc también habló de esto, cuando imagina a un anciano que vuelve con la memoria a encontrarse con su primer amor, Belinda. Y ella le dice lo que sigue:

El tedio propio de nuestra edad, la mirada retrospectiva sobre el pasado, puede compartirse amicalmente. Pero la santidad de nuestra amistad se preservará mejor si no hablamos más de aquel asunto que tanto nos conmovió, que nos perturbó a los dos como si fuera música—hace mucho ya; si no insistimos en continuar por aquel camino que, hace una vida, resultó clausurado por la Providencia. Podemos, sin falta, ser compañeros, nuestras vidas adjuntas, aunque redimidas; por lo demás, aquello que parece tan distante, aquella decorosa relación bien puede sustentarnos ahora, sin entorpecer las empresas de los vivientes, ni encolerizar a nuestros difuntos, ni remedar los irrecuperables días que jamás podrán volver.

¿Irrecuperables? Por cierto. ¿Caminos clausurados por la Providencia? Indudablemente.

Pero eso no quita que de todos modos siga siendo verdad aquello de Castellani: no hay “días perdidos”. Hay días nomás, y están llamados a entrar en la Eternidad, y no importa qué hagamos, ya están, en cierto modo, inscriptos en la Eternidad.

Pero constituye nuestro deber redimirlos, uno por uno, a todos los que podamos, lo mejor que podamos. (Y les doy una receta para empezar, vuelvan a oír la música que antes oían, que como disparador de recuerdos, no falla).

Ahora, no me vengan más con eso de que no se acuerdan. No se acuerdan porque no recuerdan. Y eso, ¿os lo he dicho ya, palurdos embotados por el mundo moderno?, eso constituye una obligación. Y después, para seguir con el tango, “mirá lo que quedó”.

Si así lo hacemos, ya no serán días perdidos, sino días hallados. Y hay más alegría en el Cielo por un día así recuperado que por otros noventa y nueve que estén presentes en la memoria.

*  *  *

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Responses

  1. Muy largo para estas épocas apuradas y sin historia… jejeje… no, mentira, está muy bueno… saludos

  2. Muy buen sermón. Se lo leeré a mi sobrino, que empieza a entrar en «el pavo».

    ¿Será por esto que los que somos cristianos nos acordamos de más detalles de la vida, porque cada día es importante y novedoso, una aventura, tanto si es placentero como doloroso, más «como niños», uno de los requisitos para entrar en el Cielo?

    PS: Muy buen blog.

  3. La escena de Belloc con su primer amor me hizo “ver” algo que venía amasando en mi confundida mollera.

    Que la Red, con su facebook y sus páginas similares, en esa arista de las múltiples caras de internet en la que se pretende que el usuario refleje su personalidad en el ciberespacio, a modo de segunda alma, estableciendo, a partir de esta nueva existencia ficticia, relaciones atemporales y omnipresentes, en las que uno puede incluir tanto a su primer amor, como a su segundo, como a un amigo que ya no lo es, o a un sujeto perfectamente desconocido, demuele la reflexión sobre el pasado, y peor aun, vende la ilusión de que es modificable. (Casi todos están allí, excepto los muertos y los que no han querido nacer a la vida virtual)

    Como si nos volviera a poner en cada encrucijada de la vida, habilitándonos a recorrer virtualmente caminos que en su momento no elegimos, trabando contacto ahora con personas que ya pasaron en nuestra existencia, que ya cumplieron su función, posibilitando de una misteriosa manera una segunda oportunidad.

    Bueno, tantísimo no la veo, como lo estará viendo Ud. al leerme, mi viejo y cascarrábico fraile, aunque prometo seguir pensando en ello.

    Pero tiene que ver con el recuerdo, que tanto se elogia en su sermón, y la generación de imberbes y no tanto que viven su vida en la web, pretendiendo salirse del tiempo y el espacio en un atributo que es sólo de Dios.

    No es un crítica dirigida a Ud., fraile quisquilloso y gruñón, que su sermón está bueno y me ha hecho reflexionar, sino a la web, sobre cuyos múltiples usos urge reflexionar, cada día más.

    Con afecto.

    PL

  4. Pero es que… me gusta el guión largo.

    Qué va cha ché.

    Saludos

  5. R.P. Fray Rabieta:

    Felicitaciones por el blog. Espero tenga el tiempo y la tenacidad de continuarlo. Cosas que, confieso, yo no logro adquirir en orden a abrir blog propio, como lo sugieren amigos. Por ahora, me limito a leer un poco de algunos, y a responder con imprudente desproporción en W.

    Sugerencia: no use la raya o guión largo, de word, sino el signo menos, por más rabietas que le traiga…

    Cordiales saludos.

  6. Rabieta, estimado Sr.
    La verdad que usted sabe escribir. Sus dos sermones han estado jamón del medio.
    Claro que lo seguiré leyendo.
    Reciba un saludo, Sr. fraile.
    El Carlista.


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