Posteado por: Fray Rabieta | 29 octubre 2010

Memento mori

Está establecido que los hombres mueran una vez, y luego, el juicio.

(Hebreos: IX:27)

Mis estimados salvajes:

La muerte es un castigo del pecado original: “Morirás de muerte”; pero no vino solo. Este castigo establecido por Dios (“y luego el Juicio” nos recuerda San Pablo), vino acompañado con varios más. Permítanme una pequeña enumeración de boticario.

Primero: nos olvidamos que nos vamos a morir. De otras cosas, de las cosas que nos importan, no nos olvidamos. No nos olvidamos de comprar la comida, de pagar las cuentas, de cosas de nuestro pasado, de cosas que tenemos que hacer, de cosas que pasaron, de cosas pendientes. Pero de este sencillo hecho, de que todo ha de terminar para nosotros, de eso nos olvidamos con toda facilidad. ¡Qué castigo! Y esto al punto de que construimos nuestra existencia, armamos nuestras prioridades, ponemos todos nuestros afanes, movemos todos nuestros afectos, nos lanzamos a toda clase de empresas sobre la base de que no nos vamos a morir. Otra que construir sobre arena, aquí construimos sobre un agujero negro.

Es un tema del que no hablamos, sobre el que no reflexionamos si no muy de vez en cuando, y eso, muy superficialmente. Como no sabemos muy bien cómo es y qué pasa después, nos da miedo, como no nos gusta el asunto, lo negamos, pese a que es el hecho más indiscutiblemente cierto de nuestra existencia: “Incerta omnia, sola mors certa”, decía San Agustín. Todo es incierto, menos la muerte. Y sin embargo, logramos construir una especie de espejismo en el que no nos vamos a morir nada. Es la mentira que todo lo preside, es la mentira que gobierna nuestro corazón, nuestro espíritu, nuestra vida toda.

Y en segundo lugar: estamos rodeados de centenares, de miles de prójimos que, como nosotros, están condenados a muerte y que, como nosotros, hacen exactamente lo mismo: niegan la muerte. ¿Ustedes creen que Bergoglio―por poner un caso ejemplar―haría lo que hace, diría lo que dice, pensaría como piensa si recordara, mínimamente, que dentro de muy poco, se va a morir? No, el pobre tipo, sobre el castigo este, pendiente, ya tiene otro: se olvidó que está condenado a muerte. Y, por tanto, todo su progresista filosofía, su ramplona liturgia, sus sentimentales rezos, su hipócrita ascesis, su lógica sofista, su lenguaje plebeyo y su estampa cívica está armada sobre un enorme hueco, un gran agujero negro. Y por eso, todo él no es sino una sustancial falsedad, una enorme mentira. (Si Pemán dijo “todo yo soy un inmenso afán de infinito”, Bergoglio podría decir “todo yo soy un inmenso afán de poder”).

Pero hay algo contra lo que no va a poder nunca, tarde o temprano se va a morir igual (“y después, el Juicio” que dice San Pablo). Pobre Bergoglio.

Aunque nosotros no andamos mucho mejor, que también nos vamos a morir, no se lo olviden ni por un instante.

Pero hay más castigos que este, pues sobre el pecado original, amontonamos pecado sobre pecado y, por tanto, castigo sobre castigo. No sólo nos olvidamos de la muerte, sino que hemos construido una civilización que amputó prolijamente todo lo que nos ayudara a recordarlo: los velorios, las misas exequiales, los días de luto y llanto, el duelo vivido con vestimentas, las campanas, las marchas fúnebres, los modos, música y oficios destinados a intentar una impronta en lo más profundo de nuestras estúpidas almas: acuérdate que te vas a morir, no te olvides de eso, pensá en eso, preparáte para eso, viví con eso en mente, tenlo presente en todo tiempo, rectificá todos tus proyectos, afanes, empeños y afectos con esa perspectiva delante de tus ojos: no los cierres, te vas a morir igual; no lo niegues, te va a pasar; no lo escamotees, no seas estúpido, que todo es incierto, menos esto. Sin ir más lejos, mirá lo que le pasó a Néstor… ¿y vos no? (Como decía Groucho Marx, “sic transit Gloria Swanson”, je, je).

Y como no pensamos en esto, y como lo ocultamos celosamente, tampoco sabemos cómo preparar una buena muerte, ni se nos ocurre la idea siquiera de que es posible morir bien… o mal.

Os diré entonces algunas de las cosas que nos predisponen a morir mal: el ruido, sin ir más lejos. Ahora podemos vivir sin pensar, cómo no. Hemos construido un mundo en el que se trata de pensar lo menos posible: y decenas de “gadgets” (empezando por el maldito teléfono celular), de estímulos (la propaganda, por ejemplo), de sonidos y luces brillantes que permiten que no pensemos, ni en la muerte, ni en nada.

Pero para morirse bien, antes hay que pensar. (Por ejemplo, cuando por el celular decimos “Estoy llegando” podríamos pensar en que ella, la parca, “está llegando” también, qué no).

No podremos morir bien si no pensamos en la muerte, cuándo será, cómo será, qué me espera del otro lado (“el Juicio”, dice San Pablo).

Ya sé que a muchos les parecerá insoportable lo que digo, (“¿Os aterrorizo, hermanos?” preguntaba San Agustín, “es porque estoy aterrorizado”) y no tengo la culpa yo, porque más insoportable les resultará la muerte si no se atreven a encararla de frente, a mirarla serenamente como lo que en verdad es: castigo, ciertamente, pero mucho más que eso, también.

No quiero molestarlos con enigmas, pero hay veces que la materia así lo exige: “Es el don de Ilúvatar a los hijos de los hombres”, dice sabiamente Tolkien. No es mala, la pobre muerte, qué va a ser. Como no es malo el castigo justo, por mucho que al momento de tener que sufrirlo, no nos guste. Pero esto de mirar para otro lado… Newman tiene un texto en donde nos interroga bastante graciosamente:

¿Qué le diríamos a un hombre que se hallara parado sobre terreno precipitoso, cuyo suelo permanentemente se desmorona de modo que se restringe el área donde está parado, donde cada vez hace pie con menor seguridad y que sin embargo se mostrara desidioso sobre el particular?

De manera que pueden elegir: contemplar esto serenamente, por grande que sea el disgusto que nos produce (que es lo que han hecho todos los grandes filósofos desde que el mundo ha sido, comenzando por Platón y Séneca), o bien… seguir haciéndonos los distraídos.

 Como los progresistas, como los estúpidos, como los necios, como los imbéciles, como los locos, como los incrédulos, como los materialistas, como los consumistas, como los comunistas, como los capitalistas, como los psiquiatras, y las amas de casa, y los políticos, y los periodistas, y los obreros, y los teólogos, como casi todos…

No importa. Igual está establecido que los hombres mueran una vez, y luego…

¡Mamma mía!

A poner las barbas en remojo.

*  *  *

Posteado por: Fray Rabieta | 18 septiembre 2010

Katejeando

Ahora ya sabéis qué es lo que le detiene.

 (2 Tes. II:6)

 Pedazos de brutos:

Lo que lo detiene” al Anticristo, nada menos. Y, en rigor, lo que lo retrasa. En el versículo que hemos leído, hay un obstáculo en neutro, “lo que” lo detiene. Pero en el versículo siguiente es “el que” lo detiene, con lo que la cosa se complica aún más. Se trata del famoso katejón, (en neutro, el “obstáculo”) o el “obstaculizante” (katejoón) que impide, o detiene, o demora, la plena manifestación del Anticristo. San Pablo nos dejó un dolor de cabeza con este texto, pues nadie sabe de cierto qué cosa es este famoso “katejón” (y el versículo anterior en el que el Apóstol nos informa que ya se los explicó a los Tesalonicenses parece una mala broma: muchas gracias).

Total que pasaron veinte siglos y nadie atina a decir mucho sobre el particular y tampoco nos consuela la nota que aquí pone Straubinger:

Hemos de pensar que si Dios ha querido dejar este lugar en la penumbra, ello es sin duda porque hay cosas que sólo se entenderán a su hora.

Sí, bueno, de nuevo, muchas gracias. Pero lo cierto es que hay bastante consenso entre los Padres, quienes relacionan este texto con la Profecía de Daniel sobre los cuatro sucesivos reinos indicando que esto tiene relación con el reinado de Roma. Como lo explica Castellani:

El mismo Agustín y el grueso de los Santo Padres conjeturaron que “lo que obsta” era el Imperio Romano y “el que obsta” era el Emperador y que mientras ese Obstáculo no fuera removido, no podía manifestarse el Anticristo. Pero el Imperio, ¿no estaba persiguiendo cruelmente a los cristianos? Sí, pero con su disciplina, su ejército y su sólido cuerpo jurídico, mantenía el orden civil. Y así San Juan no ve a Nerón como el Anticristo, sino como una figura o tipo del Anticristo. Mas cuando cayó el Imperio Romano en Occidente en el año 475 y el último emperador, Rómulo Augústulo fue decapitado por el bárbaro Genserico, no apareció el Anticristo: los doctores quedaron desconcertados, pero pronto se reincorporaron diciendo que el Imperio Romano en su esencia no había desaparecido, pues se continuaba el Orden Romano sostenido por la Iglesia, el ejército y los reyes cristianos…

¿El orden romano? ¿Queda algo de eso? Bueno, un poquitín, decía Castellani, hace casi medio siglo:

Santo Tomás en el s. XIII dice tranquilamente que el Imperio Romano “no ha perecido”, y así lo creo yo también. El Orden Romano consiste en cuatro columnas: la Familia, la Propiedad, el Ejército y la Religión.

De manera, que ahí tienen, mis perezosos feligreses de cuarta. Ahora, medio siglo después de Castellani no será excesivo afirmar que las cuatro columnas se han derrumbado―o deteriorado de tal modo que ya no sostienen nada. Y que ya no hay orden posible. De Roma queda bien poco, pero ¿del orden? Sólo confusión, tinieblas y las primeras tentativas de instaurar un Nuevo Orden Mundial Antirromano (el movimiento anticrístico comanda la intentona).

De modo que alguno pensará que el katejón ya ha sido quitado de en medio y que ya nada impide que aparezca el Gran Tirano, la Bestia profetizada que iría a venir sobre el luctuoso fin de los tiempos.

Bueno, ¡alto ahí! Ni tan pelado ni tan peludo. En cualquier caso, la aparición del Anticristo bien puede ser cosa repentina, pero vendrá precedida de un lento, penoso, progresivo, inflexible, sistemático y continuo deterioro de la cristiandad en todos los frentes, en todos los aspectos, en todas sus manifestaciones. Primero debe venir la Gran Apostasía. La entropía de occidente, su decadencia, la ruina de la cristiandad, la gran apostasía, es cosa que sólo los imbéciles pueden negar, pero es también cosa progresiva: hay centenares de indicios de eso y no los voy a cansar enumerándolos una vez más. El que no lo ve es el típico progre de la Iglesia de Laodicea, el “progresista” que trabaja y se desvela para que todo esto progrese. Y no sabe que es

desdichado y miserable y mendigo y ciego y desnudo. (Apoc. III:17).

No saben… no saben lo evidente. Quizá Lewis lo explicó mejor que nadie:

Nuestra civilización fue fundada sobre la moral cristiana y alimentada por la Fe de los Apóstoles. Era algo así como una enorme cuenta bancaria a la que muchos contribuyeron depósitos y de la que todos sacaron fondos. Ahora bien, sabemos bien que uno no puede seguir librando cheques sobre una cuenta indefinidamente sin efectuar nuevos depósitos. El problema del mundo moderno está en que, sin hacer contribución alguna a esa cuenta, sigue librando cheques. Un día se va a acabar el capital.

Pero quiero volver a lo del katejón, si me permiten. Por de pronto, siempre regirá el mandato final de San Pablo a Timoteo:

Guarda el depósito (I Tim. VI:20).

Sí, incluso

consolidando lo restante, lo que está a punto de morir (Apoc. III:2).

¿Lo restante? Pregúntense amigos míos, qué cosas son las que restan, las que deberíamos intentar defender, aunque a su debido tiempo también tengan que perecer. Me veo con mis contemporáneos en una isla, después de un naufragio. Se han rescatado algunas cosas, pero muchas deterioradas y otras que aparentemente no sirven para nada, y otras más allá que nadie recuerda para qué sirven ni qué uso darle: como si hubiesen llegado a estas costas un piano por la mitad (y entre los sobrevivientes nadie sabría cómo reconstituirlo, y uno sólo sabe tocarlo, a medias), y un par de anteojos, y tres libros escritos en alemán, y un encendedor sin bencina, y una silla con sólo tres patas, y un disco de vinilo… Quizá con el tiempo se puede reconstruir algunas de esas cosas, darle buen uso, etcétera, pero no todas y hay cosas más urgentes que otras. Aquel farol a kerosene, por ejemplo, nos sería útil a la noche, y ese botiquín de primeros auxilios no tiene precio, ahora, no sé qué nos haríamos con aquel tarro de bótox ni esta teléfono celular oxidado y roto, ni menos que menos con aquel disfraz de arlequín…

Así en el mundo post-1945. Quedan restos de un enorme naufragio. Buenas maneras, viejas fórmulas de cortesía, algo de poesía, el hábito del buen vestir, el decoro, la lengua, la sintaxis, la hospitalidad, la compasión con los pobres, el concepto del salario justo, el menosprecio de los bienes terrenales, la primacía de la contemplación, el valor del silencio, el desprecio de la masificación, un infinito desdén de las riquezas, de la solicitación terrena, una liturgia grave y bien compuesta, el estudio serio de las cosas serias, el buen humor, la buena música, el sentido del pudor, de la vergüenza, de la honra, del buen nombre, el valor de la oración, la necesidad de los sacramentos… como ven, la lista sería infinita, estas cosas (o lo que queda de ellas) que hemos de guardar, de proteger en la medida en que podamos, de conservar aunque tengan que perecer. Y sobre todo, la amistad, gran katejón si los hay. Aquí hay que recordar a Castellani, otra vez:

                                         La amistad es muy grande cosa

                                         Fuerzas consuelo y abrigos—

Aunque eso tenga que perecer también:

                                        Hoy más que los enemigos

                                        Nos daña un amigo tonto—

                                        Perdonen si los afronto—

                                        Oh amigos, ya no hay amigos.

 Y a este noble empeño, a este sutil arte de preservar el depósito, lo llamaría con un neologismo verbalizado, si me lo permiten: “katejear”, que con lo que ya les expliqué, incluso ustedes, mis queridos palurdos, me entienden, a ver si se ponen a “katejear” con máximo empeño y… máxima inteligencia.

Porque esto de katejear cuando no hay orden, tiene serios inconvenientes y acarrea graves peligros. No olvidemos, además, que aquellos que produjeron el naufragio están entre nosotros y también tienen interés en completar su obra de destrucción. Por eso aquí se impone una seria cautela, no vaya a ser que por katejear mal, desordenadamente, terminemos haciéndole el juego al Enemigo, apresurando su reinado.

¿A que me refiero con katejear mal? Pues, es simple: cuando se guardan las cosas sin orden ni concierto, cuando se olvida la jerarquía de las cosas, cuando se sacrifican cosas mejores en pos de salvar las menos importantes. De estos, de los “katejeadores” mal trazados, conozco demasiados. Se los reconoce con facilidad: como si uno se aferrara a un viejo par de zapatos y dejara de lado el rosario que le regaló su abuela, o, mejor todavía, que guardara cuidadosamente un álbum de fotos mientras desatiende a sus hijos. Hay que intentar salvarlo todo, cómo no. Pero no vaya a ser que por priorizar el rescate de una cosa menor, pongamos en peligro las cosas más importantes.

¿Katejeadores malos, estúpidos, romos, desesperados? Conozco demasiados e insisto: le hacen el juego al enemigo, sobre todo porque con eso contribuyen al desorden generalizado.

Pero hay una regla de oro, una regla que permite al verdadero katejeador no engañarse nunca, ni hacer macanas, y es regla fácil: jamás subordinar los intereses de la “guerra santa chica” a los de la “guerra santa grande”.

Conocerán la distinción, pertenece a los musulmanes del tiempo de las cruzadas. La guerra santa chica consistía en la conquista de los lugares santos, imponerse en las batallas, vencer a los cruzados, asegurar las ciudadelas, etcétera. En cambio, para ellos, la guerra santa grande consistía en asegurarse el cielo, cumplir con el Corán, etcétera. La distinción no nos viene mal, qué nos va a venir: también nosotros tenemos prioridades, también nosotros tenemos que llegar al cielo, ser santos, complacer a Nuestro Dios que es una “guerra santa” inmensa. No vaya a ser que por empeñarnos en la guerra santa chica, desatendamos o comprometamos la principal, que es definitiva la única que importa. Claro que tampoco es cuestión de no katejear cosas pequeñas por un afán espiritualista y desencarnado (de estos también hay unos cuantos).

Todo lo demás, el bien común político, la restauración de un orden económico justo, la justicia social, e vía dicendo, todo eso está subordinado, depende de cosas considerablemente más importantes, más urgentes e imprescindibles: sin ellas no se puede hacer nada. Y, par contre, con ellas, todo lo es: incluso nuestra salvación.

Insisto, no quita que habrá que katejear como buenamente se pueda todo el inmenso legado que cada cual ha recibido. Pero subordinado al primer Obstáculo, al primer Obstaculizante que tenemos que defender a rajatabla: como decía Castellani, tenemos que hacer que Dios exista, aprender a adorarlo, amarlo, servirlo y hacerle reverencia. Comparado con esto, lo demás no es sino basura.

Pero entiéndame bien. No es basura.

Por eso, dedíquense a la política si les parece para salvar lo que allí se puede salvar. Pero jamás olviden la primacía de la contemplación. O entréguense a cuestiones de justicia social. Pero nunca dejen de tener presente los novísimos, en especial la cuestión del Juicio Final (y ahí sí que veremos lo que es la vera justicia social).

Y claro, todo lo demás. El que quiera rescatar la buena poesía, bien hace, y es menester tan necesario como quién pica leña en previsión del invierno. Y hay lugar también, cómo no, para el coleccionista de sellos postales, para el que quiera hacer una buena película, o preparar una buena comida. Hay lugar todavía para el que quiera mantener las reglas del “fair play” en el deporte, o conservar las costumbres populares, las fiestas folklóricas o el antiguo arte de cebar mate comme il faut. Hay lugar para katejear cientos de miles de cosas, y está muy bien. Constituye parte del enorme esfuerzo de resistir este proceso de destrucción de la Tradición que sufrimos hace tantos siglos ya, y siempre será encomiable.

Con tal de que… con tal de que los katejeadores recuerden en todo tiempo que finalmente son todas batallas perdidas―menos una. Y que hay que poner toda nuestra esperanza en la gracia que se nos traerá…

 cuando aparezca Jesucristo (I Pet. I:13).

Total, no falta mucho.

*  *  *

 

Posteado por: Fray Rabieta | 25 agosto 2010

Van gimiendo plañideras…

No fue engañado Adán, sino que la mujer, seducida,

incurrió en la transgresión.

 (I Tim. II:14)

 Estimados cretinos:

Si no les gusta lo que sigue, a mí me gustaría que me hagan caso y que se vayan, que se vashan todos, total… lo que diré es una verdad más grande que una casa, les guste o no. De entrada nomás voy a decirles por qué no se puede ni soñar en restaurar la cristiandad: porque ya no hay más cristianos. Y voy a decirles algo peor aun, por qué no hay más cristianos (that’s the hard part, baby).

Pero antes voy a dar una vuelta. Seguramente la cristiandad comenzó a disolverse a ojos vistas con la Primera Guerra Mundial: claro que antes hubo varios jalones, varios mojones que nos iban indicando que la cristiandad se deshacía, físicamente incluso: la Reforma, la Revolución Industrial, por ejemplo, o la Revolución Francesa, para qué les voy a contar. Pero me parece que con la Primera Guerra, en Occidente comenzó un proceso de aceleración de su decadencia cuyos frutos tenemos ante la vista y que incluso se puede comprobar visualmente: cada vez hay menos blancos.

La cosa empezó sumando a las mujeres al “esfuerzo de guerra” lo que trajo como consecuencia inmediata que comenzaran a vestirse más y más como hombres, empezando por una especie de uniforme militar, para finalmente dar de mano con sus encajes, enaguas, polisones, miriñaques, refajos y corsé. Comenzaba la famosa liberación femenina, qué te crees tú. Terminada la guerra y comenzado los “años locos” las mujeres de occidente empezaron a parecerse cada vez más a su contraparte masculina: fumaban, se cortaban al rape, conseguían trabajo, porque como supo señalar el gordo Chesterton hace un siglo ya, son mujeres que dicen que no soportan que se les dicte más nada, y un ejército de ellas van a buscar trabajo de dactilógrafas.

Y, también, a manejar. Terminaron, claro está, aprendiendo a manejar a sus maridos, con lo que se podría decir, le dieron el mazazo final al mundo jerárquico de antaño. Ellas, las “liberadas” del siglo XX, bajo el pendón de la libertad―ya salían sin chaperón―enarbolaron la segunda bandera de la Revolución Francesa, la igualdad, bajo cuya bandera nos conducen hacia… hacia la tercera, que es, como sabemos, la fraternidad universal con un Papá fabuloso que nos va a cuidar a todos.

Emancipadas de la tutela de sus padres, de sus maridos, de la religión o de la moral y las buenas costumbres, las mujeres del s. XX llevaron adelante la revolución más profunda, más duradera, más deletérea que haya padecido la cristiandad en su larga historia. Y eso fue posible por muchas razones, aunque, claro está, la culpa la tienen los varones, no se llamen a engaño, a ver si esto iba a ocurrir en tiempos de Clodoveo, de Carlomagno o, siquiera, de Napoleón o de Washington. En efecto, no habría sido posible todo este “progreso” sin varones afeminados, varones débiles, quebrados, disolutos, borrachos… la lista es larga, pero tengo de hacerla: varones relativistas, varones lascivos, varones pródigos y amarretes, infieles, desesperados, estúpidos y locos. Por cada hombre que renunciaba a la reyecía de su hogar, decenas de mujeres―muchas veces, con toda razón―se rebelaban contra el Orden, contra la Jerarquía, contra la Moral y contra la Familia.

Por fin, no ya los romanos, sino los mismísimos cristianos que habían construido una civilización más refinada, más justa, y más sólida, los cristianos que habían abolido la esclavitud, reivindicado a la mujer, protegiéndola con decoro y cortesía y enalteciéndola con reverencia y gallardía, los cristianos que inventaron la caballerosidad, por pura devoción a Nuestra Santísima Madre, cayeron en aquello que decía Catón, cuando se propuso derogar la ley Oppia:

Si cada uno de nosotros, señores, hubiese mantenido la autoridad y los derechos del marido en el interior de la propia casa, no hubiéramos llegado a este punto. Ahora henos aquí: la prepotencia femenina, tras haber anulado nuestra libertad de acción en la familia, nos la está destruyendo también en el Foro.

Vosotros conocéis a las mujeres: hacedlas vuestras iguales e inmediatamente os las encontrareis convertidas en dueñas. Al final veremos esto: los hombres de todo el Mundo, que en todo el Mundo gobiernan a las mujeres, serán gobernados por los únicos hombres que se dejan gobernar por sus mujeres: los romanos.

Como ven, para Catón la cosa era impensable. Pero no lo era menos para San Pablo que recomienda a los cristianos cosas bien concretas:

Que las mujeres, vestidas decorosamente, se adornen con pudor y modestia, no con trenzas ni con oro o perlas o vestidos costosos…

Y cosas más malsonantes todavía, para los desafinados oídos modernos:

La mujer oiga la instrucción en silencio, con toda sumisión. No permito que la mujer enseñe ni que domine al hombre. Que se mantenga en silencio. (I Tim. II:9-12)

¿Qué me dicen, che? ¿Que San Pablo era “machista” (hombre que trata con prepotencia a la mujer)? ¿Que antes la cosa era así, pero ya no rige para nuestros adultos tiempos? ¿No me digan? ¿Entonces lo de San Pablo no es palabra de Dios? Entonces, apaga y vámonos: señores, ya se los dije, pero lo diré de nuevo: no sois cristianos, no hay más cristianos, porque no se puede ser cristianos y sostener semejantes cosas. Y nunca hubo un cristiano dendeveras que no supiese manejar su casa, nunca hubo un cristiano en serio que no fuera señor, que no tuviese señorío, sobre sí mismo, primero, y luego… sobre los suyos.

Yo tengo para mí que llegamos hasta aquí porque los hombres dejaron de ser hombres (de hecho, ¿no se quejan las nenas de hoy que “ya no hay más hombres”?) y porque las mujeres aprovecharon la volada y se insubordinaron para desgracia de ellas (caída de Dios, te caerás de ti misma), de nosotros, de todos. Ya lo había profetizado Spengler en su famosa “Decadencia”: corrompida la mujer, la estructura toda de occidente se vendría abajo.

Así que ganó el feminismo: ahora pueden votar y tienen iguales derechos que los hombres, ahora pueden hacer lo que les venga en gana, acostarse con quiénes quieran (con mujeres también, si a mano viene), tienen “su” vida, viven a “su” modo, y se acabó lo que se daba. Ahora pueden disponer de su cuerpo como quieran (y del cuerpo que abrigan en el seno materno, también), ahora pueden vestirse como se les antoja, embriagarse, hablar, caminar y en general, comportarse, como mejor les plazca. Y de tal modo ganaron, que casi, casi, nos atreveríamos a decir, se les fue la mano: los hombres se afeminaron, empezaron a usar iguales afeites, los muy metrosexuales, y desde luego, perdieron el poco respeto que alguna vez las mujeres tuvieron, si acaso, por ellos.

Fina obra del demonio, y por cierto, muy bien ejecutada, estoy viendo el expediente:

En el infierno, agosto de 1914.

Autos y vistos y considerando:

Que hay maridos que maltratan a sus mujeres;

Que hay otros que no las respetan, ni proveen a sus necesidades;

Que los hay que ni siquiera se ocupan de sus hijos, mucho menos de sus hijas;

Que hay varones que se aprovechan del actual paradigma social para llevar una vida disoluta exigiéndole a la mujer fidelidad y sumisión;

Que hay quienes las desprecian con misoginia manifiesta (especialmente los curas);

Por tanto, decreto: que se desencadene entre los estados cristianos una guerra de dimensión mundial, con recurso a todo el progreso tecnológico, incluyendo el bombardeo de poblaciones civiles, matanzas de mujeres y niños, a la que contribuiremos con todas las potencias a mi disposición.

Diablos todos, diablillos y todos los espíritus malignos que me escuchan: publíquese, regístrese, y háganme caso que al primero que me desobedezca, ya sabe lo que le pasará.

Sé lo que hago.

Lucifer, Príncipe del Mundo.

Y listo el pollo. Como decía una propaganda de puchos de hace medio siglo: “You’ve come a long way, baby”, has recorrido un largo camino, nena.

Cómo no. Y donde estás ahora… con tus “piercing”, y tus tatuajes, viviendo en un derpa con “tu amiga”, divirtiéndote a lo bestia en un boliche de “strippers”… ¿para qué se los voy a decir, dónde están ahora?

Ustedes ya saben.

*  *  *

Posteado por: Fray Rabieta | 11 agosto 2010

Flor de taradas

Pero nosotros somos ciudadanos del cielo.

 (Fil. III:20)

Manga de alcornoques:

Después del gran éxito que fue su “Informe sobre la Fe”, en el que se registra una larga entrevista de varios días al entonces Cardenal Ratzinger, el agudo periodista italiano, Vittorio Messori, quiso repetir la experiencia con el Papa. Pero no pudo ser. El Papa alegó estar viejo, enfermo o demasiado ocupado, ya ni me acuerdo. Pero en cambio, aceptó contestar por escrito a Messori si éste le acercaba un cuestionario. El resultado fue aquel libro detestable, “Cruzando el umbral de la esperanza” cuyo título mismo es una desgracia de confusión en el mejor de los casos y un perfecto oxímoron en el peor.

Por supuesto que la culpa no la tiene Messori, ¿qué sabía él que le iban a contestar tan mal a sus consideradas, oportunas y correctamente formuladas preguntas? Y la autoría de las respuestas no puede sino imputársele al Papa, como que su redacción rezuma ese pestilencial aire de confusión polaca que caracterizó su pontificado todo. Yo no sé cómo me las ingenié para terminarlo.

Pero, bueno, el caso es que sobre el final, Messori acierta a preguntarle por las Postrimerías, y por qué la Iglesia de un tiempo a esta parte se niega a predicar, especular, recordar y contemplar aquellos misterios que son la Muerte, el Juicio, el Cielo y el Infierno. Por no hablar de la Segunda Venida de Cristo. Aquí, el Papa se pasó: se extiende en una larga parrafada plagada de galimatías como la “escatología de la historia” y “la eviternidad del Concilio”, o poco menos (cito de memoria, que no lo puedo consultar desde que Fray Bilisnegra arrojó el volumen a la pira junto con uno de Anthony de Mello en ocasión del Auto da fe que supimos celebrar no hace tanto). Lo cierto es que reconoce que la Iglesia ya no predica “como antes” sobre estos asuntos postreros. No indica por qué no, no hace juicio de valor sobre el asunto y se conforma en cambio con zambullirse en las neblinas que ya dije.

De manera que la pregunta de Messori quedó sin contestar. ¿Y por qué, che? ¿Por qué diablos? Yo se los voy a decir, mis queridos babiecas, que con la sola mención de la muerte y del infierno ya se los ve un tanto inquietos, demostrando una vez más la eficacia de esta clase de asuntos para despertar a los feligreses (como que antaño muchas veces se recurría a este tipo de prédica para mejorar el producido de la colecta, y a fe mía, espero que esta vez también funcione, que Fray Bilisnegra quiere adquirir los 32 volúmenes de las cartas y diarios de Newman, ¡a un promedio de 150 dólares cada uno!).

Con característica economía los ingleses llaman a los Novísimos “The Four Last Things”, las cuatro últimas cosas, que, repito, son Muerte, Juicio, Cielo e Infierno, toma del frasco. La respuesta honesta a la pregunta de Messori debió formularse más o menos como sigue: que con el giro antropocentrista, inmanentista, progresista y estúpido de mediados del s. XX, las más altas autoridades de la Iglesia resolvieron concentrarse en el “más acá” dejando el “más allá” en una suerte de nebulosa para consumo de chicos y viejas supersticiosas en el mejor de los casos: los cristianos “adultos”, “maduros” y “aggiornados” estaban con cosas infinitamente más importantes como “el cambio de estructuras” y la pastoral barrial. Y entonces, se dejaron caer esos molestos tópicos de antaño: la muerte no se mencionaba, el juicio sería aquí abajo, para los oligarcas y opresores, el cielo era el paraíso socialista, más o menos, y el infierno… je, el infierno había sido suprimido. Si no me creen, fíjense en un índice de las Actas de Vaticano II, a ver si encuentran el vocablo…

Así que, muchachos, las barbas en remojo: establezcan los límites entre lo visible y lo invisible, entre lo temporal y lo eterno, entre el mundo y el reino de los cielos, entre la historia y la eternidad, entre lo accidental y lo sustancial, entre el compuesto de acto y potencia y el Acto Puro, entre el hombre y su circunstancia y el “Esse ipsum per se subsistens”, entre “El que es” y el que “no es”, y elijan, uno u otro. Ese disparate, esa increíble estupidez hicieron en nombre del “espíritu” del sacrosanto concilio: ahora había que ocuparse del ahora, aquí había que ocuparse del aquí, más acá había que ocuparse del más acá, la Esperanza se había convertido en esperanza, la Fe en fe y la caridad en fraternidad universal: y entonces, al diablo con la vida sacramental, la oración, los rituales, los dogmas de fe, el catecismo de siempre, la devoción a María Santísima, la penitencia, el agua bendita y los ejercicios espirituales. Al diablo con todo eso, claro que sí, vamos con la “Teología de la Liberación”, de la mano de Telar Chardón nos encontraremos con el Punto Omega y de la mano de Karl Rahner nos encerraremos en este mundo de acá, que no otra cosa es la “svolta antropologica” que diseñó este jesuita amalaya gran perra, cuando no estaba ocupado escribiéndole a su pescadito.

Y todo el tiempo allí estaba, ¿no?, el testimonio de la Tradición toda, de los Padres, de la Escritura, de los Concilios, de los Doctores, de los santos, de la iconografía cristiana… ahí estaba el monumental testimonio de la literatura de todos los tiempos, las poesías de Quevedo o el teatro de Shakespeare, el Dante y las premonitorias consideraciones de Sócrates o de Virgilio… no importa… al diablo con el “Dies Irae”, vamos a construir un mundo en el que nadie se acuerde más de que se va a morir, de que hay un juicio, que de resultas de ese juicio algunos van a parar al asador.

Los romanos, por disolutos que fueran, por decadentes que estuviesen, vivían pendientes de esto, del “memento mori”, sabían que iban a morir, y lo tenían bien presente. Nosotros sabemos más, y hemos construido una cultura, una axiología, un mundo en el que nadie se muere, en donde es un tema tabú: desparecidos los velorios, los largos y significativos duelos, las cuarenta misas gregorianas, la oración por los difuntos, etc., etc. ¡Pobrecitos nuestros muertos, que se han ido y ya nadie se acuerda de ellos, si no es para publicar frívolas y estúpidas necrológicas en “La Nación”! (“Abuelo Ricardo, te extrañaremos siempre.” Firmadas, por “tus nietos” Belu, Pipi, Chechi, Lupi, Nino, Cata, Lola y Rudecindo―ése es el peón de la estancia que a alguna se le ocurrió agregar a último momento).

Pero don Rudecindo, el peón de la estancia, no se olvida. No se olvida de la muerte de su patrón, ni de la propia. Se sienta al lado del brasero y se toma otro mate y otea el horizonte y piensa, por enésima vez, en la muerte de su patrón, en la propia, en qué hay del otro lado, en qué le espera… mientras que las nietas (Belu, Pipi, Chechi, Lupi y todas las demás) pasean por “Falabella” buscando un “jean” que les quede bien.

Con todo, no me vayan a entender mal. La diferencia no es de clase (aunque, en otro sentido, sí lo es). Don Rudecindo es noble, porque fue bien enseñado, a considerar las postrimerías, todos los días de su vida. En cambio, las nietas de don Ricardo, que fueron a colegios súper-católicos, que fueron a decenas de retiros, y que son re-católicas, ¿viste?, no saben, no piensan, no consideran este asunto de la brevedad de la vida humana, del misterio de la muerte, de lo tremendo del juicio (hasta el justo temblará, dice don Celano), de la posibilidad del infierno, de la esperanza del cielo.

Están acá, piensan en el más acá, en lo visible, en lo temporal, se agitan por las circunstancias, se emocionan con lo pasajero, se vuelcan a lo inmediato, contemplan vidrieras, se miran en el espejo, se mandan mensajitos (estoy en el subte, ¿dónde estás?), se aturden con música bolichera y leen―¡si leen!―a Paulo Coelho o Dan Brown. Porque fueron mal enseñadas, porque son herederas de la “primavera de la Iglesia”, porque nunca nadie les dijo que un día, muy pronto, se iban a morir y que la cosa no es broma, más allá de “mis ganas de vivir” que cantan a voz en cuello durante la celebración del Santo Sacrificio de la Misa. Así están, estas futuras madres que no sabrán qué enseñar a sus hijos, futuras abuelas (en el mejor de los casos) que ni pensaron, ni siquiera una sola vez, en algo mínimamente grave, serio, misterioso, tremendo, las frívolas cristianas criadas en el caldo de la levitas post-conciliar.

Mucho menos, muchísimo menos, se imaginan que un día, el día menos pensado, se van a morir, pobrecitas, pensando como están en el próximo capítulo de “Botineras”, estas flores que nos legó la maldita primavera que dije. Por culpa de… ¡bueh!… dejémoslo en paz, a los culpables de esta Gran Apostasía.

Ya se van a morir, si no han muerto ya. Como ustedes y yo. Como estas pobres niñas que digo, porque

Está establecido que los hombres mueran una vez y luego…

¿Y luego qué?

¡Juicio! (Hebreos, IX:27)   

Y si algunos de ustedes quiere empezar a pensar en cómo sacarse un cuatro en aquel examen final, por lo menos, póngase a considerar estas cuatro últimas cosas, y enséñeselas a sus hijos, comenzando por aquello del Eclesiástico, que está totalmente de acuerdo con los progres en que no hay por qué dejarse vencer por la tristeza,

No abandones tu corazón a la tristeza, arrójala de tí y…

¿Y qué más?

 y acuérdate de las postrimerías (Ecle. XXXVIII:21).

 

*  *  *

Posteado por: Fray Rabieta | 3 agosto 2010

Jacobita

                                                                      Aviso

Fray Letal ha mandado a Fray Broncas traducir el fragmento de una homilía de Monseñor Ronald Knox en la fiesta de San Edmundo de Abingdon que nos arrimó el Jacobita. Fray Disgusto transcribió la traducción y Fray Bilisnegra enmarcó el póster para colgarlo en la entrada de nuestra iglesia de la Santa Cólera. He aquí cómo quedó:

No hay nadie que haya intentado alguna vez hacer algo bueno en el mundo que no haya tenido que pasar por esta vida sin experimentar frustración y desilusión. Menos que menos un sacerdote, que tiene que trabajar sobre la dura tierra del alma de los hombres, en un mundo siempre dispuesto a criticar, limitado por la autoridad de superiores humanos, no siempre sabios. Se encontrará con que sus planes son dejados de lado, que sus consejos resultan desechados, y que sus más cálidas expectativas chocan con frío desdén.

Tomarán todo esto a bien, precisamente en la medida en que hayan aprendido, de entrada nomás, a poner la voluntad de Dios en el primer plano del retrato que se hacen del mundo, no como telón de fondo.

En vuestras oraciones, esforzaos en ver que su Voluntad es lo único que importa; estad preparados para ver todo el bien que querían llevar a cabo finalmente realizado por algún otro, sobre las ruinas de vuestro fracaso.

Después de eso, tanto en vida como en el momento de la muerte, en verdad podréis llamaros Edmundianos.               

                                                                                                      Ronald Knox

Posteado por: Fray Rabieta | 31 julio 2010

Malogrados, fracasados, vencidos.

En muchos lugares el cristianismo ha sido contaminado

 con la idea occidental de producción.

(Catherine Hueck de Doherty)

  

Si solamente para esta vida tenemos esperanza en Cristo,

somos los más miserables de los hombres.

 (I Cor. XV:19)

Mis queridos pelmazos:

Esto lo dice San Pablo, a propósito de la Resurrección de Cristo… y de la nuestra. En efecto, miren cómo lo dice el Apóstol:

Si los muertos no resucitan, tampoco ha resucitado Cristo.

Ahora, dirán ustedes, y todo esto ¿a cuenta de qué? Bueno, de lo que el mismo San Pablo dice a continuación:

Si cristo no resucitó vana es nuestra fe (I Cor. XV:16)

Fe vana, vanidad de la fe, fe en vano, vana fe… ¿les suena esto, aunque más no sea un poquito? O como dicen ahora, ¿no les hace un poquitín de “ruido”? A mí me parece un estrépito, como un rumor de muchedumbre, como una enorme y continua explosión, como una tormenta en el mar o un huracán desatado… ¿Qué cosa? Se los diré de una, antes de que se me queden dormidos, ahí sentaditos como chorlitos que son: la fe vana, la vana fe de los que en verdad no creen que Cristo Resucitó. Está lleno, están alrededor de nosotros, muchísimos son clérigos, muchísimas monjas, católicos de acción católica o de no sé qué Instituto Secular, laicos a montones, cientos, miles, cientos de miles de cristianos que en verdad no creen que Cristo Resucitó. Y por tanto su fe es vana. Por supuesto que todos ellos celebran la Pascua, desde luego que todos ellos profesan creer en la Resurrección de Cristo, y lo dicen quizá todos los domingos cuando recitan más o menos automáticamente el “Credo”… pero no es cierto, ché, mentira, se nota a la legua… creyesen ellos en semejante Portento, y no dirían lo que dicen, no se comportarían como lo hacen. Aquello de la Resurrección en sus labios no es más que formulismo mecánico, hábito inveterado a fuerza de repetición, atavismo que les viene de la niñez… pero no es, ni por pienso, verdad.

Y como prueba, en primerísimo lugar pondría yo la estrecha vinculación que estos cristianos establecen entre la acción y el resultado, entre la obra y sus frutos, entre los esfuerzos y los triunfos mensurables, entre el empeño y su recompensa (aquí Fray Bilisnegra me pide que inserte una nota erudita, protesté que es al cuete, pero como no me interesan los resultados, aquí va: hay que releer la Disgresión sobre la moral de la caridad en “El Ruiseñor Fusilado” de nuestro querido Castellani).

Por eso, desde hace unos cuatrocientos años, más o menos, el cristianismo retrocede, en todos los órdenes, en todas partes donde esta peste arraigó, llámenla si quieren semi-pelagianismo, voluntarismo, o simple estupidez, me da igual. Es lo que explicó Maritain hace tantos años: si la Iglesia usa “medios ricos” estamos perdidos (después, él, el muy salame, quiso usar del medio más “rico” de todos, la mundanización completa, ja).

Pero dejemos al franchute en paz. Una vez, una señora me preguntó por qué compraba velas. Le dije que era para ponerle a la imagen de Nuestra Santísima Patrona y entonces me preguntó, con toda ingenuidad, si a mi “me daba resultado” también, como la devoción por San Expedito, la Virgen Desatanudos o no sé qué otra superstición de las tantas que andan por ahí. ¿Si me da resultado? Pues…

Es una pregunta bárbara, oscurantista, mágica, espiritista, masónica, judaica, calvinista, tonta, enferma, digna de reprensión y de nuestra parte, en lo que a nosotros nos concierne, no admite respuesta ninguna. Contestar esa pregunta, si la religión “me da resultado” denotaría irreverencia hacia Dios, impudicia hacia el prójimo, y locura para conmigo mismo. “Resultado”, ya te voy a dar a vos.

Y sin embargo, como digo, es lo más común entre los cristianos. Están los que cuentan sus devociones, están los que miden su estado espiritual, están los que sacan la cuenta o calculan, en base al número de almas reclutadas, en base a la repercusión que tuvieron, cuando no en base al dinero recaudado, je, je.

Quieren resultados, y resultados ¡ya! Y cuando no hay resultados a la vista concluyen que han fracasado, los muy imberbes. Y luego, ¿no van y tildan de fracasados a la distinguida legión de “fracasados” que no vieron los frutos, las consecuencias benéficas, los magníficos “resultados” de vidas frustradas, donde todo salió mal, cuando nadie les hizo caso, cuando nadie los entendió, cuando no obtuvieron ni un solo discípulo.

Los ejemplos se me agolpan en el magín de tal modo que no sabría por dónde empezar. Pero nuestro Castellani no es mal ejemplo de eso, que apenas si sus libros se vendían, que murió desacreditado, pobre, sin verdaderos discípulos a la vista, sin que supiera si acaso algún argentino había llegado a entender lo que quería decir. El caso de Newman es más significativo aún, si cabe: Faber y Manning lo acusaban de no contar con “conversiones” a su favor; y efectivamente, en vida, no se vieron muchas “conversiones” que pudieran vincularse de algún modo (las conversiones sólo las hace Dios) a su prédica, libros, ejemplo y santidad personal.

¡Cuántos tipos no tenemos de ejemplo de vidas fracasadas, sin resultados a la vista, o, peor aun, con resultados desastrosos! Casi todos los grandes, casi sin excepción, los grandes cristianos que han pasado por este mundo no han disfrutado, en vida, de la recompensa de “cosechar entre cantares” lo que habían “sembrado con lágrimas” (Salmo CXXV:5). Quizás le fuera dado atisbar algo de eso, en unos pocos momentos de consuelo, pero no es el modo habitual de la Providencia.

Mirando hacia atrás, considerando las cosas con el beneficio de la retrospectiva, esto que digo está clarísimo: pero en vida, contemporáneamente a los sucesos, no se ve tan claro. Consideremos por un instante las conversiones “de” Newman: Gerard Manley Hopkins, Edward Elgar, Hugh Benson, Ronald Knox, Gilbert Keith Chesterton, Frank Sheed, Malcolm Muggeridge, recientemente A. N. Wilson, son sólo algunos de los nombres que se me ocurren al voleo (insisto, las conversiones son de Dios solo, pero Él se vale de la obra, del esfuerzo, del sacrificio de otros hombres, y en este caso, Newman tuvo mucho que ver en lo que digo).

La deuda que tenemos con Castellani por haber conservado la fe en este turbulento s. XXI, es inmensa. (No somos muchos y bastante zopencos, ya sé, pero, bueno, aquí estamos, tratando de aprender de él alguna cosa más).

Tengo muchos más ejemplos de gente arruinada, gente aparentemente derrotada, menospreciada, humillada, olvidada, cuya obra fructificó tiempo después de modos increíbles, notables, feraces. (Y permítanme mencionarlo aquí a Kierkegaard, porque tengo ganas, nomás).

Les pido además que no hagan trampa, pues vendrá alguno a decirme que San Luis Rey de Francia, que San Ignacio de Loyola, que San Francisco de Asís murieron satisfechos por la enorme obra realizada, etc. Hagan sus deberes, consulten las buenas biografías, relean sus cartas, y verán que no es así, que no, que no, que ni parecido… Lean los últimos escritos de la Madre Teresa de Calcutta, el final de Santa Teresita de Jesús, de la Gran Santa Teresa y sabrán lo que es canela.

Y vamos entonces a los que sacan la cuenta y se mueven en base a resultados a la vista: la enorme leva de jóvenes para el instituto tal, un éxito rotundo, indiscutible… ¿Ah sí? Vamos a ver todavía. La cantidad de dinero, casas, vocaciones, monasterios, iglesias y poder acumulado por los jesuitas y sus sucedáneos contemporáneos, los Legionarios de Cristo, y el Opus Dei, y los jesuitas, y los bue… ¡bueh! … dejémos eso, todo eso, a los ojos de Dios, ¿cuánto vale?

No nos toca el decirlo, pero algo podemos decir, no vayan a creer.

Nuestro supremo ejemplo es Cristo, que durante los días que pasó en este mundo, no tuvo mayor éxito, como Él mismo puso elocuentemente de manifiesto al llorar, ¡llorar!, sobre Jerusalén. Eso sí que es fracasar para quien confesó que no había sido enviado sino para rescatar “a las ovejas perdidas de la casa de Israel” (Mt. XV:24).    

Y por eso le advierte a sus discípulos:

No os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos de que vuestros nombres estén escritos en los cielos (Lc. X:20).

Así que, háganme el favor de terminarla con las estúpidas fanfarronerías del “estamos ganando”, “somos muchos más” y a poner las barbas en remojo.

Pues nada más verdadero que lo de T. S. Eliot (que traduciré para mayor inteligencia de mi empobrecida audiencia):

                                               Para nosotros está el intentarlo…

                                               El resto no es asunto nuestro.

Es asunto, claro está, del Cristo Resucitado.

Y de nadie más.

* * *

Posteado por: Fray Rabieta | 24 julio 2010

¡Es la estupidez, estúpidos!

“Los católicos tenemos que fracasar siempre”,

me decía ayer no más Doña Herminia Bas de Cuadrero.

Los católicos como ella, sí.

 

 (L. Castellani, en “El Evangelio de Jesucristo”)

Estimados pazguatos:

En efecto, como señala Castellani, a Cristo no le gusta la estupidez. Par contre, al que le encanta la estupidez―y muy en particular la estupidez de los cristianos―es el diablo, qué se creen ustedes.

Y en verdad, no le falta mercado. Pero, claro, a ésos los maneja de taquito, la legión de católicos distraídos, dormidos, confundidos, los beatones, fideistas, escrupulosos, progresistas, maniqueos, jansenistas, papólatras, pasteleros y pelafustanes: ya ni le divierten quizá, tanto cristiano cretino que anda por ahí… comenzando por los que niegan que la inteligencia sea el don (natural) más grande que Dios le dio al hombre, como que sin ella ni el Primer Mandamiento se puede cumplir. En efecto, no se puede amar a Dios en serio, si no es con toda el alma―que quiere decir “con toda tu mente”―que quiere decir “con toda tu inteligencia”, a ver si logro despertarlos de una buena vez.

Por supuesto, ya sé, ya sé: hay quienes tienen más, hay quienes tienen menos, de acuerdo (aquí, por ejemplo, hay unos cuantos que tienen “menos”) pero de la que tienen, la poca o mucha inteligencia que Dios les dio, están obligados a empeñarla a fondo. Porque el Padre quiere adoradores en espíritu y en verdad. Y habitualmente la verdad no se alcanza por dispensación divina directa, por intuición directa, sino luego de esforzar el mayín y pensar bastante. A eso, mis queridos palurdos, están obligados. Ya sé que les da fiaca, que se complacen en protestar que “no son intelectuales”, y que creen que basta con entregarse a vuestras devociones, rezar el rosario, adorar al Santìsimo y multiplicar las obras de caridad. Bueh, dejemos eso, ya demasiado les he hablado de esto, y me da por dejar este asunto de lado, por una vez.

Si son tan estúpidos de creer que pueden permanecer en ese estado, que no es estúpido no querer serlo, dejar de serlo, intentar salir de la estupidez―¿qué quieren que les diga yo? Eso no tiene remedio.

Lo que sí pueden hacer es buscarse un buen “Padre Fundador” que piense por ustedes y seguirlo a morir. Entréguenle vuestra inteligencia, vuestra conciencia. Les va a ir bárbaro. Además es comodísimo. No tienen que pensar más. No tendrás más problemas de conciencia. Jamás estarán perplejos. El Padre Fundador les dirá qué tienen que hacer, cómo, cuándo, etc. Basta con hacerle caso, encolumnarse, y ¡chau!, listo el pollo. Serán cristianos felices y con un poco de suerte se irán derecho al limbo de los animales­―que no sé si existe, y ustedes no tendrán el hábito de consulta, de conversación, de amigos más sabios que uno, ni los libros, ni el modo de averiguarlo. (Lo que sí pueden ir haciendo, es preparar vuestra defensa para el Juicio, “el Padre Tal, me lo dijo”, “siempre hice caso”, etcétera, y luego traten de etiquetar eso con lindísimos apodos, humildad, obediencia, docilidad, etcétera. Les va a ir bárbaro, je, je).

Y luego, con eso, llevar obedientemente a cabo el consejo de Escrutopo, el genial diablillo de Lewis, que propuso un brindis por la inclinación democrática y plebeya del siglo XX:

El movimiento generalizado hacia el descrédito, y finalmente la eliminación, de todas y cada una de las excelencias humanas―moral, cultural, social o intelectual.  

No, dejemos eso de lado, al diablo le interesa mucho más el cristiano con los ojos abiertos, el reflexivo, el que piensa, que busca la verdad, que no se conforma con cualquier respuesta “toute faite”, que tiene espíritu crítico y lo cultiva.   

¿Y bien? ¿Adónde quiero llegar con todo esto? Muy fácil, mis inestimables zascandiles. Pero para lo que tengo que decir esta mañana, necesito que me concedan―por una vez, en serio―que el cristiano está en guerra. No sólo con la carne, enemigo insidioso si los hay, no sólo con el diablo, enemigo temible si los hay, sino también con el mundo y esto, claro está, significa con “todo el mundo”.

¿Será ejercicio excesivo para vuestras fatigadas entendederas imaginarse en una trinchera, con enemigos a diestra y siniestra, con logística complicada, interferencia de comunicaciones, escasos servicios hospitalarios, poca munición, oficiales brutos y tropa cansada?

Así estamos, exactamente así, los cristianos del s. XXI, obligados a librar batalla en condiciones malísimas contra enemigos poderosos. Y entonces, es precisamente entonces, que necesitamos de nuestra inteligencia para responder a la pregunta del millón: ¿cuál sería nuestro peor enemigo? ¿Los comunistas, los masones, los judíos, los liberales? No me hagan reír. ¿Los ateos, los homosexuales, los escépticos, los evangelistas, los amorales de siempre? Por favor. ¿Serán entonces los periodistas, los narcotraficantes, los abortistas, los musulmanes, los budistas, los chinos y los ladrones? ¡Bueh, qué manera de decir estupideces!

Como doy por descontado que no lo van a sacar solos, se los voy a decir: los peores enemigos están de este lado de las líneas, en nuestras propias trincheras, con nuestros propios uniformes, usurpando nuestras banderas, cantando nuestras marchas y, lo que es peor, con cargos de máxima autoridad: el general tal, labura para el enemigo, el coronel cual es agente encubierto, el sargento equis deliberadamente cambia la munición para que no sirva, el cocinero tal envenena la sopa, el soldado fulano deliberadamente dejó el puesto de guardia, el soldado zutano siembra descontento y desesperanza, el otro de mas allá propone planes de ataque disparatados para que nos maten a todos, etc.

Ya saben ustedes a quiénes me refiero, y desde este púlpito no tengo el menor empacho de decirlo: me refiero, explícitamente a cardenales y obispos, curas, fundadores de institutos, rectores de seminarios y universidades, periodistas católicos, diáconos, monjas y laicos de todos los colores que laburan para el Enemigo disfrazados de católicos, enquistados en nuestra propia trinchera, que nos saludan amablemente (con el beso de Judas, claro está, el beso de la paz), que protestan que son cristianos como el que más y no son más que caricatura, fachada, remedo, falsificación y pura mascarada (son los que nos acusan de más papistas que el Papa y ellos son más cristianos que Cristo, je).

Ahora bien, si me prestaron atención hasta ahora, cosa que dudo mucho, quizá les interese desenmascararlos, estos que engrosan la quinta columna que por una grieta se metieron, como humo de Satanás, en la Iglesia de Dios. Son los defensores de la parodia. ¿Y qué cosa es la parodia? Oigámoslo a Castellani, aquel súper-inteligente que Dios le regaló a la Argentina para que los argentinos nos fijáramos un poco (y eso hace más de medio siglo, ya):

Lo Paródico es la imitación de lo Serio; cuanto más parecido a lo Serio sin serlo, es más eficaz en el arte de la comedia. No es lo mismo que lo Cómico, no es lo mismo que lo Falso, aunque participa de esas dos categorías.

Y claro, tiene razón Castellani, porque es doloso, insidioso, artero, traicionero y sumamente eficaz, este enemigo que tenemos en nuestra propia trinchera no nos hace la menor gracia. Sobre todo, porque,

No se puede atacar directamente sin peligro de lastimar lo que está detrás de esa corteza o ese tejido adiposo.       

Y así es nomás. Claro que cada vez más,

La parodia entre nosotros está tocando los límites de la farsa; y entonces… adiós eficacia de la parodia, al quedar en calzoncillos.

Pero aquí tenemos un problema, amigos míos: que si bien lo que tenemos a la vista “toca los límites de la farsa”, no sé Varela Rouco en Madrid defendiendo la ley de aborto, Bergoglio prohibiendo la misa de San Pío V, los seminaristas gays de Roma o la “Universidad Católica Argentina” que ya ni parodia es de universidad, de católica, ni de argentina, si bien de a ratos parece que el diablo se pasa de piola, sin embargo… sin embargo… los católicos se han embrutecido de tal modo, han renunciado a pensar críticamente hace tantas décadas, se han perdido en no sé qué laberintos de congregaciones, institutos y cofradías al servicio de sí mismos, que ya ni se dan cuenta, casi, de la farsa en curso. Cuando no son cómplices con cuidadosos silencios, prudentes justificaciones y oportunas excusas. Esto no habría sido posible sin tanta estulticia, tanta complicidad. Para volver al ejemplo de la UCA, si le hubieran prestado atención a Castellani,  que antes de su fundación ya decía:

Si se fabrica una “universidad católica” por el camino que ahora parece se ha tomado, la Iglesia se manchará en la Argentina con una Universidad Paródica.

Como muestra de botón, ya saben ustedes, ¿para qué voy a perder el tiempo con la UCA? En materia paródica no nos falta nada: liturgia, clases, doctrina, manuales, exégetas, retiros, devociones, congregaciones, vocaciones, prácticas piadosas, espiritualidades paródicas nos sobran. Y ahora, como si no tuviésemos la copa que rebosa de farsa y remedo, he aquí que hasta santos paródicos tenemos, para qué lo voy a mencionar al Escribano ése…

¿Qué más, que ya me he extendido en demasía y todos ustedes están aburridísimos con mi cháchara?

Una sola cosa más: el Anticristo se parecerá a Cristo.

Y a los estúpidos se los va a comer crudos, qué culpa tengo yo.   

*  *  *

Posteado por: Fray Rabieta | 17 julio 2010

¡Prohibirán el casarse!

El Espíritu dice claramente que en los últimos tiempos

 habrá quienes apostatarán de la fe, prestando oídos a espíritus de engaño

y a doctrinas de demonios…  

y prohibirán el casarse.

I Tim. IV:1, 3

Mis inútiles petimetres:

Lo peor de todo, como siempre, son los católicos. Católicos ignorantes, católicos confundidos, católicos de letrerito, católicos tibios, católicos mundanos, católicos sodomitas.

No hay para qué decirlo, pero lo diremos igual: la mayoría de los católicos de después de la Segunda Guerra Mundial, resolvieron que había que darle a la Iglesia Católica un aspecto más atractivo, más simpático, más condescendiente, más agradable al paladar del mundo post-1945. Y entonces, desde el instante mismo en que se empeñó en volverse atractiva para el mundo, la Iglesia se mundanizó. Así fue, no me lo discutan porque es indiscutible: para seducir al mundo adoptó una axiología, un lenguaje, una liturgia, una sociología, un estilo, una apariencia y, brevemente, un modo de estar ahí, que se le antojaba no podía sino atraer a más hombres, al mundo. Por supuesto que la cosa se dio al revés, y ellos fueron los seducidos. Y lo llamaron, a fe mía un poco anticipadamente, “la primavera de la Iglesia”.    

Pero en buen romance, eso se llama “colusión con el mundo” y se trata de una negociación de cosas que no son negociables, del ocultamiento de cosas inocultables, del disfraz de verdades que no admiten cosmética, del silencio sobre asuntos que nadie tiene derecho a callar. Y para hacer el negocio más digerible, la Iglesia se llenó de un torrente de palabras, neologismos, giros, mots de passe, claves y clichés con el que esconderían la traición a la Tradición, al sagrado depósito de las verdades de Fe: tolerancia, diálogo, ecumenismo, progreso, comunidades de base, teología de la liberación, aggiornamento, svolta antropologica y tutte le quanti. Y además, para los que se opusieran al Gran Proyecto echaron mano a un arsenal de adjetivos que cargaron con máxima connotación negativa: inquisitorial, medieval, oscurantista, integrista, retrógrado, son sólo algunos de los insultos progres que me vienen a la cabeza, aunque tampoco se privaron de usar los viejos denuestos de soberbio, intolerante, fariseo, loco, mentiroso o lo que viniera a mano.

Ahora bien, mis inestimables palurdos, esa colusión con el mundo dio frutos que tenemos, cuarenta años después, a la vista: relativismo en cuestiones dogmáticas, racionalismo exegético, desacralización litúrgica, herejías al por mayor, confusión y más confusión, generalizada ignorancia y un optimismo a prueba de balas (aunque de ese optimismo sesentista quede cada vez menos, apenas si una canzonetta plebeya como “Alma misionera” o “Zamba del grano de trigo”).

Pues hagamos la cuenta, señores, siguiendo a San Pablo, si no se oponen: lo que le dice a los Romanos de entrada nomás, en el primer capítulo de aquella epístola, nos lo dice a todos nosotros, ahorita mesmo:

Primero: no glorificaron a Dios como a Dios. Con guitarritas, una religión horizontalizada, gestos sentimentales, experimentos litúrgicos, homilías pasteleras, dando de mano Su palabra, olvidando veinte siglos de cristiandad, olvidados de cómo lo hicieron todos los cristianos, durante veinte siglos, en todas partes, siempre. Total que los cristianos del s. XXI no sólo no dan gloria a Dios: no sabrían por donde empezar. No sólo han olvidado los dogmas de fe. Ni siquiera recuerdan las rúbricas, los himnos, los rituales: ni siquiera saben de reverencia, de piedad, de devoción, de sacrificio, de latría, ni de penitencia. Se han olvidado de todo eso, no tienen idea por dónde empezar.

Segundo: Se envanecieron en sus razonamientos, su insensato corazón se fue oscureciendo. Pese a tener los resultados a la vista, difícilmente se hallará a uno, uno solo, que, advirtiendo la catástrofe que es la Iglesia en los días que corren, concluya sencillamente que en algún punto se perdió el rumbo, que no hemos llegado a este estado de cosas por casualidad, que habría que revisar el camino emprendido para establecer dónde y por qué se tomó el camino equivocado (a esto lo llamaría yo “la obstinación de la continuidad”).

Tercero: Dios castigó a los hombres, a todos, por este asunto: los entregó a la inmundicia en las concupiscencias de su corazón, los entregó a pasiones vergonzosas, pues hasta sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza. E igualmente los varones, dejando el uso natural de la mujer se abrasaron en mutua concupiscencia, cometiendo cosas ignominiosas varones con varones recibiendo en sí mismos la paga merecida de sus extravíos.     

¿Qué más puede decir un pobre fraile como yo, al lado de lo que dice el Apóstol de las Gentes? ¿Qué puedo agregar, si no el comentario de Santo Tomás?

Si comúnmente se censuran los pecados de la carne, porque por ellos se rebaja el hombre a lo que es bestial en él, con mucha mayor razón se lo censura por el pecado contra natura mediante el cual el hombre cae por debajo de la naturaleza bestial.

Y están todas las bestiales lesbianas, los brutos homosexuales, los salvajes travestis gritando, clamando e interrogando destempladamente qué cosa es “contra la naturaleza”, como si no entendieran lo que se les dice. Pero Santo Tomás lo explica clarito, clarito.

Se dice que algo es contra la naturaleza del hombre por razón de su género, que es animal. Ahora bien, resulta manifiesta que conforme a la intención de la naturaleza la unión de los sexos en los animales se ordena al acto de la generación. De aquí que todo género de unión del que no se pueda seguir la generación es contra la naturaleza del hombre. 

¿Tan difícil es esto? ¿Tan difícil de entender? No, dicen los muy bestias, el sexo es cuestión cultural, no biológica, y por tanto se puede definir como se nos canta y hacer con él lo que a cada uno le venga en gana. Piensan así porque se envanecieron en su razón, porque no pueden ya ni pensar correctamente. Y estos que se niegan a procrear, a perpetuar la especie humana, estos que dicen que aman la vida, nos dicen (como se les decía a los primeros cristianos) “homófobos”, ja, ja.

Ahora, no hay por que abundar, ya saben ustedes, hasta los más chicos saben qué está en juego, qué está pasando, quién tiene razón, quién está equivocado, quién es bueno, quién es malo. Al Enemigo del hombre, al “homófono” en serio, al Acusador, se le acaba el tiempo y antes de eso quiere hacer su numerito.

Y el demonio conoce bien las Escrituras, las estudió de cruz a tabla y se toma en serio sus estudios bíblicos, no como los Bultman, los Rivas y todos los imbéciles a su diabólico servicio. Y entonces sabe que tiene que liquidar el matrimonio, la posibilidad misma de que, procreación mediante, se complete el número de los justos. Sabe que en ese momento está jodido. Así lo explica, por ejemplo, el gran Frank-Duquesne:

Lo que horroriza a los sodomitas, al igual que más tarde a los maniqueos y albigenses es el matrimonio, la perpetuación de la carne, “la obra del Demiurgo”, todo lo que la carne contribuye al plan divino para el hombre, carne de la que nació Cristo…

Pues entonces, mis dormidos feligreses, hora es ya que despertéis del sueño. La cosa se ha radicalizado, el Acusador de nuestros hermanos está desencadenado.

Es hora de ir tomando partido.

Y casarse, y tener hijos, antes de que sea demasiado tarde.

(Y los que no, vengan a rezar por ellos en esta Santa Orden).

*  *  *

Posteado por: Fray Rabieta | 11 julio 2010

Comunicado Parroquial

Se hace saber a la feligresía de la Iglesia de la Santa Cólera de esta Orden de los Frailes Retobaos que Fray Rabieta ha obtenido dispensa de nuestro prior, Fray Letal, para no predicar este domingo. A cambio, lo ha puesto a Fray Disgusto a traducir un sermón de Newman en el que consta de una vez y para siempre por qué los progres siempre han querido tener al insigne Cardenal como Patrono de Vaticano II. En el capítulo de culpas nos hemos enterado por boca del mismísmo traductor que agregó el vocablo “etcétera” al original. Fray Letal le impuso la penitencia de un día a pan y agua por el delito de traición, pero luego de dos días de sesudo estudio del original de Newman y la versión de Fray Disgusto mandó dejar la cosa tal cual. 

Fray Broncas.

Posteado por: Fray Rabieta | 11 julio 2010

Newman: antecesor de Vaticano II.

Psicología (avant la lèttre) de los progresistas

Era un varón bueno y lleno del Espíritu Santo y de fe.

Hechos, XI:24

Mis queridos hermanos:

Cuando Cristo se hizo de un pueblo para sí, eligió a todo tipo de gente. Las rutas y las cercas, las calles y los senderos de las ciudades suministraron invitados a su cena, así como también lo hicieron el desierto de Judea y la corte del Templo. Sus primeros seguidores son típicos de la Iglesia en general, en los que se encuentran muchas y variopintas personalidades, distintos tipos humanos que se entienden perfectamente entre sí. Y aquí encontramos una utilidad, entre varias, de nuestras fiestas―siempre que nos aprovechemos de su celebración: nos pone delante las diferentes formas que adquiere la Vida divina bajo la misma diversidad de circunstancias exteriores, ventajas y disposiciones que hallamos a nuestro alrededor. La gracia especial dispensada a los apóstoles y a sus asociados, sea de tipo milagroso o moral, en modo alguno destruía las respectivas peculiaridades de sus temperamentos o carácter, ni tampoco los revistió de una santidad que excediera nuestro poder de imitación, así como no excluía sus faltas y errores que bien pueden servirnos de advertencia. Los dejaba tal como los encontraba―hombres. Pedro y Juan, por ejemplo, los sencillos pescadores del lago de Genesareth, Simón el Zelote, Mateo el empeñoso recaudador de impuestos y el ascético Bautista, cuán diferentes son―en primer lugar, entre sí―y luego, si los comparamos con Apolo el elocuente alejandrino, Pablo el erudito fariseo, Lucas el médico, o los Reyes Magos, los sabios que acudieron desde el Oriente a celebrar la fiesta de la Epifanía; y nuevamente, cuán diferentes son éstos de la Santísima Virgen María, o de los santos inocentes, o del anciano Simeón y de la profetisa Ana que se nos presentan cuando la fiesta de la Purificación, o las mujeres que asistían al Señor, María, la mujer de Cleofás, la madre de Santiago y de Juan, María Magdalena, Marta y María, las hermanas de Lázaro; o por poner más ejemplos, la viuda con sus dos óbolos, la hemorroísa cuyo sangrado fue detenido, distintos todos de aquella que derramaba lágrimas de penitencia a sus pies, y de la ignorante samaritana en el pozo de Jacob. Más todavía, la precisión con que se caracteriza a las distintas personalidades y la evidente verdad que se desprende de los retratos que pintan los evangelios nos sirve para darnos cuenta de cómo fueron realmente los hechos, además de fortalecer nuestra fe, a la par que se nos suministran abundantes enseñanzas. Así, por ejemplo, es el ardor inmaduro de Santiago y Juan, la repentina caída de Pedro, la obstinación de Tomás y la cobardía de Marcos. A su modo, San Bernabé también nos enseña hoy una lección; ni se me hallará falto de devoción por este santo apóstol si hoy lo tomo como modelo, no sólo por razón de las particulares gracias de su personalidad, sino si me detengo también en los rasgos que se advierten en él que pueden servirnos de advertencia, no de ejemplo.

El texto dice que era “un varón bueno y lleno de Espíritu Santo y de fe.” Esta alabanza por su bondad se explica por su nombre mismo, Bernabé, “el Hijo de la Consolación”, que aparentemente se le dio para destacar sus virtudes de benevolencia, mansedumbre, consideración, cordialidad, compasión y generosidad.

Su conducta responde a esta descripción. Lo primero que oímos sobre él es a propósito de la venta de un terreno que era suyo, cómo le dio su producido a los Apóstoles para que lo distribuyesen entre los hermanos más pobres. La siguiente noticia que tenemos de él constituye una segunda prueba de su bondad, que pone en evidencia la amabilidad de su carácter, bien que constituye un episodio más bien privado. “Cuando Saúl llegó a Jerusalén, procuraba juntarse con los discípulos, más todos recelaban de él, porque no creían que fuese discípulo. Entonces lo tomó Bernabé y lo condujo a los apóstoles, contándoles cómo en el camino había visto al Señor y que Éste le había hablado y cómo en Damasco había predicado con valentía en el nombre de Jesús” (Hechos. IX:26-27). Luego se lo menciona en el texto y todavía en son de alabanza de igual tenor. ¿Cómo había demostrado que “era un varón bueno”? Pues, cumpliendo con una misión de caridad entre los conversos de Antioquía. Bernabé, por encima de los demás, fue ensalzado por la Iglesia a propósito de su tarea con miras a la unidad y al fortalecimiento de los vínculos entre los depositarios de los incipientes frutos de la gracia. “Llegado allá, y viendo la gracia de Dios, se llenó de gozo, y exhortaba a todos a perseverar en el Señor según se lo habían propuesto en su corazón” (Hechos, XI:23). Tan es así que bien puede considerárselo fundador de la Iglesia de Antioquía, con el auxilio de San Pablo, al que logró atraer a esa ciudad. Más adelante, en ocasión de la amenaza de una hambruna, se le junta San Pablo en la tarea de administrar la generosidad de los gentiles hacia los pobres santos de Judea. Y luego, cuando los cristianos judaizantes perturbaban a los conversos gentiles con los preceptos mosaicos, Bernabé fue enviado con el mismo Apóstol y otros a la Iglesia de Jerusalén para calmar sus escrúpulos. Así, según las Escrituras, la historia de Bernabé no hace sino dar razón de su nombre, y apenas si es algo más que una continua ejemplificación de su gracia característica. Más todavía: notemos la fuerza particular de ese nombre. El Espíritu Santo es llamado nuestro Paráclito, como que nos asiste, encarece, alienta y consuela; ahora bien, como si se tratara de conferir al apóstol el más alto honor, el mismo vocablo se le aplica a él. Es llamado “el Hijo de la Consolación” o Paráclito; y de conformidad con este honorable título, se nos dice que cuando los conversos gentiles de Antioquía recibieron de mano suya y de San Pablo la epístola comunicando el laudo de los Apóstoles en contra de los judaizantes, “hubo regocijo por el consuelo que les llevaba” (Hechos XV:31).

Por otra parte, en dos ocasiones su comportamiento a duras penas se compadece con la de un apóstol, sino más bien como casos de aquella debilidad que frecuentemente aparece en personas de su particular carácter cuando no se hallan inspirados. Ambos casos son instancias de indulgencia con las faltas de otros, y sin embargo, de manera diversa; en el primer caso, hubo de su parte un cierto facilismo, una cierta laxitud en materia de doctrina; en el segundo, se trató de una cuestión de conducta. A pesar de toda su ternura respecto de los gentiles, sin embargo en una oportunidad no pudo resistir la tentación de contemporizar indulgentemente con algunos hermanos judaizantes que habían venido a Antioquía procedentes de Jerusalén. Al principio, Pedro también se dejó llevar; en efecto, antes de que llegaran éstos “comía con los gentiles; mas cuando llegaron aquéllos se retraía y se apartaba, por temor a los que eran de la circuncisión. Y los otros judíos incurrieron con él en la misma hipocresía, tanto que incluso Bernabé se dejó arrastrar por la simulación de ellos.” (Gál. II:12-13). El otro ejemplo fue cuando trató con excesiva indulgencia a Marcos, el hijo de su hermana, lo que dio lugar a una disputa con San Pablo: Bernabé quería llevarlo consigo en su viaje apostólico, “pero Pablo opinaba que no, pues se había separado de ellos desde Panfilia y no había seguido en el trabajo” (Hechos, XV:37-38).

¿Y bien? Queda perfectamente en claro cómo era el carácter de Bernabé y qué clase de lección se nos suministra con la historia de este santo apóstol. Santo era, lleno del Espíritu Santo y de fe; y con todo, las características y debilidades del hombre permanecían con él, y así constituye para nosotros un ejemplo consistente con la reverencia que sentimos hacia él, uno de los pilares de la Iglesia cristiana. Pero también es un ejemplo de advertencia para nosotros, no sólo en cuanto nos muestra cómo hemos de comportarnos, sino también en la medida en que se pone en evidencia cómo los más altos dones y gracias pueden verse corrompidos por nuestra naturaleza pecaminosa, si no extremamos, paso a paso y en consonancia con la luz de los mandamientos de Dios, la diligencia debida. Por mucho que nuestras almas tuvieren de celestiales, por mucho que amemos sumamente, fuéramos en extremo celosos, nos mostrásemos notablemente enérgicos y llenos de paz, sin embargo, si nos distraemos y dejamos de mirarlo a Él por un momento, para mirarnos a nosotros mismos, inmediatamente éstas nuestras excelentes personalidades caen en algún extremo o error. La caridad se transforma en excesiva indulgencia, la santidad se ve manchada con orgullo espiritual, el celo degenera en ferocidad, la actividad deglute el espíritu de oración, la esperanza se eleva hasta convertirse en presunción. No podemos guiarnos a nosotros mismos. La palabra de Dios revelada constituye nuestra regla de conducta soberana; y es por esto, entre tantas otras razones, que la fe es gracia tan principal, pues es el poder regente que recibe los mandatos de Cristo y los aplica al corazón.

Y en los días que corren hay razón muy señalada para detenernos en la personalidad de San Bernabé puesto que bien puede considerárselo como el tipo de los mejores hombres de entre nuestros contemporáneos, como que son los que gozan de más estima. Ciertamente, el mundo sigue siendo lo que ha sido siempre, un mundo sin Dios; pero en cada época elige uno u otro rasgo en particular del Evangelio para ponerlo de moda por un tiempo determinado ensalzando como objeto de admiración a aquellos que lo poseen en grado eminente. Por tanto, sin preguntarnos hasta qué punto los hombres actúan en respuesta a principios cristianos, o sólo por afán de emulación o por alguna razón puramente mundana y egoísta, con todo, por cierto que esta época, por lo menos en lo que a las apariencias se refiere, bien puede retratarse como de un carácter no enteramente distinto al de Bernabé―como siendo considerado, delicado, cortés y generoso en todo lo concerniente al trato de los hombres entre sí. Entre nosotros frecuentemente hallamos una notable dosis de considerada benevolencia, un espíritu de concesión en asuntos menores, de hablar con escrupulosa propiedad, y se recomienda una especie de código de liberalidad y honor para la conducta en sociedad. Existe una constante preocupación por los derechos de los individuos, más todavía (como uno confiadamente querría esperar pese a cierto recelos), por el interés de las clases más pobres, por el forastero, por los huérfanos y la viuda. Después de todo, en un país como el nuestro, por fuerza siempre habrá innumerables casos de desgracia; pero con todo, en las clases más adineradas existe indudablemente cierta ansiedad por aliviarlos. Por tanto, en este registro nadie pondrá en duda que nos hallamos algo inclinados a contemplarnos favorablemente; y decir, en medio de nuestras pruebas y temores nacionales (y eso, a veces con real modestia y piedad), que confiamos en que se les permita a estas virtudes características de la época comparecer ante Dios como un atenuante que medie a nuestro favor. Cuando pensamos en los mandamientos, sabemos que la Caridad es el primero y el más grande; y nos vemos tentados a preguntarnos con el joven rico, “¿qué me falta aún?” (Mt. XIX:20).

A modo de respuesta, me pregunto entonces, ¿acaso nuestra benevolencia no degenera demasiadas veces en debilidad de tal modo que ya no se trata de caridad cristiana sino precisamente de falta de caridad, según lo que el caso exige? ¿Por ventura somos lo suficientemente escrupulosos en hacer lo que está bien y corresponde por justicia, antes de lo que nos resulta placentero? ¿Entendemos claramente cuáles son los principios que profesamos y nos dejamos regir por ellos cuando somos tentados?

La historia de San Bernabé nos ayudará a contestar la pregunta correctamente. Pues bien, mucho me temo que carecemos enteramente de lo que él careció en ciertas circunstancias, esto es, firmeza, virilidad, religiosa severidad. Temo que debemos confesar que nuestra benevolencia, en lugar de verse regida y fortalecida por principios, demasiado a menudo se convierte en una cosa lánguida e insignificante; que se ejerce sobre objetos impropios, imprudentemente, y así resulta falta de caridad de dos modos: uno, por indulgentes con quienes deberían ser recriminados, y, dos, por preferir su consuelo que no el de los que realmente lo merecen. Nos pasamos de tiernos al tratar con el pecado y con los pecadores. Nos revelamos deficientes en la celosa custodia de las verdades reveladas que Cristo nos legó. Permitimos que los hombres hablen contra la Iglesia, sus preceptos, o sus enseñanzas sin decir ni mú. No nos apartamos de los herejes―peor todavía, objetamos la palabra misma como si fuera contraria a la caridad; y cuando textos como los de San Juan se aducen contra nosotros tales como aquel que manda no mostrarles hospitalidad ninguna, no tardamos en contestar que no resultan aplicables a nuestro caso. Ahora bien, apenas si puedo suponer que alguno en serio pueda decir que estos mandamientos ya no rigen para este tiempo quedándose lo más pancho con eso; más bien hallaréis que los que hablan así sólo quieren que se cambie de tema. Durante mucho tiempo han olvidado la existencia misma de estos mandamientos en la Escritura; han vivido como si no estuvieran allí, y no habiéndose hallado en circunstancias en que se les haya llamado la atención sobre estas otras advertencias e instrucciones para que las consideren, en esta materia han logrado familiarizar sus mentes con perspectivas enteramente contrarias a las del Evangelio y sobre esa base han construido sus opiniones sobre el particular. Y cuando se les recuerda qué se dice allí, lamentan tener que considerarlo, como tal vez lo confiesen. Se dan cuenta que todo aquello interfiere con la línea de comportamiento que han adoptado y a la cual se han acostumbrado. Están molestos, no porque admiten que están equivocados, sino porque están conscientes como de una sensación de que se ha formulado un argumento plausible (por decir lo menos) que puede aducirse en su contra. Y en lugar de animarse a darle a este argumento la posibilidad de una formulación justa, como honestamente debieran, se apresuran a satisfacerse con que hay objeciones y alternativas de interpretación que pueden montarse en su contra, recurren a vagos términos de desaprobación contra los que así se expresan, recurriendo a sus opiniones consuetudinarias, deteniéndose en su propio parecer de que el Evangelio está atravesado de tomo a lomo por un espíritu indulgente y benévolo, etc., para luego dar de mano enteramente con el tema como si nunca se hubiese tratado.

Observad cómo se libran del tema que aquí nos ocupa; se trata de confrontarlo con otros puntos de vista que también pertenecen al cristianismo y que parecen incompatibles con esto.

Y en verdad, este es el problema central para todo cristiano, cuyo deber precisamente consiste en resolver cómo reconciliar en su conducta virtudes opuestas. En términos comparativos no resulta difícil cultivar virtudes singulares. Uno adopta una visión parcial de su deber, sea severo o benévolo, de acción o de contemplación: se mete en eso de lleno, con toda su fuerza, abre su corazón a esa influencia y luego se deja llevar por la corriente. No es tan difícil: no requiere una empeñosa vigilancia ni apareja la negación de sí mismo. Al contrario, a menudo hay un cierto placer en dejarse llevar por la correntada en una sola dirección; sobre todo en asuntos de dar y conceder. La liberalidad siempre resulta popular, no importa quién es el beneficiario, y excita una aureola de placer y de auto-aprobación en el dador por más que no implique sacrificio alguno o que, incluso, se haga con el patrimonio de otros. Así en la sagrada región de la religión, los hombres se ven sutilmente inducidos―no por seguir principios erróneos, ni tampoco por razón de una aversión absoluta o ignorancia de la Verdad, o aquella otra auto-complacencia que constituyen los instrumentos principales de Satán hoy en día, ni tampoco de puro cobardes o mundanos, sino por irreflexivos, un temperamento optimista, la diversión del momento, el gusto de hacer a otros felices, una susceptibilidad al halago y la costumbre de mirarlo todo unívocamente―se ven, digo, inducidos a renunciar a ciertas Verdades del Evangelio, consienten en abrir las puertas de la Iglesia a varias denominaciones erróneas que abundan a nuestro alrededor, o alteran nuestros Oficios para contentar al que se mofa, al tibio, o al mundano. Ser benévolos constituye su único principio de acción; y cuando encuentran que alguno se ofende por algún artículo de fe de la Iglesia, comienzan a pensar cómo podrían modificar o menoscabarlo bajo la influencia del mismo tipo de sentimiento que los inclina a ser generosos cuando de dinero se trata, o de acomodarse al otro a costa de la propia comodidad. No entienden que entre sus privilegios religiosos se cuenta un depósito de verdades que han recibido en confianza, una sagrada herencia legada a la familia cristiana, de la que más bien disfrutan para su administración que no para poseer, y entonces se muestran pródigos con él y actúan libérrimamente a su respecto por el bien de otros. Así, por ejemplo, hablan contra los Anatemas del Credo Atanasiano o el oficio de Conminación, [3] o contra ciertos salmos, y desean deshacerse de todo eso.

Indudablemente, aun los mejores tipos de esta clase resultan deficientes en su apreciación de los misterios cristianos y descuidan su responsabilidad de preservarlos y transmitirlos; y sin embargo, algunos de ellos son tan incontestablemente gente “buena”, tan amables y considerados, tan benévolos con los pobres, de tanta reputación en todas las clases sociales, brevemente, con fama de realizar de modo tan excelente la misión de brillar como luces en el mundo, y ser testigos de Aquel que “pasó haciendo el bien” (Hechos, X:38), que incluso quiénes deploran sus falencias se verán muy inclinados a excusarlos personalmente por mucho que se sientan obligados a confrontarlos. A veces puede darse el caso de que esta gente no puede avenirse a pensar mal de los demás; y le brindan hospitalidad a herejes o a gente de mala vida siguiendo un talante que los haría muy eficaces para los asuntos mundanos que apreciaría semejante astucia.

A veces se aferran a ciertos aspectos positivos de la personalidad de alguno a quien debieran recriminar por razón de otras faltas que no se animan a señalar: argumentan que como se trata de una persona piadosa y bien intencionada y que claramente sus errores no hacen daño, pueden dispensarse de hacerlo―siendo que toda la cuestión no gira en torno a si le hacen mal a sí mismos o a otros, sino si en efecto son errores; y más todavía, si acaso les consta que no resultan nocivos para la mayoría de los hombres. O no soportan lastimar a otro expresando su desaprobación, por más que el reproche pueda ser ocasión de que “su alma resulte salvada en el día del Señor”. O a lo mejor en su consideración de la cosa les falta cierta agudeza en su percepción intelectual de las pésimas consecuencias en el plano moral que se siguen de ciertas opiniones en el plano especulativo; e ignorando su propia ignorancia en la materia como para dar de mano con su propio juicio y careciendo de fe bastante para asentir a la palabra de Dios, o a la decisión de Su Iglesia, se hacen reos de grave responsabilidad. O quizá se escudan detrás de alguna noción confusa con que se han contaminado acerca del peculiar carácter de su Iglesia, argumentando que pertenecen a una Iglesia tolerante, que no sólo quieren ser consistentes con eso sino que además está muy bien que sus miembros sean tolerantes, y que sólo están dando ejemplo con su conducta cuando tratan con indulgencia a quiénes se muestran laxos en su comportamiento o creencias. Ahora bien, si con tolerancia de nuestra Iglesia se quiere significar que no homologa el uso del fuego y la espada contra quienes se separan de ella, en esa medida en verdad es una Iglesia tolerante; pero eso no quiere decir que la Iglesia tolere el error como lo atestiguan esos mismo formularios que esta gente quiere remover; y si retiene en su seno intelectos soberbios, corazones fríos y gente de avería y dispensa sus bendiciones sobre los incrédulos o sobre los que no merecen formar parte de Ella, esto se debe a otras razones―pero por cierto que eso no procede de sus principios; de otro modo se haría culpable del pecado de Helí, cosa que resulta inimaginable (I Reyes, II:29).

Así es el defecto psicológico que nos resulta sugerido por las imperfecciones registradas en la conducta de San Bernabé. Se comprenderá mejor contrastándolo con San Juan. No podemos comparar buena gente confrontando sus excelencias; pero fuere uno u otro de entre los Apóstoles que abundó más en espíritu de amor, todos sabemos que difícilmente habrá quién en esto le gane al Discípulo Amado. Su epístola general está repleta de exhortaciones encareciendo aquel bendito talante, y su nombre se halla asociado en nuestras espíritus con tales disposiciones celestiales más próximamente conectadas con la caridad que lo caracterizaba, con su inclinación contemplativa, serenidad de alma, claridad en la fe. Ahora, ved en qué se distinguía de Bernabé; en unir la caridad con una firme perseverancia en “la verdad tal como está en Jesús” (I Juan V:20). Tan lejos se encontraba su fervor y la exuberancia de su caridad de interferir con su celo por Dios, que, por el contrario, cuanto más amaba a los hombres, más deseaba ponerles delante las grandes Verdades Inmutables a las que debían someterse si deseaban ver la vida, y ante las cuales, por una débil indulgencia, cerraban los ojos. Amaba a sus hermanos, pero los “amaba en la verdad” (III Juan, 1). Los amaba en razón de la Verdad viviente que los había redimido, por la Verdad que estaba en ellos, por la Verdad que era la medida de sus logros espirituales. Amaba tan honestamente a la Iglesia que se mostraba severo con los que la perturbaban. Amaba al mundo con tanta sabiduría que en su seno mismo predicaba la Verdad; ahora, si los hombres la rechazaban, no los amaba tan desordenadamente como para olvidar la supremacía de la Verdad, como que era la Palabra de Aquel que está por encima de todo. Que no se olvide nunca, pues, cuando recordamos a este santo apóstol, a este profeta tan poco mundano que se alimentaba de visiones y voces del mundo de los espíritus y que dirigía su mirada hacia los cielos día tras día esperando a Aquel que una vez había visto en carne, que es él quién nos manda rehuir a los herejes, mediante medios violentos o no, según la época, sin embargo siempre con (lo que ahora los hombres llamarían) extrema severidad. Y que este mandamiento suyo está en perfecta consonancia con las temibles descripciones de las que nos da parte en sus otros inspirados escritos sobre la Presencia, la Ley y los Juicios de Dios Todopoderoso. ¿Quién pondrá en duda que el Apocalipsis, desde el principio hasta el final, es un libro que inspira tremendo temor? Me animaría a decir, el más temible de los libros de la Escritura, lleno de referencias a la ira de Dios. Y con todo, fue escrito por el apóstol del amor. Entonces resulta posible que un hombre pueda ser a la vez tan caritativo como Bernabé y sin embargo a la vez tan celoso como Pablo. Ser estricto y tierno no resultaban contradictorios en el corazón del Discípulo Amado; por más que en su manifestación diferían, encontraban su perfecta unión en la gracia de la caridad que es el cumplimiento de toda la Ley.

¡Cómo querría yo contemplar la perspectiva siquiera de que entre nosotros surgiera esta dosis de celo unida a una santa severidad, cosa que templara y le diera carácter a la lánguida e insignificante benevolencia que nosotros los cristianos mal damos en llamar amor! No abrigo esperanza alguna para mi país mientras no lo vea. Entre nosotros se hallarán muchas escuelas de Religión y de Ética y todas profesan magnificar de una manera u otra lo que consideran el principio supremo de la caridad; pero de lo que carecen es de una firme constancia en mantener contra viento y marea aquel rasgo de la Naturaleza Divina, que, acomodándose a nuestra debilidad, es llamada por San Juan y sus hermanos, la ira de Dios. No se deje pasar esto. Hay hombres que se hacen abogados de la Prudencia; éstos, en la medida en que conservan alguna traza de religiosidad, disuelven toda la conciencia en un solo instinto de mera benevolencia y refieren todos sus tratos con la Providencia y sus creaturas a ése y a ése único Atributo, esto que dan en llamar amor. De aquí que consideran todo castigo como medicinal, un medio para un fin, niegan que las penas que amenazan a los pecadores puedan durar eternamente, y dan de mano con la doctrina de la Reparación. Hay otros que hacen de la religión un mero ejercicio de vivos sentimientos; y estos también consideran a su Dios y Salvador, por lo menos en cuanto les concierne, solamente como un Dios de amor. Ellos mismos creen que se convierten del pecado a la justicia por causa de la mera manifestación de aquel amor en sus almas, que los lleva hasta Él; e imaginan que ese mismo amor, inamisible ante cualquier posible transgresión de su parte, seguramente llevará a todos los hombres así elegidos a su triunfo final. Más todavía, dando por sentado que el Cristo ya ha hecho cuanto fuere necesario para su salvación, no creen necesario un cambio moral de su parte; o más bien, consideran que la Visión del amor así revelado trabaja en ellos espontáneamente; en ambos caso dispensándose de todo esfuerzo laborioso, todo aquello de trabajar “con temor y temblor”, todo eso de negarse a sí mismo y “trabajar por su propia salvación” (Filipenses II:12), y lo que es peor aun, considerando todo eso con suspicacia, como conduciendo a una supuesta presunción y orgullo espiritual. Una vez más, los hay de un talante místico, con imaginación e intelectos sutiles sin tiento alguno, que siguen las teorías de la vieja filosofía gentilicia. Estos también, se acostumbraron a hacer del amor el único principio de la vida y de la providencia en los cielos y en la tierra, como si fuere el Espíritu que satura al mundo, que encuentra simpatía en cada corazón, que todo lo absorbe en Sí mismo atizando un gozo encendido en todos los que lo contemplan. Se quedan en sus casas especulando y separan la perfección moral de la acción. Éstos sostienen, o están en camino de sostener, que el alma humana es pura por naturaleza; que el pecado es un principio externo que la corrompe; que el mal está finalmente destinado a su aniquilación; que se llega a la Verdad con la imaginación; que la conciencia es cuestión de gustos; que la santidad una contemplación pasiva de Dios; y que la obediencia sólo se obra por gusto. Resulta difícil discernir con precisión entre estas tres escuelas de opinión sin recurrir a las mismas inapropiadas palabras con las que estamos tan familiarizados; y con todo, bastante ya he dicho para los que quieran continuar investigando este tema. Que se observe, pues, que estos tres sistemas, por mucho que difieran entre sí en sus principios y espíritu, con todo siempre están de acuerdo en una cosa, esto es, en pasar por alto que el Dios de los cristianos es representado en la Escritura, no sólo como un Dios de amor, sino también como “un fuego devorador” (Hebreos XII:29). Como rechazan el testimonio de la Escritura, no es de extrañar que también rechacen el de la conciencia que por cierto anticipa males para el pecador pero que, como sostiene el religioso reduccionista, en modo alguno constituye la voz de Dios―o si lo es, se trata de una mera benevolencia de su parte, de conformidad con el principio de Utilidad―, o, según el juicio de los tipos más místicos, sólo se trata de una especie de pasión por lo bello y sublime. Así, contemplando sólo “la bondad” y no “la severidad de Dios” (Rom. XI:22), no es de extrañar que relajen sus riñones y se vuelven afeminados; no es de extrañar que su noción de una Iglesia perfecta e ideal, es una Iglesia que deja que cada cual siga su camino, que renuncia a todo derecho a pronunciarse, y mucho menos a infligir una censura poniendo en evidencia un error en materia religiosa.

Lo cual no quiere decir que aquellos que se creen, y creen que otros, corren el riesgo de una maldición divina, no tengan que ser indulgentes. Aquí pues es la necesidad del día presente y por esto debemos rezar: que venga sobre nosotros una reforma con el espíritu y el poder de Elías. Así, debemos rezarle a Dios que reviva su trabajo en medio de los años; que nos envíe una severa Disciplina, la Orden de San Pablo y de San Juan, que se nos hable “por amor de la verdad” (II Juan, 2)―que venga un Testigo de Cristo “penetrado del temor del Señor” (II Cor. V:11), uno que viene de contemplar la presencia de Aquel cuya “cabeza y sus cabellos eran blancos como la lana blanca, como la nieve; sus ojos como llama de fuego… y de su boca salía una espada aguda de dos filos” (Apoc. I: 14, 16)―un Testigo que no se amilana y proclama Su ira, como rasgo real de Su naturaleza gloriosa, bien que, por condescendencia con nosotros, la exprese en términos humanos, proclamando la estrechez del camino de la vida, la dificultad de alcanzar el cielo, el peligro de las riquezas, la necesidad de tomar la cruz, la excelencia y belleza de negarse a sí mismo y de la austeridad de vida, los peligros que hay en no creer en la Fe Católica, y el deber que tenemos de defenderla celosamente. Sólo así las noticias de misericordia bajarán con fuerza sobre las almas de los hombres con un poder compulsivo y una impresionante fuerza vinculante―cuando la esperanza y el temor vengan de la mano. Sólo entonces los cristianos tendrán éxito en sus batallas, “acreditándose como varones”, conquistando y gobernando la furia del mundo, y manteniendo a la Iglesia inmaculada y poderosa: cuando sujeten sus sentimientos mediante una severa disciplina y se muestran amantes en medio de la firmeza, el rigor y la santidad. Sólo entonces podemos prosperar los cristianos (bajo las bendiciones y gracia de Aquel que es el Espíritu tanto del amor como de la verdad), cuando se nos conceda el corazón de Pablo, para hacerle frente incluso a Pedro y a Bernabé si alguna vez se los ve ganados por sentimientos puramente humanos, de ahora en más “sin conocer a nadie según la carne” (II Cor. V:16), rechazando de nuestra presencia al hijo de nuestra hermana, o incluso a un familiar más próximo, negándonos a verlos, dando de mano con la esperanza puesta en ellos y el cariño que le profesábamos si Él así lo manda, Él, que suscita amigos incluso para los solitarios con tal de que confíen en Él, dándonos en su Casa rodeada de sus Murallas “valor y nombre, mejor que hijos e hijas”. En efecto, entonces nos dará “un nombre eterno que nunca perecerá (Is. LVI: 5).                          

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